ARGUMENTO:

 

 

En la contraportada:

LAZOS DE PASIÓN

 

Primer libro de la trilogía sobre los Brodey, una familia que lo tenía todo: dinero, belleza...pero no amor.

    Chris Brodey podía conseguir cualquier mujer a la que mirase, y estaba mirando a Tiffany Dean, para una relación sin compromiso alguno. Para él, ella no era más que otra mujer interesada sólo en el dinero...

Tiffany no tenía dinero, ni trabajo, y ni siquiera la oportunidad de conseguirlos. Su última oportunidad dependía de colarse en la fiesta de los Brodey...

Chris estaba dispuesto a ofrecer a Tiffany su riqueza y prestigio, y a cambio ella haría lo que él quisiera. Pero Tiffany descubrió que una cosa era ser la posesión de un hombre y otra muy distinta, ser la posesión de alguien de quien estaba enamorada.

 

 

Pasión Por Dinero

(Chris)

Sally Wentworth

Prólogo

 

EL BICENTENARIO DE LA CASA BRODEY

 

El magnífico palacio barroco del siglo XVIII de la familia Brodey, situado a orillas del río Duero, en Portugal, será pronto el escenario de una magnífica fiesta para celebrar el bicentenario de la fundación de la famosa compañía vinícola.

La Casa Brodey, conocida en todo el mundo por sus exquisitos vinos de oporto y madeira, ha diversificado en los últimos años sus intereses, convirtiéndose en una de las empresas más saneadas de Europa. Fundada en la bella isla de Madeira, la compañía se trasladó a Oporto, después de que Calum Lennox Brodey, el fundador de la familia, comprara unos terrenos en el pintoresco valle del Duero. Sus propiedades están cubiertas con los millares de cepas que producen el vino de oporto en el que se fundamenta la prosperidad de la familia.

 

UN ACONTECIMIENTO FAMILIAR

 

Todos los miembros del clan Brodey estarán en Oporto para recibir a los invitados que acudirán a los festejos.

Se comenta que el patriarca de la familia, Calum Lennox Brodey, que, al igual que todos los primogénitos de la rama principal lleva el nombre del fundador de la familia, espera complacido la llegada de sus parientes. A pesar de que ya cuenta con más de ochenta años, Calum el Vejo, como es conocido en los círculos vinícolas, todavía se ocupa de las labores de la empresa, y se le puede ver a menudo recorriendo los viñedos para comprobar la buena marcha de las cosechas, o supervisando el trabajo en la planta embotelladora de Oporto.

 

ATORMENTADOS POR EL PASADO

Aunque esta celebración será sin duda una ocasión feliz, no hará olvidar la terrible tragedia que sacudió a la familia hace unos veinte años, cuando los dos hijos mayores de Calum el Vejo perecieron junto a sus esposas en una accidente automovilístico, cuando se encontraban de vacaciones en España. Cada uno de ellos tenía a su vez un hijo, de aproximadamente la misma edad, y de ambos se hizo cargo Calum el Viejo. Superando su pena, los acogió en su palacio, y empezó a prepararles para que pudieran hacerse cargo del negocio familiar.

Durante un tiempo se rumoreó que el anciano señor Brodey pensaba dejar sus negocios en manos de su tercer hijo, Paul. Sin embargo, éste prefirió dedicarse a la pintura, convirtiéndose en un reputado artista. Actualmente vive cerca de Lisboa con su esposa, Maria, de ascendencia portuguesa. Hace poco tiempo, su único hijo, Christopher, se ha incorporado al negocio y trabaja en las oficinas que la empresa tiene en Nueva York.

Sólo uno de los nietos vive aún con Calum el Vejo en el magnífico palacio familiar: se trata del único hijo de su primogénito quien, siguiendo la tradición familiar, también se llama Calum... Calum el Joven en este caso. A sus treinta y pocos años, se le considera uno de los solteros más codiciados no sólo del país, sino de toda Europa. Aunque es él quien virtualmente dirige los asuntos de la empresa, durante los días que duren los festejos se mantendrá en un discreto segundo plano, cediendo todo el protagonismo a su abuelo.

 

¿MATRIMONIO A LA VISTA?

Otra peculiar tradición que se ha mantenido entre los Brodey lleva a los hombres de la familia a mantener los Brodey lleva a los hombres de la familia a mantener los lazos con su país de origen mediante el matrimonio con muchachas típicamente inglesas. Durante generaciones, han viajado a Inglaterra para regresar con al­guna hermosa «Rosa de Inglaterra» del brazo. ¿Mantendrán Calum el Joven y su primo Christopher esta singular costumbre?

El tercero de los nietos, Lennox, quien actualmente  reside en Madeira, asistirá a los festejos con su bella y encantadora esposa Stella. La pareja espera su primer  hijo para finales de año. Ni que decir tiene que Stella es una encantadora rubia inglesa.

La hija. pequeña de Calum el Viejo, Adele, está casa­da con el famoso y aún apuesto Guy de Charenton, mi­llonario francés conocido por su generoso mecenazgo a la ópera de París y sus filantrópicas aportaciones a nu­merosas asociaciones de carácter benéfico.

Aunque los Brodey están muy bien relacionados con las mejores familias, especialmente en Inglaterra, fue la única hija de Adele, la bellísima Francesca, la primera en emparentar con la nobleza, merced a su matrimonio con el Príncipe Paolo de Weira. La boda se celebró en el magnífico castillo familiar del novio, en Italia, y aunque entonces nadie podía imaginar un final tan triste para un romance que parecía salido de un cuento de hadas, lo cierto es que la pareja acabó divorciándose tras apenas dos años de vida en común. Desde entonces, Francesca ha tenido varios pretendientes, siendo el último y más asiduo el conde Michel de la Fontaine, con quien ha sido vista a menudo tanto en París como en Roma, ciudades en las que habitualmente reside.

Desde aquí queremos felicitar a todos los miembros de la familia Brodey, y desearles una venturosa celebración; estamos seguros de que sus afortunados huéspedes disfrutarán de la ya legendaria hospitalidad de esta influyente familia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CALUM LENNOX BRODEY (Calum el Viejo)

                                                                  

 

HIJOS

                        I                           II                        III                      IV

           Calum = Sarah       John = Annette     Paul = María    Adele = Guy

                  (Los cuatro muertos en accidente)

 

    

NIETOS

 

          Calum el Joven     Lennox = Stella     Christopher       Francesca       

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

ESTABAN los tres Brodey reunidos en los hermosos jardines de su magnífico palacio barroco cerca de Oporto. Todos ellos habían ido a celebrar el bicentenario de la Casa Brodey.

Aquel almuerzo era el primero de la semana de festividades que culminaría en una gran gala. Pero aquel día había sólo unos ciento sesenta invitados, y una persona que se había colado.

Los que habían recibido invitación oficial tenían relación con el comercio de vino: compradores de Francia, América, Gran Bretaña, e incluso de Australia; transportadores locales, expertos viticultores de la planta embotelladora de Vila Nova de Gaia y de sus muchas fincas en el Alto Duero. Había una gran cantidad de hombres de traje oscuro, y las mujeres en su mayoría eran hijas o esposas suyas a quienes habían invitado por cortesía.

Los miembros de la familia atendían a los diferentes grupos de invitados. El grupo más numeroso estaba reunidos alrededor del cabeza de familia, Calum Lennox Brodey, «Calum el Viejo», como lo llamaban, quien conversaba con los invitados. Su espalda estaba algo encorvada ya pero sus ojos aún brillaban con la inteligencia y el gusto por la vida que lo había caracterizado.

Otro grupo casi de igual tamaño estaba reunido con su nieto y heredero, llamado Calum también, quien llevaba el negocio familiar, aunque tal vez fuera más preciso llamarlo «imperio».

 

Una rubia alta y esbelta de colorido vestido sobresalía entre los trajes oscuros como una llama. Se separó de uno de los grupos y tomó un vaso de oporto helado de la bandeja de un camarero. La siguió un hombre de unos treinta y muchos años, igualmente alto, de atractiva figura y pronunciados rasgos, y con un aire de delicado encanto que no podía sino indicar que se trataba de un francés. Le dijo algo a la chica y puso una mano en su hombro posesivamente. Pero ella se la quitó y fue a conversar con invitados que parecían estar un poco perdidos, y quite des de su trato cordial, su sonrisa y su calidez, lograron sentirse cómodos. Se trataba de la Princesa Francesca de Vieira, la nieta de Calum el Viejo; y el hombre que estaba con ella era un conde, de quien corría el rumor que sería su siguiente marido.

Había también otros miembros de la familia de la sucursal de Mira, pero fueron aquellos tres, el viejo Calum y sus tres nietos, quienes fijaron su atención en Tiffany Dean en el momento en que ésta entró por uno de los arcos que conducían a la terraza, situada por encima de los hermosos jardines donde se encontraban los invitados. Ella sabía muchas cosas acerca de los Brodey. Había estado informándose durante las pasadas dos semanas, desde que se había decidido a colarse en aquella fiesta. Había obtenido bastante información acerca de ellos en los periódicos locales portugueses, y en las revistas internacionales. En éstas había aparecido Francesca, sobre todo, su espectacular boda con un príncipe italiano y su aún más espectacular divorcio, que había sido una fuente inacabable para columnistas de la prensa del corazón y los paparazzi.

Tiffany la observó con envidia. Vestía un elegante traje de pantalón brillante, y se movía con un aire de seguridad y confianza en sí misma que sólo podía provenir de no haber tenido que preocuparse jamás por el dinero, y de haber tenido siempre lo mejor de todo. La mejor educación, las mejores ropas... Incluso los mejores hombres.

El joven Calum se comportaba del mismo modo, el mismo gesto arrogante que lo habría distinguido de todos los demás aunque no hubiera sobresalido entre la gente por su altura y su pelo rubio. Todos los Brodey eran rubios porque era tradición en la familia casarse con mujeres rubias, «sus rosas inglesas», como las había llamado algún periodista romántico en un artículo que había leído Tiffany como parte de su investigación acerca de la familia. Aunque ella no había tenido mucha práctica en ello, había escrito un par de artículos para una revista dirigida a las mujeres, y la persona que la había puesto en contacto con la revista le había pedido que intentase escribir algo acerca de los Brodey desde especialmente acerca del joven Calum.

‑En condiciones normales, ella habría rechazado la petición, la invasión de la intimidad no era su fuerte, pero las circunstancias la habían obligado a aceptar. La primera razón había sido la falta total de dinero; llevaba mucho tiempo sin trabajo y estaba desesperada. La segunda  razón había sido más personal. Recordó a su con­tacto en la revista; un joven editor que había ido a verla y le había ofrecido una buena suma de dinero si lograba acercarse a Calum y obtener algún cotilleo.

-Con tu aspecto y tu pelo rubio, te será fácil. Simplemente intenta averiguar qué ocurre detrás del rostro público que muestran al mundo. No hay nada de malo en ello. Nosotros los utilizamos, y a ellos les encanta estar en los medios de comunicación, aunque digan que no.

Tiffany sabía que probablemente no era cierto, y a pesar de su falta de dinero, habría rechazado el trabajo, pero estaba resentida con los Brodey. Por culpa de ellos había perdido el trabajo que la había llevado a Portugal, en primer lugar. Aunque en realidad no había conocido a ninguno de ellos personalmente. Ella había sido un insignificante elemento en el ambicioso proyecto en el que había participado la‑Compañía Brodey como principal inversor. Y habían sido los Brodey quienes primero se habían retirado cuando había empezado la recesión, haciendo que los otros inversores se retirasen también, y que el proyecto fracasase, dejándola sin trabajo junto a los demás trabajadores. Había sido el resentimiento por la falta de consideración lo que había vencido por fin sus sesos y la había hecho aceptar el encargo. Así que se había colado en la fiesta, sabiendo que aquélla era su última oportunidad. La última vez que le tocaría tirar el dado.

Entrar al palacio había sido mucho más fácil de lo que se había imaginado. Tiffany había esperado que hubiera una cola de coches a la puerta y que la gente se bajase impacientemente de los coches y comenzara a andar hasta la entrada. En ese momento simplemente se había unido a un pequeño grupo y había entrado con ellos, sin siquiera haber tenido que usar la frase de que su esposo la estaba esperando en el interior, que había preparado en portugués por si le pedían que mostrase su invitación. Pero ahora que estaba allí debía pensar el modo de que le presentasen a Calum Brodey, y el modo de llamar su atención. Una vez que él se hubiera fijado en ella, todo lo que tenía que hacer era mantener su atención el mayor tiempo posible.

Tiffany decidió ser positiva. Respiró profundamente y bajó las escaleras de la terraza para unirse a los invitados.

Un camarero apareció con una bandeja llena de vasos. Al ver que Tiffany no tenía ninguna bebida, se detuvo para que pudiera servirse una. En el momento en que lo hizo, otra mano, masculina, apareció por detrás de ella para tomar otro vaso. Ella miró por encima del hombro y vio a un hombre alto, de hombros anchos con un traje claro. Ella se dispuso a seguir su camino, pero le dijo:

-Hola. Tienes aspecto de hablar inglés ‑su acento lo identificó inmediatamente como norteamericano, de los Estados Unidos, probablemente.

Tiffany dudó un momento, y luego asintió.

‑¿Tienes algún problema?

‑Sólo que no hablo portugués y que no conozco a nadie aquí. Te visto de pie allí, observando a todo el mundo, y me imaginé que estarías en la misma situación que yo ‑el hombre alargó su mano  libre y sonrió, presentándose‑: Mi nombre es Sam. Sam Gallagher. Tiffany volvió a dudar. No quería que el americano la siguiera a todas partes, pero por otra parte sería útil tener a un hombre que la siguiera durante un rato. Así que le sonrió y le dio la mano también.

-Soy Tiffany Dean.

-El hombre la miró, apreciando su esbelta figura envuelta en un traje de seda cuyo alquiler le había costado hasta el último céntimo alquilar. Tenía un brillo de sorna sus ojos, pero señalando el vaso con desconfianza sólo dijo:

‑¿Qué es esto?

‑¿No lo sabes? Es oporto blanco. El aperitivo de mida en toda Europa. No sé en Estados Unidos. Eres de allí, ¿no es verdad?

‑¿Cómo lo has adivinado? Sí. Soy de Wyoming.

‑¿Se bebe tanto oporto allí? ¿Eres vinatero?

-¿Vendedor de vinos? ¡No, por Dios!

‑Creí que en esta fiesta todo el mundo estaba relacionado con el comercio de vino de una u otra forma ‑comentó Tiffany, mirando entre la gente, tratando de ver a Calum Brodey. Lo vio atravesando el jardín, yendo a hablar con una mujer pelirroja que parecía tener algo que ver con el servicio de comidas. La mujer asintió y se fue deprisa, y entonces Calum volvió con los in­vitados.

Tiffany empezó a moverse en su dirección, Sam la siguió.

-No, tengo un amigo que trabaja en una compañía naviera de aquí. Él no pudo asistir hoy, así que me dio la invitación. Es una fiera más grande de lo que pensaba. ¿Conoces a los  Brodey?

Ella se encogió de hombros.

‑Todo el mundo los conoce. Es una de las familias más importantes de Oporto. Aquel es el cabeza de familia ‑gesticuló hacia el señor Brodey‑. Está hablando con uno de sus nietos, Lennox Brodey, y su esposa, la mujer rubia embarazada que tiene al lado ‑señaló.

Al mirar a la pareja sintió una punzada de celos: Parecían tan felices juntos, evidentemente estaban profundamente enamorados, la mujer radiante con su* embarazo, y el hombre muy solicito con ella. Eran dos personas afortunadas, a quienes la vida no había asestado ningún golpe.

Tiffany asintió hacia donde estaba Francesca de Vieira.

‑Aquélla es su nieta, la que tiene el traje rojo.

Sam siguió la mirada de Tiffany. Ésta lo oyó suspirar. Pero seguramente aquella mujer siempre causaría esa reacción, pensó Tiffany. Se puso de puntillas y deseó ser más alta. Luego. se rió para sus adentros y se dijo que jamás crecería, así que sería mejor sacar partido de lo que le había dado la naturaleza en lugar de esperar milagros.

Y sabía que lo que tenía era una cabellera rubia voluminosa y brillante, unos ojos azules con pestañas largas y una nariz respingona. No era una cara bonita, pero sí atractiva. Su figura no estaba mal, a pesar de sus quejas acerca de la estatura.

‑¿Vives aquí, en Portugal? ‑le preguntó Sam mientras avanzaban.

Temporalmente. No conozco a casi nadie de aquí, que me temo que no podré presentarte a nadie –le dijo para desanimarlo y que se marchase.

‑Yo tampoco, así que a lo mejor deberíamos seguir juntos.

-En aquel momento ella hubiera preferido que Sam  ‑hubiera ido, porque ya que él no podía presentarle a nadie, ella prefería seguir sola. Terminó su copa, le dio el vaso con una sonrisa y le dijo:

‑Hace mucho calor. ¿Crees que podrías conseguir  me otro vaso de esto? Pero con mucho hielo, por favor  ‑agregó, para que Sam se demorase más.

‑Claro. No te vayas. Vuelvo enseguida.

Sam se internó en la multitud, buscando un camarero. En cuanto desapareció de su vista, Tiffany caminó hacia la zona del jardín en donde había visto a Calum Brode. En ese momento, un grupo de hombres se empezó a separar en medio de las risas. Uno de ellos se dio  la vuelta, y se chocó con ella. Con una sonrisa ‑la cara, le dijo:

-Perdao... - intentó sujetarla.

-Eh...Ñao tem de que.

Él se rió.

-Evidentemente, no eres portuguesa.

‑¡Oh, Dios! ¿Tanto se me nota? ‑preguntó Tiffany sonriendo.

-Bueno, el esfuerzo por intentar hablarlo merece re­conocimiento.

‑Pero mi. pronunciación es muy mala, ¿verdad? - Tiffany miró las facciones del apuesto hombre. Tenía el pelo algo largo, y su cara le resultaba familiar‑. Tú tampoco eres portugués, ¿verdad?     

‑Soy bilingüe. Tengo una madre medio portuguesa ‑extendió la mano y le dijo‑: Soy Christopher Brodey.

Tiffany se dio cuenta entonces de dónde lo conocía, de los artículos que había mirado. Pero como no estaba en la línea directa de la familia, no se había fijado mucho en él. Intentó recordar lo que había leído y recordó que en su temprana juventud aquel hombre había tenido fama de ser un poco rebelde. Seguía siendo joven, tendría algo menos de treinta años, pensó Tiffany, así que probablemente siguiera siendo un aficionado a los coches veloces, los yates y las mujeres. Pero podía serle útil.

Así que Tiffany le dio la mano y le sonrió mientras se presentaba.

‑Tiffany. Bonito nombre. Y bastante original ‑la miró dándole a entender que la encontraba bonita también‑. Estoy seguro de que no nos conocemos, de lo contrario me acordaría. Pero no vengo a‑menudo a Portugal últimamente. Mi trabajo consiste en abrir nuevos mercados para nuestros vinos, así que viajo mucho.

-¿De verdad? Eso suena muy interesante. Y por lo que he oído, debes de ser un gran vendedor ‑dijo ella, adulándolo‑. Vendes en todo el mundo ahora, ¿no es cierto?

‑No exactamente. Pero en muchos sitios ‑sonrió él.

Tenía una sonrisa atractiva, unos ojos muy pícaros y un cierto aire de niño. No era difícil imaginarse por qué tenía aquella fama con las mujeres.

‑¿Dónde estás actualmente? ‑le preguntó ella.

Es una pregunta difícil. Mis padres viven en Lisboa y tienen una mansión en Madeira, donde vivía yo mientras estaba aprendiendo acerca del comercio del vino. Pero, ahora, paso la mayor parte del tiempo en Nueva York porque el mercado americano está en fase de expansión.

‑Oporto debe de ser un poco aburrido para ti ahora.

‑No. Me gusta Nueva York, pero Portugal es mi hogar ‑asintió hacia la casa y agregó‑: Y vivo en esta casa cuando estoy por aquí, con mi abuelo y mi primo.

Tiffany miró el palacio. Era hermoso. A ambos lados de la magnífica entrada, en cuya parte superior había un se extendían las dos alas del palacio. Las patas blancas pero las numerosas ventanas con ornamentos de piedra rompían su monotonía. Había estatuas a los  lados y chimeneas en el tejado. A1 final del ala izquierda, una capilla. Estaba todo muy bien conservado además.

Los querubines de la fuente del lago brillaban con el sol.

‑Es un hermoso lugar ‑‑dijo ella. Pero luego agregó ‑ no parecer demasiado deslumbrada‑: Y un lugar _ para la celebración. ¿Es tuya la compañía naviera más antigua de la zona?

‑No. Hay otras más antiguas. Somos un poco nuevos en esto. Pero déjame que te consiga una copa –miró alrededor, vio a un camarero, chasqueó los dedos y éste apareció  inmediatamente. Chris tomó dos copas.

-¿Cómo es que te invitaron a la fiesta?

-¡Ah! Bueno... ‑Tiffany le sonrió maliciosamente y puso delicado dedo en su manga mientras se inclina­ hacia él‑. ¿Me prometes que no me vas a echar?

Chris  la miró con ojos pícaros y le contestó:

-Soy conocido por mi discreción.

Tiffany no le creyó, pero le dijo confidencialmente:

-Realmente no me han invitado. Un compañero de trabajo no ha podido venir y me pasó la invitación. Y como  casi no conozco a nadie en Oporto, pensé que sería una buena oportunidad de conocer gente de habla inglesa. Y ya ves, ha funcionado. Para empezar, te he conocido a tí.

‑Bueno. Me alegro de que hayas venido. ¿Dónde trabajas en Oporto?

En el distrito comercial y agregó rápidamente‑:

Supongo que conoces a todo el mundo. ¿Podrías presentarme a algunas personas que hablen inglés? ¿Tu familla, quizás?

La boca de Chris se torció levemente, como si hubiera sospechado sospechado algo, pero dijo:

 

‑Por supuesto. Veamos quién anda cerca ‑miró alrededor. Aunque no era excepcionalmente alto su cabeza sobresalía por entre las de los portugueses‑. ¡Ah, sí! Por aquí ‑le puso una mano en el codo y la llevó.

Tocó el hombro de alguien y dijo:

‑Com licenca se acercó adonde estaba su prima.

Chris se acercó a Francesca de Vieira. Tiffany estaba segura de que lo había hecho a propósito. Aunque no se trataba del primo indica, era mejor que nada, pensó ella. Así que esbozó la mejor de sus sonrisas cuando se la presentó, y luego la miro con admiración y le dijo:

‑¡Qué suerte tiene de ser tan alta, princesa!

‑Por favor, llámame Francesca... y no te creas que es tanta suerte. Piensa en la cantidad de hombres entre los que tú puedes elegir, comparada conmigo.

Se rieron.

Tiffany calculó que debían tener edades similares, unos veinticinco años. Las dos eran rubias, pero ahí se terminaba el parecido. Francesca era esbelta y delgadísima, y era capaz de llevar la ropa de un diseñador con la elegancia de una experimentada modelo. Llevaba el pelo recogido de un modo que parecía casual, con mechones sueltos que formaban un marco para su cara, pero conseguirlo debía de haberle llevado al menos una hora en la peluquería. Adornaban su cuello y sus muñecas joyas de diseño. Se había casado con un aristócrata rico y se casaría con otro. Se notaba que se había criado entre algodones, y sobre todo era hermosa.

Tiffany en cambio tenía la desventaja de ser baja, y debía cuidar, por lo tanto, la ropa que se ponía. Jamás había usado nada que no fuera sencillo, ni llevado joyas como Francesca. Y en cuanto a los hombres... Bueno, ése era un asunto cerrado en su vida.

Al mirarla, Tiffany pensó que debería odiarla, pero se había quedado desarmada frente al encanto y la calidez de la rica muchacha.

-Tiffany no habla portugués muy bien y no conoce a esquí ‑le explicó Chris‑. Así que he decidido ayudarla.

Su prima lo miró con picardía.

-¿No la has traído tú?

Chris le devolvió la mirada, y luego miró al conde.

-No. Nos hemos conocido por casualidad.

-¡Qué suerte has tenido! ‑dijo Francesca irónica­mente.

Era evidente que los primos se conocían muy bien y estaban tomando el pelo.

En ese momento, el conde francés le puso una mano brazo a Francesca.

-Van a servir el buffet. ¿Dónde quieres que nos sentemos?‑preguntó en francés. Francesca le respondió en el mismo idioma.

-Si tienes hambre, vete y siéntate. Iré cuando me apetezca.

Allí residía la diferencia entre ellas dos, pensó Tif­fany. Francesca podía rechazar a un hombre que evidentemente se preocupaba por ella, mientras que ella algo y adular para que le presentaran a un al que tal vez ni siquiera gustaría. lo disimuló. Y conversó en los siguientes minutos como si estuviera acostumbrada al desparpajo y a moverse en aquellos círculos elitistas, e intentando que su personalidad supliera las desigualdades entre ellos.  Contó un par de anécdotas que hicieron reír a Chris y a  Francesca.

La risa de Chris llamó la atención de los que cerca de ellos. Y Tiffany deseó que se acercara su primo, puesto que el jardín se estaba vaciando, y la gente se estaba acercando hacia la zona donde estaban las mesas para la comida. El conde había esperado a Francesca a pesar de su plante, pero en aquel momento a ella pareció darle pena su novio y dijo:

‑Será mejor que vayamos a comer. Tiffany, ¿quieres sentarte con nosotros? ‑miró alrededor‑. Por cierto... ¿está Calum?

Tiffany se alegró de que las cosas estuvieran yendo bien, y agradeció la invitación a sentarse con una sonri­sa. Luego, comenzó        a moverse junto con los otros. Ca­lum Brodey, que estaba con un grupo, miró alrededor y fue a reunirse con ellos. Sus ojos se detuvieron un segundo en Tiffany, y luego miraron a Francesca. Enton­ces dijo:

Recuerda que el abuelo quiere que nos sentemos entre los invitados‑le dijo cuando oyó su sugerencia.

Francesca pareció molesta y preguntó:

-¿Tenemos que hacerlo? Hace siglos que no os veo. Prefiero sentarme con vosotros.

Calum la miró con indulgencia y dijo:

‑Ya nos pondremos al día a la hora de la cena.

Pero el abuelo estará con nosotros, y ya sabes que con él delante no podremos hablar a gusto...

‑Si no llevaras una vida tan alocada, no te pasaría eso ‑le dijo Calum, pero estaba sonriendo, como le sonreían todos a Francesca.

‑De acuerdo, nos dispersaremos ‑dijo Francesca; se volvió a Tiffany y dijo‑: Lo siento, Tiffany, pero tendrás que conformarte con el pesado de Chris.

‑¡Oye, cuidado con lo que dices! ‑protestó Chris.

Calum se rió y miró a Tiffany.

Me parece que no nos conocemos.

Tiffany suspiró alivia y se preparó para ser devastadoramente seductora. Pero  en ese momento apareció Sam Gallagher caminando hacia ellos.

‑¡Tiffany! ¡Por fin te encuentro!.‑ Como el hielo de tu copa estaba a punto derretirse, me la he bebido yo ‑miró alrededor Todos lo mirando, con diferentes expresiones. Finalmente Sam dijo‑: ¡Hola, a todos!

Tiffany hubiera deseo que se la tragara la tierra.

¿No era capaz de darse cuenta, el muy tonto, de que era inoportuno?, pensó Tiffany. Pero, no. Sam se quedó allí, a que ella se alegrase  de que hubiera regresado.

Tiffany  presintió la retirada de Calum y dijo:

-Este es...el señor... Lo siento, no puedo recordar su nombre...Bueno, es otro de vuestros invitados – le dijo a Calum, con una mirada que desautorizaba completamente a Sam.

-Me llamo Gallagher. Sam Gallagher ‑Sam extendió la mano para saludar a Calum y a Chris, y luego a Francesca -. Supongo que usted debe de ser la princesa.

-Si, supongo que lo soy ‑dijo Francesca, dedicándole una mirada maliciosa‑. ¿Estaba buscando a Tiffany?

-Si. Fui a buscarle una copa y, cuando regresé, parecía haberse esfumado.  Supongo que entabló conversación con  algún otro invitado.

Chris sonrió pícaramente a Tiffany y dijo:

-Lo siento, no tenía la menor idea de que estaba acompañada.

Tiffany se apresuró a quitar importancia al asunto. Pero no fue suficiente. Chris golpeó a Calum en el hombro y dijo:

-De acuerdo. Si tenemos que separarnos, vamos y se alejaron juntos.

Tiffany hubiera querido tirarse a un barranco. No era posible que todo le saliera tan mal.

Pero Tifany sabía esconder sus sentimientos y sabía que la gente quería ver era un rostro hermoso y animado. La gente tenía demasiados problemas para tener que aguantar encima los ajenos. Además, ya no tenía sentido seguir allí. Sería mejor marcharse.

Pero quizás Francesca se diera cuenta, porque desde mirarla, le dijo:

-Bueno, nosotros no tenemos por qué separarnos, así que,  ¿por qué no te sientas con Michel y conmigo, Tiffany? Y usted también, señor Gallagher, por supuesto.

‑Encantado ‑Sam puso una mano en el brazo de Tiffany, y comenzó a caminar con ellos.

Tiffany se libró de él, como Francesca se había librado del conde más temprano, y lo miró con desagrado y frialdad. Pero Sam pareció inmune a ello también, y le sonrió perezosamente mientras caminaba rápidamente, obligándola a darse prisa para alcanzarlo.

Tiffany se alegró cuando encontraron por fin una de las grandes mesas circulares con asientos libres. Pero había gente en ella, así que Sam y ella tuvieron que sentarse en el lado opuesto a Francesca y Michel. Cuando los últimos invitados fueron a sentarse, ella vio que la  encargada del servicio de comidas, observada atentamente por Calum, estaba ordenando a un camarero agregar un sitio en otra mesa. Así que en aquel momento los Brodey sabrían que había una persona que no estaba invitada.

Había un trío tocando música, pero Tiffany pudo oír cómo Calum le pedía a Chris que se la presentase, y le pareció notar en él cierto disgusto por que Sam hubiera aparecido antes que él.

La mesa era demasiado grande como para conversar con Francesca; el hombre sentado al lado de Tiffany era portugués y su inglés no era muy bueno. Sam conversó con ella, pero Tiffany estaba tan enfada con él, que al principio no le contestó. Sam la miró asombrado, y luego siguió con la comida.

Como era de esperar en una fiesta celebrada por productores de vino, había tres copas de vino, y una copa de champán frente a cada uno de los invitados. Los camareros le rellenaban los vasos con cada plato, pero hasta que Tiffany no bebió un par de copas, no se le pasó la amargura. Y entonces decidió pasarlo lo mejor posible.

Se giró hacia Sam y le dijo:

-Lo siento.

-¿He interrumpido algo?

Ella suspiró y contestó:

-Realmente, no. No había nada que interrumpir . ¿Por qué no me hablas de América?

-América es un país muy grande para hablar sobre él. ¿Has estado alguna vez allí?

-Un par de veces, cuando era niña. En Disneylandia de vacaciones. Pero no he estado en... ¿De dónde que eres? ¿Wyoming?

-Exacto.

-No es un lugar de vaqueros?

-Supongo que puedes llamarlo así. Hay mucho ganado allí.

Sam comenzó a contarle, cosas y ella lo escuchó, primero por cortesía, y luego con sincero interés. Sam sabía cómo usar las palabras. Era divertido también; así que por rato ella se olvidó de sus problemas.

En un momento, se sintió observada y miró por en la mesa. El conde estaba hablando con el hombre sentado a su lado y Francesca estaba observando a Sam y a ella Cuando ésta la miró, la princesa levantó como haciéndole una pregunta que estaba clara.

Tiffany negó con la cabeza una fracción de segundo, haciéndole saber que no estaba interesada en Sam, aunque realmente podría haber disfrutado de su compañía,

    Y hubiera estropeado sus planes. Aunque era apuesto y agradable, no lo podía perdonar, pensó. Había sido su última oportunidad de ganar algo de dinero.

Terminó el almuerzo y la gente comenzó a ponerse en pie, mientras bebían su último vaso de oporto, y luego comenzaron a despedirse de sus anfitriones.

Tiffany se disculpó y fue al aseo. No sabía cómo sa­lir del lío en el que se había metido.

Hasta el aseo era lujoso. Sonrió amargamente recordando el baño anticuado que ella tenía que compartir con una docena de personas.

Se lavó las manos, se aplicó carmín y perfume, y luego bajó. La luz la cegó, así que se quedó inmóvil un segundo frente a la puerta, adaptándose a ella. Miró hacia el jardín. Francesca estaba allí todavía, colgada del brazo de su primo Chris, casi tan alta como él, riéndose de algo que él había dicho. Calum Brodey estaba supervisando la distribución de vasos de vino de oporto. Acababa de darle un vaso a Sam. Éste la vio y fue a su encuentro en el momento en que ella entró en el jardín.

Sam sonrió y olió su perfume. Se inclinó hacia ella y le dijo:

‑¡Eh! Hueles estupendamente...

En ese momento, se le ocurrió una idea. No había tiempo de pensar si estaba bien, o cuál sería el resultado. Era una posibilidad y ella quiso aprovecharla.

Levantó la mano y dio un bofetón a Sam. Éste saltó sorprendido, y alzó la mano que sostenía el vaso para defenderse. El líquido se derramó. Pero no tuvo tiempo de decir nada, porque Tiffany exclamó, simulando enfado:

‑¿Cómo te atreves? Pues quedarte con tu desagradable invitación y.. ¡y tirarte al lago!

Como se había imaginado, todos los que tenían oídos se dieron la vuelta para mirar. Hubo un silencio sepulcral, y luego comenzaron a moverse y a hablar al mismo tiempo.

Sam exclamó:

‑¿Qué diablos..:?

Pero ella se acertó tiendo en dirección a Calum, que había empezado a andar hacia ella.

Calum fue hasta donde estaba Sam y se puso entre éste y Tiffany. Luego dijo:

‑Mi primo lo acompañará hasta la puerta ‑y llamó a      Chris.

-Espera un momento...Yo... ‑comenzó a decir Sam, enfadado.

Pero Chris  le sujetó el brazo y le dijo:

-Es por aquí.

Sam era más grande que Chris, y podría haberlo empujado, pero miró a Tiffany, que estaba de pie cerca de Calum. Se miraron un instante y pareció darse cuenta a estaba fingiendo. Entonces, Sam dudó, al ver el ruego de Tiffany en sus ojos azules. Luego, se encogió de hombros y dejó que Chris lo echase.

Francesca los observó irse, frunciendo el ceño. Luego se acercó  a Tiffany y le dijo:

-Quizá sea mejor que entres un momento en la casa.

-Gracias, pero me gustaría esperar a que se marche- contestó  Tiffany en un tono angustioso.

-Pero tu traje... ‑le señaló Francesca. miró hacia abajo y vio que el oporto de Sam había  parado en su vestido.

-¡Oh, no! ‑exclamó.

-Vamos  dentro. Si lo limpiamos enseguida, seguro que no se nota nada.

Calum agregó:

-Sí, por favor, vaya adentro, señorita...

-Tiffany Dean ‑dijo ella distraídamente, mirando su vestido todavía, y preguntándose cómo haría para expli­car lo que había pasado a los de la tienda de ropa donde lo había alquilado.

Francesca la acompañó adentro y la llevó a un dor­mitorio donde Tiffany se quitó el vestido. Una criada se lo quitó  rápidamente y miró el vestido y la mancha con pesimismo. Había un albornoz en el cuarto de baño de la habitación, y Francesca se lo dio para que se lo pusiera.

-¿Me disculpas, Tiffany? ‑le dijo‑. Tengo que irme para despedirme de los invitados. Vendré en cuanto pueda.

‑Sí, por supuesto. Siento ser una molestia.

‑No te preocupes. No ha sido culpa tuya.

Francesca sonrió y se marchó deprisa.

Tiffany pensó que al fin había logrado que le  presentaran a Calum, pero no había había podido aprovechar la oportunidad. Había sido inútil. Había al pobre Sam para nada. Y encima, si el vestido no se podía limpiar, estaría peor que cuando había ido a la fiesta.

De pronto, descubrió un espejo en la habitación. Se miró con el albornoz. Le quedaba inmenso; estaba ridícula con él y los zapatos de tacón. Se quitó los zapatos y se sentó en el borde de la cama, rogando que algo le saliera bien, e intentando no dejar escapar el llanto.

En ese momento, golpearon la puerta y entró Francesca.                  

-Todos los invitados se han marchado y  mi abuelo ha subido a descansar – dijo, dudando un momento -. No le hemos dicho lo que ha pasado. No queremos disgustarlo. No ha estado muy bien últimamente.

-¡Oh, lo siento! Parece estar bien.

‑¡Oh, sí! Se trata de su tensión. Organizar estos           fes­tejos ha sido excesivo para él. Calum ha  intentado  ocuparse de todo lo que  podido, pero mi abuelo ha insistido en estar al tanto de todos los detalles. Hubiera sido una pena que este incidente arruinase su primer día de fiesta.

-Lo siento mucho – dijo Tiffany, con sentimiento de culpa.      

Franceses se sentó al lado de ella.

-¡Oh, querida! No he querido culparte. ¡Lo siento tanto, Tiffany! Tú debes de sentirte fatal. ¡Qué hombre tan odioso! ¿Cuándo van a aprender? Si le sonríes y eres agradable, enseguida se piensan que quieres irte a la cama con ellos. Pero no parecía que Sam fuera a hacer algo así. Ya ves cómo engañan las apariencias.

Tiffany sonrió y cambió de tema preguntando.

‑No sé cómo hacer para volver a casa. ¿Puedo esperar aquí a que se seque el traje?

‑Por supuesto. Pero no creo que puedas pasarte toda la tarde aquí ‑rió Francesca‑. Te prestaría algo mío, pero seguramente te quedará grande. Veré qué podemos hacer ‑se puso en pie‑. Calum quiere hablar contigo. Está abajo ‑Francesca se dirigió a la puerta.

Tiffany la miró y preguntó:

‑¿Acerca de qué?

La muchacha se rió y se encogió de hombros.

‑No me lo ha dicho. No lo hace nunca. Ven y te enterarás.

Tiffany se puso en pie y señaló el albornoz.

‑¿Con esta ropa? No puedo.

‑A Calum le dará igual.

Tiffany suspiró y la siguió. Ella quería causarle buena impresión al heredero de la casa de Brodey, y aquello era todo lo contrario.

Calum estaba esperando en el salón, mirando hacia el jardín, donde ya habían limpiado las mesas. Chris estaba con él. Se pusieron en pie amablemente cuando aparecieron las dos chicas. Al ver a Tiffany con aquel albornoz tan grande, descalza y con las uñas de los pies pintadas de rosa, no pudieron resistir una sonrisa pícara.

Ella se rió.

‑Es la última moda de París ‑bromeó.

Calum dio un paso al frente, le tomó la mano y dijo:

‑Señorita Dean, quiero pedirle disculpas por parte de mi familia. Lamentamos mucho que haya pasado algo así en nuestra casa.

Realmente parecía sentirlo. Tiffany se puso coles da. Algo la hizo mirar a Chris. Éste los estaba observando con un gesto burlón, y ella se dio cuenta de que había podido engañar a Calum, pero no a él.

‑¡Oh, por favor! No se disculpe. Probablemente, he reaccionado desproporcionadamente. Después de todo, había estado sentada cerca del señor Gallagher durante el almuerzo, y... Bueno... En cierto modo, creo que ha sido culpa suya... ¡Porque usted nos ha servido un vino excelente!

Todos se rieron. Hasta Chris alzó una ceja sorprendido, y la tensión se aflojó por completo.

‑Y mucho vino... ‑dijo Francesca.

‑Me parece que, dadas las circunstancias, es usted muy amable. Pero debe permitir que seamos nosotros quienes enmendemos esto. Tal vez podamos...

‑¡Ya sé! ¡Puedes quedarte a cenar con nosotros esta noche! ‑interrumpió Francesca.

Calum la miro sorprendido, pero luego dijo:

‑Por supuesto. ¿Quiere cenar con nosotros esta noche, señorita Dean?

Tiffany había deseado y esperado que ocurriera aquello, pero protestó diciendo:

‑¡Oh, pero no puedo!

‑Debes quedarte ‑dijo Francesca‑. Necesitamos alguien que nos levante el ánimo. Chris, ven y convence a Tiffany de que se quede ‑le ordenó.

Pero Chris no pareció muy dispuesto y dijo:

‑Será aburrido con toda la familia allí.

‑Por eso mismo debe   venir. Tiffany, por favor, di que vendrás – dijo Francesca.

Tiffany se rió y señaló el albornoz:

‑¡Pero no puedo quedarme con esta pinta!

‑¡Oh! Eso tiene fácil arreglo. Llamaré a una boutique y les diré que nos traigan una selección de trajes para que escojas uno. No tardarán en traerlos – dijo Francesca con seguridad de una chica que no tenía más que levantar el teléfono para conseguir lo que quería -. Ahora no tienes excusa, así que, por favor, di que te quedas.

Tiffany miró a Calum y dijo:

‑Pero seguramente no querréis que esté presente alguien de fuera de la familia en una reunión familiar.

‑Habrá invitados que no son de la familia. Y usted será bienvenida, señorita Dean ‑contestó Calum.

Tiffany le sonrió y dijo:

‑Bueno, si está seguro...

‑Seguro. Será un placer.

‑Entonces, me encantará quedarme. Sólo si... ‑lo miró seductoramente‑. Si me promete llamarme Tiffany y no «señorita Dean> ‑imitó la profunda voz de Calum, y éste se rió.

‑Estupendo. Iré a decirle a la cocinera que cambie la disposición de la mesa.

‑Y yo llamaré a la boutique.

Calum se fue y Francesca fue hacia el teléfono, pero miró a Tiffany y a Chris y dijo entonces:

‑El número está en mi agenda, arriba. ¿Me perdonáis un momento? Iré arriba a llamar.

Tiffany no quería quedarse sola con Chris y dijo enseguida:

‑Esperaré arriba ‑siguió a Francesca, pero se enganchó el bajo del albornoz en la escalera.

Entonces, Chris le dijo:

‑Estás perdiendo el tiempo, Tiffany.

Ella simuló no comprender y le dijo:

‑Te veré luego.

Pero Chris le dijo secamente:

‑No atraparás a Calum.

Ella se detuvo antes de cerrar la puerta y le dijo:

‑No sé a qué te refieres.

Chris se rió cínicamente.

‑Sabes bien qué quiero decir. Calum ha caído en tu trampa, pero es demasiado listo como para no darse cuenta de lo que pasa, aunque no se lo diga nadie.

Chris había sacado una idea equivocada, pero no podía decirle la verdad.

‑¿Me estás amenazando? ‑le preguntó con voz temblorosa.

‑No ‑Chis se puso de pie y fue hacia ella -. Sólo  te advierto que pierdes el tiempo.

Tiffany pensó  en enfadarse y negarlo. Pero al mirar a Chris se dio cuenta  de que  sería inútil.

No admitió nada, pero lo miró con ojos de súplica y le dijo:

Las cosas me han ido muy mal últimamente. No lo comprendes... –apretó los puños -. Yo...Me merezco un descanso ‑se interrumpió. Su voz era temblorosa.

Chris no pareció inmutarse . La miró con indiferencia y le dijo:

‑Si quieres fingir con mi primo, allá tú. Prueba tu suerte. Pero fracasarás.

‑¿Quieres decir que se lo dirás? ‑dije ella amargamente.

Chris negó con la cabeza.

‑No. No se lo diré.

‑Pero has dicho... ¿Por qué no se lo dirás?

No necesito decírselo – Chris le puso una mano debajo de la barbilla -. Y es posible que me  divierta ver cómo lo intentas.

Ella lo miró, dándose cuenta de que él estaba jugando con ella

‑De acuerdo. Entonces... observa – Tiffany se dio la vuelta y salió de la habitación con toda la dignidad que le permitían los pies descalzos y el albornoz. Que no era mucha.

Capítulo 2

 

FRANCESCA había pedido a la boutique que le enviaran no sólo vestidos de noche, sino algunos de día.

‑La princesa nos dijo su talla, senhorita, y que era rubia. Estoy segura de que encontrará algo que le guste.

Tiffany también estaba segura. Todos los vestidos le quedaban bien, y debían de costar una fortuna. Aunque, por supuesto, ninguno tenía algo tan vulgar como la etiqueta con el precio. Tiffany se preguntó si tendría que pagar ella los vestidos, pero decidió no preocuparse por ello, y eligió un conjunto de pantalón corto azul para usar el resto del día y un vestido negro de terciopelo para la noche. Afortunadamente, la tienda había enviado zapatos y bolsos también, así que pudo ponerse un conjunto completo.

Francesca entró en la habitación cuando la dependienta estaba recogiendo todas las cosas.

‑Es bonito. Me gustaría poder llevar esos pantalones cortos, pero mis piernas son tan largas que me quedan muy ridículos ‑no era cierto, pensó Tiffany, pero era muy amable por su parte‑. Ponga las cosas a mi cuenta ‑le dijo Francesca a la mujer cuando ésta se estaba yendo.

‑¡Oh, pero...! ‑protestó Tiffany, sabiendo que no la dejaría pagarlo.

Francesca le dijo:

‑No, por favor. Es un placer. Vamos abajo, ¿quieres?

Francesca seguía con el vestido rojo y se dirigió a las escaleras.      

‑¡Eh! ¿Siempre vas tan deprisa? – gritó Tiffany al ver que no la alcanzaba.         

‑Lo siento. Toda mi familia es tan alta, que supongo que no  estoy acostumbrada a ir despacio.

‑Por lo que has dicho hoy, no sueles verlos a menudo ‑le dijo Tiffany.

‑No tanto como me gustaría. Sobre todo a Chris. El siempre suele estar en algún sitio donde yo no estoy.

-¿No vives en Portugal?

‑No. Tengo un apartamento en Roma, pero en este momento tengo una casa alquilada cerca de Perís. ¿Y tú? –preguntó Francesca cuando llegaron abajo y se dirigían al salón‑.                           

‑Sí. Comparto piso con unas amigas.

Tiffany se preguntó qué pensaría si sabía que “compartir piso” significaba que alguien con quien trabajaba la había metido a escondidas en una habitación que compartía con tres chicas, y que lo único que tenía de su propiedad era un saco de dormir.

El salón estaba vació, pero las ventanas abiertas y desde allí se podía ver a Callum en la terraza, hablando nuevamente con la encargada del catering.

Las dos jóvenes  salieron fuera, y se sentaron junto a una mesa.  Calum llevó  a la mujer donde estaban ellas.

‑Francesca, ¿tienes instrucciones para la Señora Beresford para la fiesta de­ la quinta?

-Sí. ¿Me perdonas un momento, Tiffany?

Francesca se apartó y Callum se sentó al lado de Tifffany. Le sonrió.

‑Veo que has encontrado algo que te va bien.

‑Sí, bastante mejor que el albornoz.

‑Pero estabas muy guapa con él.

Ella le sonrió.

 

‑Gracias ‑se puso una mano en el mentón y le pregunto‑: Dime, ¿qué es la quinta?

‑Quinta ‑en portugués significa «finca». Es donde plantamos las vides para el vino de oporto. Me extraña que no conozcas la palabra.

‑Es que sólo tengo un diccionario de inglés a portugués, cuando es al revés, estoy perdida.

Calum se rió.

‑Voy a tener que conseguirte un diccionario que tenga las dos formas. Aunque eso será si piensas quedarte aquí bastante tiempo. ¿Es así?

‑De momento no tengo planes de marcharme. Pero me estabas hablando acerca de la quinta. ¿Tiene nombre?

‑La empresa tiene varias en el Alto Duero, se trata del valle alto del Duero. Eh... ¿Sabes que el río que corre a través de Oporto se llama Duero?

‑¡Oh, sí! Lo sé.

Él asintió y sonrió levemente.

‑Nuestras principales tierras de cultivo están en un sitio llamado Quinta dos Colinas, que quiere decir algo así como «la finca de las colinas». Allí tenemos otra fiesta de bicentenario, para los trabajadores y sus familias.

‑¿Hacéis el vino en la quinta?

‑Sí, pero con métodos muy modernos. Ya no tenemos trabajadores pisando uvas para sacarles el zumo.

‑¿Por qué no? ‑preguntó ella frunciendo la nariz.

‑¡Por la misma razón por la que tú has fruncido la nariz! Nadie compraría el vino si supiera que lo ha pisado todo el personal. La gente hoy no lo querría. Todo tiene que hacerse con métodos más higiénicos.

‑Supongo que tienes razón, pero pisar las uvas parece más romántico. ¿Lo has hecho alguna vez?

‑Sí, pero hace mucho

‑¿Te pones de pie en una gran cuba para hacerlo? ¿Hasta dónde llegan?

‑En una cuba no, en un abrevadero muy grande o  un depósito. Y las uvas suelen llegarle a la rodilla a la gente, pero a ti te llegaría un poco más arriba - comentó, mirándole las piernas.

‑¡Qué poco amable eres al recordármelo.

-¿No te gusta ser baja?      

-Es una desventaja.

‑No veo por qué.

Era una buena respuesta. Probablemente Calum  tendría más experiencia con las mujer de lo que ella creía. Su fama en Oporto no era de playboy, aquel título estaba reservado a Chris. Por lo que le habían dicho, Calum era más bien serio, trabajador y bastante reservado. Era también uno de los solteros más preciados de la ciudad. Rico, apuesto, con una buena educación... ¿Qué más se podía pedir? Tenía unos treinta y tantos años. Era hora de que buscase una esposa. Pero ésta debía de ser rubia para seguir la tradición de la familia. Todo el mundo lo sabía, así que las morenas y las pelirrojas suspiraban a su lado pero lo dejaban sólo, porque sabían que perderían el tiempo. Como no había demasiadas rubias en Portugal, Tiffany se había imaginado que no tendría demasiada experiencia Pero era una tontería. Aunque la mujer con la que se fuera a casar tuviera que ser  rubia, eso no haría que se abstuviera de ganar experiencia con otras.

Calum empezó a describir su primera experiencia pisando uvas cuando era casi un bebé.

‑Es la tradición. Se supone que debes llevarlo en la sangre.

Chris apareció y se sentó con ellos.

‑Pero lo único que consiguieron fue que nos gustara el vino desde muy pequeños. Al menos en mi caso -interrumpió Chris, que había estado escuchando la conversación desde lejos, al parecer.

Ella se sorprendió de su actitud, pero sonrió y dijo:

‑Eso al parecer no funcionó con tu padre.

Chris alzó una ceja y dijo:

‑¿Quién te ha dicho eso?

‑Una persona que estaba en la fiesta ha comentado que era pintor, que no era parte de la empresa ‑dijo ella, maldiciéndose por haber dicho aquello.

Calum asintió.

‑Es así. Pero sabe apreciar un buen vino.

Chris la miró divertido.

‑¿Quién te ha dicho que es pintor? ‑insistió Chris.

‑¿No has sido tú? ‑le dijo dulcemente. Se volvió a Calum y le preguntó‑: ¿Te interesa el arte, Calum? Me temo que yo no conozco a los pintores portugueses, pero hace poco fui a una exposición dedicada a ellos. ¿Has estado en ella?

‑Sí. De hecho nuestra empresa ha sido una de las organizadoras. Se formó un grupo de patrocinadores para animar a los jóvenes pintores. Aunque no me gusta todo lo que hacen.

‑¿No te gusta el arte moderno?

Se pusieron a hablar del tema. Ella se sentía segura en aquella conversación porque realmente había estado en la exposición. Y había leído que Calum era uno de los patrocinadores. No podía asegurarlo. Pero le daba la impresión de que Calum estaba impresionado por lo que ella sabía del tema. Aunque Chris no dejaba de mirarla con un brillo burlón en los ojos.

Fue un alivio que Francesca apareciera en escena. Se sentó entre Calum y Chris y comenzaron a hablar de historias familiares y a contarse novedades de la familia. Luego, Tiffany se puso en pie y preguntó:

‑¿A qué hora es la cena?

‑¡Oh, querida! No dejes que te marginemos de la conversación... Lo siento. Es que hace mucho que no nos vemos ‑dijo Francesca‑. No ha sido nuestra intención aburrirte. Chris, ¿por qué no llevas a Tiffany a dar un paseo por el jardín mientras nosotros nos ponemos al corriente?         

‑¡Oh, no! Por favor. En cuanto...

‑Insisto – interrumpió Chris -. Francesca puede con­tarme todos secretos más tarde. -¿Qué te hace pensar que tengo secretos?        

Chris se inclinó para besar la mejilla de Francesca.      

-Tú siempre tienes secretos, y hasta que no aparezca un hombre que te sosiegue, siempre lo tendrás.

‑¿Es que eres psicólogo? Para tu información, puede que me case con Michael. ‑¡Enhorabuena. ¡Te doy seis meses!

‑¿Seis meses?‑ protestó Francesca.

Chris la miró y dijo:

‑No, quizás tengas razón. Con tres meses tienes bastante para aburrirte de él. Francesca le tiró un cojín, y luego le dio la espalda a propósito. Chris chasqueó la lengua  y se fue, pero Tiffany se dio cuenta de que había dado la vuelta para mirar a Chris con ojos de desolación.

Tiffany no quería estar a solas con Chris. Y decidió que, en cuanto estuvieran fuera de la vista de los demás, le daría una excusa y se marcharía. Pero cuando  llegaron al final del parque le dijo él:

‑No has visto el resto del jardín, ¿verdad? Ven por aquí.

‑Gracias, pero realmente me gustaría tomar un  baño y cambiarme antes de la cena.

Ella se giró para  marcharse, pero él se lo impidió sujetándole el brazo suavemente.

‑Tienes tiempo de sobra. Ven a ver a los árboles frutales.

Tiffany se dio cuenta de que él no estaba dispu  esto a dejarla marchar. Lo miró enfadada, pero fue con él.

Al final del jardín había un seto que descendía por la colina donde estaba construída la casa, pero luego descubrió que eran dos setos; entre ellos descendían unos escalones de piedra. Era una camino sombreado por los árboles, y a los lados había bancos de piedra y estatuas de mármol.

‑¡Estos jardines son magníficos! ‑dijo, sin poder reprimir su asombro‑. Estos arbustos y árboles deben de haber tardado años en crecer.

‑Una generación, más o menos ‑contestó Chris‑. Mi bisabuelo los plantó para su esposa Era escocesa y le parecía muy caluroso el clima de Portugal en verano. Nuestro ancestro, el Calum Lennox Brodey original que fundó la casa de Brodey, era escocés. Por eso los nombres de Calum y Lennox pasan de generación en generación.

Tiffany se quedó callada un momento; luego dijo:

‑Tus primos y tú sois muy respetuosos con la tradición, ¿no es verdad?

‑¿Tienes algo en contra de ello? ‑Chris la miró fijamente.

Ella se encogió de hombros.

‑Realmente, no. Sólo que es difícil comprenderlo cuando... cuando no lo has experimentado antes.

‑¿No tienes familia?

Habían terminado de caminar por el túnel verde de los árboles y acababan de llegar a una explanada donde se abría otra terraza que daba al resto de la colina.

‑¿Es todo tuyo este suelo?

‑Es de la casa, sí. Hemos empezado a diversificar la producción plantando fruta para mermeladas y conservas, ese tipo de cosas ‑Chris se acercó a un cerezo, arrancó varias cerezas y se las dio‑. Toma, pruébalas.

Las cerezas eran muy rojas y gordas. Tiffany probó una. Cerró los ojos y saboreó. Era la primera vez que comía la fruta directamente del árbol. La del supermercado no sabía a nada. En cambio aquélla era deliciosa.

‑Mmm..: Deliciosa ‑Tiffany abrió los ojos, se quitó el hueso de la boca y se encontró con Chris mirándola con deseo. Era una mirada que ella había visto muchas veces y que sabía cómo usar o no, según le conviniera.

Y en aquel momento no le convenía en absoluto.

Tiró el hueso y se dio la vuelta para volver, pero Chris dijo:

‑Espera. Te has manchado la boca.

Tiffany levantó un dedo para limpiarse, pero      él le dijo suave:

-No, déjame a mí – sus ojos se oscurecieron, y  se inclinó a limpiárselo con la lengua.

Tiffany lo empujó y le dijo:

-Aléjate de mí – le advirtió enfadada.

‑¡Pero estás tan sexy!

‑Eso no es asunto tuyo.

‑¡Ah! Te estás reservando para Calum, ¿no es verdad? ‑Chris dio un paso atrás y se metió las manos en los bolsillos‑. Apuntas demasiado alto, Tifffany.

-¿Y qué tiene  de malo?

‑Nada, supongo. Pero no eres el tipo de chica que suele buscar Calum aunque seas rubia. ¿Ha sido eso lo que te dio la idea de jugar con él? ¿Sabías lo de la tradición familiar?

Tiffany no contestó. Sintió cierta culpa porque en cierto modo ella había pensado que el ser rubia  podría ayudarla en su objetivo de conocer a Calum.

Lo miró furiosa.

Chris se rió.

‑Supongo que .sí. ¿Sabes cuántas rubias, teñidas o naturales, se han echado en brazos de Calum? Una docenas por lo menos. En cuanto la prensa saca algo acerca de la tradición, alguna rubia aparece por aquí como por casualidad  e intenta conocer a algunos de nosotros.

Tiffany se lamentó de la poca originalidad de su idea. Luego pensó que, cuando  estaba a solas con Calum, parecían llevarse bien.

‑¿Por qué estás tan seguro del tipo de chica que le gusta? A lo mejor te sorprende.

‑Lo dudo. Calum siempre va a lo mismo. Y odia que lo engañen. Cuando se entere de que te has colado en la fiesta mediante engaños, y de que has abofeteado a ese pobre americano para nada... te sacará de aquí inmediatamente.

‑¿Qué estás diciendo? ¿Qué quieres?

‑¿Por qué crees que quiero algo?

‑Los hombres siempre quieren algo ‑dijo Tiffany, y lo miró con disgusto‑. Has intentado besarme antes, y no te ha gustado que te rechazara. Me estás diciendo todo esto para amedrentarme. Para que te suplique que te quedes callado.

‑Lo has hecho antes ‑le recordó.él.

Ella negó con la cabeza.

‑No, te pedí que me dieras una oportunidad. Pero ahora estás intentando chantajearme. Y me pregunto cuál será el precio. ¿Que me vaya a la cama contigo? ¿Qué tenga que decirte que sí ahora, después de haberte rechazado antes?

Chris la miró intensamente, y luego le preguntó:

‑¿Y tu respuesta cuál es?

‑¡La respuesta es no! Y siempre será no. Adelante. Díselo a tu primo. ¡Prefiero marcharme e ir andando todo el canino hasta Oporto, que irme a la cama contigo! ‑ella estaba en pie, pequeña y desafiante, las mejillas encendidas.

Chris la seguía mirando. Había sacado las manos de los bolsillos y las apretaba en un puño. Su rostro parecía expresar emociones contradictorias. Hubo un momento de silencio hasta que él dijo:

‑Debes de conocer a hombres muy extraños, Tiffany.

‑¿Qué quieres decir?

‑Quiero decir que yo también soy bastante recto. Te he dicho que te iba a dar una oportunidad y lo haré. No tengo intención de decírselo a Calum.

-Tu... ¿No se lo dirás?

‑¡No! Para tu información, no tengo necesidad de chantajes para conseguir  a una chica. Y aunque te parezca sorprendente, soy bastante civilizado como para aceptar un “no” sin resentimiento – dejó de hablar.

Tiiffany no pudo decir otra cosa que:

-Lo siento – repitió ella.­

Chris se pasó la mano por el pelo.

-¿Con qué gente andas que te hace  pensar esas cosas.

-Lo siento –repitió ella.

Chris la miró un momento y le dijo:

-Venga, caminemos por aquí.

Chris dobló a la derecha hacia un camino pavimentado donde había una pared de ladrillo  que dividía el jardín.  Al otro lado del sendero había viñedos. Las uvas no estaban aún maduras.

La caminata fue larga. Pero después de  un rato. Decidieron parar para mirar el crepúsculo.

-¿Quieres contármelo? – le preguntó Chris después de un rato.

-¿Por qué estoy sin un céntimo?

El asintió.

Tiffany suspiró y dijo:

-No es una historia bonita. No creo que te guste oírla.

‑Intenta contármela.           

Ella dudó. No confiaba en él totalmente.

-Me ofrecieron un trabajo aquí, como organizadora y anfitriona de un club de golf donde  venían muchos ingleses. Pero luego la empresa  a ir mal  con la recesión. Me quedé sin trabajo, debiéndome dos meses de salario –ella preguntó si se  daría cuenta de que su empresa era responsable. Pero el rostro de Chris no denotaban nada.

Que un montón de gente perdiera el trabajo no parecía afectarle demasiado. Tiffany sintió algo parecido al odio y dijo:

‑Luego conseguí un trabajo en una cooperativa, pero me puse enferma y tuve que dejarlo.

‑¿Qué te pasó?

‑Tuve fiebre glandular, además de otras cosas. Había ahorrado dinero suficiente para mi pasaje, pero las compañías aéreas dijeron que era contagioso y que no podían dejarme viajar de regreso. Yo estaba demasiado enferma como para hacer el viaje por tierra. Así que todo mi dinero se fue en alquilar una habitación, y cuando me mejoré y estaba en condiciones de volver a trabajar, la empresa cooperativa cerró.

‑¿Y cómo terminaste viniendo a Oporto?

‑Una chica portuguesa que trabajaba en la cooperativa consiguió un trabajo aquí y pensó que podría haber algún trabajo para mí como guía. Así que gasté mis últimos ahorro  s para venir aquí, pero no salió el trabajo. La mayoría de las compañías de turismo quieren personas del país como guías. Luego, conseguí algún que otro trabajo, pero sólo me alcanzaba para sobrevivir.

‑Entonces fue cuando decidiste que ibas a conseguir un marido rico ‑dijo Chris irónicamente.

Era normal que pensara eso, pensó Tiffany. Y debía admitir que al ver a Calum, al ver aquel magnífico palacio, a ella misma se le había pasado por la mente la idea del matrimonio. Pero no podía explicárselo a Chris. No lo comprendería. Para un hombre era degradante que una mujer quisiera casarse con él por dinero. Aquello estaba muy mal visto. Pero cuando se estaba sin trabajo, hambrienta y desesperada en un país extraño, no parecía tan mala idea. Sobre todo cuando la otra posibilidad que le quedaba a una chica atractiva para hacer dinero era una que ella jamás probaría. No se rebajaría tanto. Si se casaba con un hombre, daría a su dinero el valor que se merecía; sería atenta y cariñosa como ella sabía ser. El no tendría queja de ella.

Él la miró serio y dijo:

‑Si te ofrezco el pasaje para volver, ¿te irías?

Tiffany se rió.

‑¿Qué sentido tendría? No tengo casa en Inglaterra tampoco. Conseguir trabajo sería igual de difícil que aquí, y conseguir un sitio donde vivir, casi imposible.

‑¿No tienes familia?

‑No ‑Tiffany empezó a volver, sin mirar si él la seguía.

Caminaron hasta la casa y Chris miró su reloj.

‑Creo que será mejor que nos preparemos para la cena. Nos reunimos a partir de las siete y media en el salón para tomar una copa ‑Chris la acompañó por la escalera de mármol hasta detenerse frente a una puerta a escasos metros de la de ella‑. Te veré luego.

Había un jacuzzi en el baño de la habitación de invitados. Tiffany pasó allí una hora por lo menos. Se lavó la cabeza y se maquilló cuidadosamente. Luego se puso el vestido de terciopelo negro. Cuando terminó se miró en el espejo, y se dio cuenta de que jamás había estado tan bien. Se sintió optimista, pero la vida le había enseñado que era mejor no esperar demasiado, porque la decepción sería mayor. Pero ella era optimista por naturaleza, y estaba tan atractiva, que no pudo reprimir tener esperanzas.

Decidió bajar hacia las ocho. Se oían voces en el salón. Antes de bajar al salóri, se detuvo en lo alto de la escalera y observó a Calum y a su abuelo saludar a los invitados. La escena parecía sacada de una película: la gente ataviada con ropa de diseño, las voces y las risas, el lujoso escenario... A Tiffany le pareció mentira que ella fuera parte de aquello.

Chris y Francesca entraron del brazo en el vestri'bulo. Francesca dio un beso en la mejilla a una invitada de avanzada edad. Chris lo hizo también, pero algo le hizo mirar hacia arriba y en ese momento la divisó. Se quedó quieto, y entonces Calum siguió su mirada. Ambos primos se quedaron paralizados un instante, mirándola. Entonces, Tiffany sonrió y bajó las escaleras hacia ellos.

Chris se echó hacia atrás y dejó que su primo la saludase. Calum le tomó la mano y le dijo:

Estás encantadora.

‑Sí, ese vestido te queda estupendo ‑dijo Francesca y puso una mano en el hombro a Calum‑: Nuestro abuelo quiere saber quién es Tiffany. ¿Qué le decimos Tiffany?

Francesca fue tan amable como siempre, pero Tiffany sospechó que, bajo esa apariencia, la muchacha escondía algo de antipatía hacia ella. ¿Sería porque ella estaba guapa y se sentía cela? Pensó que sí, que sería eso lo que ocurría. Y decidió disfrutar de la velada.

Calum la llevó para presentarle a su abuelo, y la presentó como una amiga. Luego, la llevó al salón para darle una copa. Tiffany conoció a su otro primo, Lennox. Estaba con su esposa, Stella, que llevaba un vestido rojo pre‑mamá que le quedaba muy bien.

‑Supongo que debí ponerme un color más discreto ‑le confió a Tiffany‑. Pero un color oscuro le hubiera dado un sentimiento sombrío a mi bebé y yo quiero que él sea feliz.

‑Estás loca ‑le dijo su marido, pero la besó suavemente y la miró con ternura.

Francesca se acercó a ellos.

Tienes que conocer a los padres de Chris ‑dijo, y se llevó a Tiffany. Luego, miró hacia atrás y dijo‑: ¿No te parece que Stella está estupenda? Te dan ganas de quedarte embarazada... ‑luego agregó en un tono diferente‑. ¿No es extraño que Lennox sea el único de la generación de los más jóvenes de los Brodey que se ha casado con una rubia? Tal vez Chris y Calum estén aburridos de esa tradición y de tener todo tipo de rubias detrás de ellos. Yo creo que deberían romper la tradición. ¿No crees?

‑¡Oh! Completamente... ‑contestó Tiffany‑. Es una tontería dejarse llevar por una tradición fanúliar, sobre todo cuando se trata de enamorarse... Dime, ¿existe alguna tradición acerca de con quién se deben casarlas mujeres de la familia?

‑¡Oh, no! Somos libres de escoger a quien nos plazca.

‑¡Oh, eso está bien! Por lo que veo, tú has empezado por lo más alto de la aristocracia.

La muchacha rica sonrió con los labios apretados y no dijo nada. Luego la llevó a conocer a los padres de Chris.

‑Ésta es Tiffany Dean, una amiga de Chris ‑dijo, y la dejó con la pareja de pintores.

Tiffany sacó nuevamente el tema de la exposición a la que había asistido para tener algo de qué conversar. Y todavía estaba charlando con ellos cuando sirvieron la cena. La gente comenzó a formar parejas para entrar. Tiffany se quedó parada un momento, preguntándose qué hacer, pero en aquel momento apareció Chris y le ofreció el brazo.

‑¿Vamos? ‑le dijo.

Pero cuando llegaron al comedor, Tiffany descubrió que no se sentaría cerca de Chris. La tarjeta con su nombre estaba en un extremo de la mesa, cerca de la de Michel, el conde de Francesca. No había nadie a su otro lado. El viejo señor Brodey estaba en el centro de la larga mesa, con su hija, que hacía de anfitriona, sentada frente a él. Chris frunció el ceño, pero no le quedó otra alternativa que sentarse lejos de Tiffany, en el otro extremo de la mesa, cerca de Francesca. Michei no parecía contento tampoco con la disposición de los lugares. Dudó un momento, se acercó a hablar un momento con Francesca, pero luego cambió de idea y se sentó cerca de Tiffany. Evidentemente Francesca había cambiado las tarjetas de sitio, con lo que había sorprendido a ambos hombres. Tiffany no podía comprender por qué estaba actuando tan retorcidamente, hasta que se dio cuenta de que Chris debía de haberle contado que ella se había colado en la fiesta. De ser así, no lamentaba estar lejos de Chris, y decidió ponerse a conversar amenamente en francés con el conde para fastidiar a los dos.

‑¿Conoces Francia? ‑le preguntó el conde.

‑¡Oh, sí! He vivido allí un tiempo ‑no le quiso decir que había ido allí a trabajar recogiendo fruta en una granja.

Tal vez Michel también estuviera molesto con Francesca, porque se lo veía muy deseoso de conversar y reír, y rara vez conversaba con la mujer que tenía al otro lado.

La comida fue la mejor que Tiffany había comido desde hacía meses, pero duró mucho tiempo, con varios brindis y un discurso del señor Brodey. Cuando terminó, Michel acompañó a Tiffany al salón.

Calum le llevó una taza de café.

‑Espero que no te hayas aburrido demasiado ‑sonrió.

‑No, en absoluto. Michel ha sido una compañía muy agradable para la cena.

‑Tengo que devolverte el cumplido. A mí se me pasó volando el tiempo ‑lijo el conde. Luego, los miró y fue a buscarse un café.

‑Siento que te hayan puesto al final de la mesa ‑dijo Calum contrariado.

‑El haberme invitado a la cena ya ha sido muy amable por tu parte.

Calum se quedó conversando con ella. Tiffany, después de haber bebido varios vasos de vino, estaba muy simpática y divertida. Y Calum no se movió de su lado hasta que alguien fue a hablar con él y entonces se apartó de mala gana.

Una media hora más .tarde, los invitados empezaron a marcharse. Lennox y su esposa fueron los primeros en irse. Algunos de los invitados se alojaban en la casa, y los otros se despidieron y se marcharon en sus coches. Tiffany dudó. No sabía qué hacer, y además se dio cuenta de que no tenía dinero suficiente para tomar un taxi.

Francesca la miró, y luego se acercó a ella.

‑Michel va a Oporto, Tiffany. Puede llevarte a tu casa. Estoy segura de que os lo pasaréis bien charlando durante el viaje.

Michel parecía enfadado, como si hubieran tenido una discusión, pero dijo muy amablemente:

‑Por supuesto. Será un placer.

Pero Calum dijo:

‑Es muy amable por tu parte, conde, pero Tiffany es nuestra invitada; nosotros nos ocuparemos de que llegue sana y salva a casa.

‑Pero tú has estado bebiendo. No puedes llevarla ‑protestó Francesca‑‑‑. Deja que la lleve Chris.

‑Chris ha estado bebiendo también ‑dijo Calum‑. Pero mi chófer no ‑sonrió a Tiffany‑. ¿Vamos?

Tiffany se puso contenta.

‑Bueno, si estás seguro...

‑Por supuesto ‑le abrió la puerta.

Tiffany miró hacia atrás y vio a Francesca y a Chris de pie en el vesriíbulo, sorprendidos. Chris tenía una mirada extraña, como si estuviera molesto.

Tiffany volvió a darse la vuelta y siguió a Calum al coche.

Me temo que no le gusto mucho a tus primos.

‑¿A Chris? ‑pareció sorprendido.

-No, a Francesca.

Calum se rió.

‑La pobre no está muy feliz en este momento. Está un poco descentrada. Todavía está afectada por su divorcio. Y parece haber perdido el norte ‑reflexionó un momento‑. Tal vez lo que le haga falta sea una anúga.

Tiffany esperaba que Calum no estuviera pensando en ella para ese papel. Dos chicas de estratos sociales tan diferentes quedarían ridículas yendo por ahí juntas. Y además, creía que Chris tenía razón. Lo que Francesca necesitaba era un hombre que la domase.

‑¿Dónde vives? ‑le preguntó Calum.

Ella ya había preparado la respuesta y nombró un respetable bloque de apartamentos, no demasiado lejos de la casa de realquiler.

‑¿Cómo es que has venido a parar a Oporto?

Ella se rió.

‑Soy una víctima de las circunstancias. Me gusta viajar, así que acepté un trabajo como organizadora en un complejo turístico del Algarve. Pero luego me puse enferma y vine a pasar un tiempo con unos amigos de Oporto ‑dio una versión simplificada de la realidad a propósito, pero dicho de aquel modo no le pareció tan mal.

‑¿Así que trabajas en Oporto ahora?

‑No sé si se le puede llamar trabajo realmente. Ayudo a entretener a los visitantes ingleses que reciben algunas empresas de la ciudad.

También había preparado aquella respuesta. Sabía que Calum le haría esas preguntas. El coche estaba a oscuras, y apenas había luces en la calle, así que era imposible ver en su rostro la impresión que le habían causado sus respuestas.

Ella esperaba que su aspecto y personalidad le hubieran causado suficiente buena impresión como para que su procedencia no le importase. Pero Calum no había intentado nada con ella, ni siquiera tomarle la mano.

No sólo porque su chófer estaba presente, sino porque era educado por naturaleza.

‑¿Tienes más celebraciones mañana?

‑Sí. Por la noche vamos a abrir una pipa especial de oporto de hace cincuenta años.

‑¿Una pipa?

Lo siento. Es una medida de vino. Es... ‑se interrumpió al sonar el teléfono del coche‑. Perdona ‑levantó el auricular y dijo‑: ~Sí? ‑y escuchó. Luego colgó‑. Era Francesca. Ha dicho que te has dejado ropa en la casa.

‑¡Oh, claro! ¡Qué tonta! ‑exclamó Tiffany.

Calum sonrió.

‑Me ha dicho que por qué no ibas a buscarla mañana a las tres de la tarde.

Llegaron al bloque de apartamentos y Calum aparcó. La ayudó a salir y la acompañó al edificio.

‑¿Está bien que te deje aquí?

‑Por supuesto? Gracias por traerme a casa.

‑Ha sido un placer. Buenas noches ‑empezó a alejarse. Luego se detuvo y dijo‑. Ven mañana por la tarde. No te preocupes de cómo llegar a la casa. Yo te enviaré un coche. Buenas noches, Tiffany.

Cuando se fue, Tiffany esperó unos minutos y luego se marchó a la casa de huéspedes. Había luz en la habitación que compartía ilegalmente. Tiró unas piedras pequeñas en la ventana, y una de las chicas la abrió, se asomó y le tiró las llaves.

Afortunadamente, la puerta no chirrió. La habían engrasado para que no sucediera; y por suerte el casero se solía dormir borracho todas las noches. Se desvistió y colgó con cuidado el vestido de terciopelo negro. Luego se metió en el saco de dormir, pensando que su suerte había cambiado.

Afuera, en la calle, una persona que observaba la escena vio apagarse la luz, luego caminó hasta el coche que la esperaba y condujo nuevamente hasta el palacio.

 

Capítulo 3

 

LOS JARDINES del palacio parecían extrañamente vacíos sin las mesas y sus sombrillas cuando llegó Tiffany al día siguiente.

Ella todavía tenía la sensación de que su suerte había cambiado. El chófer la había recogido a las tres del edificio de apartamentos donde Calum la había dejado el día anterior.

Aunque no, sabía si vería a Calum o algún miembro de la familia, Tiffany se había vestido cuidadosamente, con un traje que solía llevar cuando trabajaba en el club de golf, elegante pero no ostentoso.

Una criada le abrió la puerta en cuanto llegó a la entrada de la casa. El chófer le abrió la puerta y ella entró pensando que tal vez pronto se acostumbraría á todas esas atenciones. La criada la acompañó a una habitación en la parte de atrás de la casa. Había sillas y sofás, pero parecía más bien una habitación de trabajo, con un escritorio en el centro y estanterías en las paredes. Los tres primos estaban allí. Calum y Chris estaban sentados en torno al escritorio; Francesca estaba sentada en un sofá, con los pies en alto, leyendo una revista. Levantó la vista cuando apareció Tiffany, pero se quedó donde estaba. Calum se puso en pie y fue a saludarlasonriente; pero Chris la miró sorprendido.

‑Es una alegría volver a verte, Tiffany. ¿Te gustaría beber algo? ‑le preguntó Calum.

‑Cracias. Un café, si es posible.

Calum habló con la criada en portugués, y Tiffany dijo:

‑Hola, Francesca y Chris.

Chris se había puesto de pie y en aquel momento se había sentado en el borde del escritorio. La miró con el ceño un poco fruncido y dijo:

‑Hola, Tiffany. ¿Una visita sorpresa?

‑No, yo le dije que viniera ‑dijo Francesca, poniéndose de pie perezosamente‑. Se ha dejado su ropa anoche. Te alegrarás de saber que hemos podido quitar la mancha de vino de tu traje. No ha dejado ni marca.

‑¡Oh, bien! ‑dijo Tiffany aliviada‑. Dale las gracias a tu criada por ello ‑metió la mano en el bolso‑. Tal vez debiera darle algo...

Pero Francesca le quitó la idea de la cabeza.

‑Por supuesto que no. Ha sido nuestra obligación ‑sonrió a Tiffany, pero ésta se dio cuenta de que aquella sonrisa no tenía la calidez de otras veces.

Francesca habló de las festividades de aquella semana, que terminarían con un baile en el mejor hotel de Oporto.

‑Hubiéramos querido celebrar aquí el baile, pero el hotel es el único sitio suficientemente grande para que quepan los invitados.

Después, Francesca continuó hablando, pero parecía no prestar mucha atención a lo que estaba diciendo, como si estuviera esperando algo y, mientras, hablase por hablar.

Calum estaba recogiendo los papeles del escritorio y colocándolos en una carpeta

‑Terminaremos de ver estas cifras mañana ‑le dijo a Chris.

La criada llegó con una bandeja con café y la dejó en la mesa al lado de la ventana.

‑Tú tomas el café solo, creo recordar, ¿no, Tiffany? ‑preguntó Callum.

‑Sí ‑replicó Tiffany, sonriendo.

Se alegraba de que Calum lo recordase.

‑Claro que ésta es una tarea que le corresponde a Francesca, pero ella se niega a... ‑se interrumpió cuando la puerta volvió a abrirse.

La criada dijo:

‑El señor Gallagher... ‑y por segunda vez Sam apareció inoportunamente.

Calum se puso erguido con la cafetera aún en la mano, sorprendido y molesto al ver a Sam.

Chris también se sorprendió, pero Francesca en cambio pareció haberlo esperado, porque fue hacia él y dijo:

‑Señor Gallagher, muchas gracias por venir.

Pero Sam había visto a Tiffany y dijo:

‑¿Qué significa esto?

‑Eso, explícanoslo ‑Calum dejó la cafetera y miró disgustado a su prima‑. ¿Qué está haciendo el señor Gallagher aquí, Francesca?

Pero la princesa esperó a que se fuera la criada para decir:

‑Le he pedido que viniera porque nuestra familia ha cometido una injusticia con él y le debemos una disculpa.

Sam empezó a decir:

‑Ése no ha sido el motivo por el que he venido aquí... Yo...

Pero Calum levantó la mano y lo interrumpió:

‑¿Y por qué merece una disculpa por nuestra parte? ¿No es más bien al contrario? Fue el señor Gallagher quien se aprovechó de nuestra hospitalidad comportándose de aquel modo con una de nuestras invitadas.

Tiffany se había quedado en pie, inmóvil, sabiendo que aquello estaba planeado para ponerla al descubierto. Pero en aquel momento se quejó suavemente por el modo en que Calum había hablado de Sam.

‑No, por favor.

Calum la ignoró y dijo:

¿Bien, Francesca?

‑Tiffany no era invitada nuestra, oficialmente. No fue invitada, y yo dudo que nadie le haya dado una invitación, corno dijo. Anoche miré su bolso y no había ninguna invitación en él.

‑¿Has mirado mi bolso? ‑Tiffany se puso pálida.

Para enviarte la ropa ‑contestó Francesca desafiante‑. No había ninguna dirección en él.

Francesca iba a continuar, pero Chris intervino.

‑Déjalo, Francesca. Olvídalo.

‑Pero no sería justo ‑protestó su prima‑. Ni lo ha sido el modo en que hemos tratado al señor Gallagher. Es Tiffany la que nos ha mentido y engañado. Cuando empecé a sospechar que se había colado en la fiesta, seguí el rastro de Sam y él admitió que ella había mentido acerca del incidente, que él no se había propasado con ella. Pero él aceptó la situación porque no quería que Tiffany se metiera en problemas.

No es eso exactamente lo que he dicho ‑dijo Sam‑. En lo que a mí concierne aquel incidente terminó ayer. Y no me gusta el modo en que está actuando en este asunto, princesa ‑ dijo Sam, enfadado.

Sam se dio la vuelta como para marcharse, pero Calum dijo fríamente:

‑Sí, claro que sí ‑contestó Tiffany‑. Lo soy, a tus ojos. Pero tu punto de vista no es imparcial. Lo único que buscaba era una oportunidad. ¿De qué otro modo se supone que una chica como yo puede conocer a un hombre como tú?

‑Afortunadamente, de ningún otro modo, si así es como se comportan las chicas de tu estilo ‑dijo Calum.

Calum se dio la vuelta y estaba a punto de marcharse, pero Tiffany le tocó la manga y le dijo furiosa:

-Espera un momento. ¿Qué sabes tú de las chicas de mi estilo? Tú te sientas aquí en tu palacio de cristal con doscientos años de antigüedad adheridos a sus paredes, ¿y crees que tienes derecho a juzgarme a mí y a otros como yo? ¿Qué sabes tú de la pena, el dolor y el hambre? ¿Cuántas veces te has tenido que marchar sin haber logrado lo que querías? Otro coche, otro barco de vela, o cualquier cosa que se te hubiera ocurrido... Tiffany miró a los tres primos con furia‑. No sois más que un atajo de parásitos malcriados. ¡Especialmente, tú! ‑señaló a Francesca‑. Espero que el conde tenga más sentido común y no se case contigo, porque él vale bastante más que tú ‑levantó la cabeza orgullosamente, y miró a Calum furiosa, agregando‑: ¡Del mismo modo que yo valgo más que tú!

Paró de hablar un momento y hubo un silencio espeso, entonces todos se movieron y comenzaron a hablar al mismo tiempo. Calum se quedó allí, mirando la escena, estupefacto.

Francesca empezó a decir indignada:

‑¡Bueno! ¡Lo que hay que oír! Has sido tú quien...

Pero Calum la interrumpió dirigiéndose a Sam.

‑Señor Gallagher, le pido mil disculpas. Al parecer me han engañado, y una cara bonita me ha tomado por tonto. Ha sido un error. Me alegro de que Francesca lo haya descubierto y me haya dado la oportunidad de aclarar las cosas.

‑Yo no he pedido que se disculparan conmigo y no quiero una disculpa ‑dijo Sam‑. Tiffany, espérame afuera. Te llevaré a la ciudad ‑miró a Francesca amenazadoramente y agregó‑: Pero antes quiero hablar dos palabras con la princesa ‑tomó a Francesca por la muñeca y la llevó a la terraza.

Calum rechazó el ofrecimiento de Sam y dijo:

Mi chófer te llevará.

Tiffany hubiera preferido rechazar su ofrecimiento, pero no habría sido muy digno volver a Oporto caminando. Y no quería esperar allí a Sam. Así que dijo en tono frío:

‑Gracias. ¿Dónde están mis cosas?

‑Creo que Francesca las tiene preparadas en la‑ habitación que usaste ayer. Enviaré a una criada para que las recoja.

‑No te molestes. Iré yo misma y sin darle la oportunidad de protestar, Tiffany subió corriendo las escaleras.

Su ropa estaba empaquetada en una caja. No sólo la ropa que había llevado a la fiesta sino el traje que había usado por la tarde, con todos sus accesorios. Tiffany tiró estos últimos encima de la cama. Rehizo la caja, pero sus manos temblorosas no le respondían muy bien. Además las lágrimas no le dejaban ver bien lo que hacía. Se quedó quieta un momento y exclamó:

‑¡Maldita sea!

Reprimió el llanto, decidida a que no la vieran llorar.

La puerta se abrió detrás de ella, y pensó que sería Calum que iba a ordenarle que se marchase. Pero era Chris.

Cerró la puerta y fue hacia ella, diciéndole:

‑Tiffany, siento que haya ocurrido de este modo. Yo...

‑¡No mientas! ‑le dijo ella, furiosa‑. ¿Crees que soy tonta? Francesca no se dio cuenta de todo por sí mima. No es tan lista. ¡Tú se lo has dicho! Y se lo has dicho porque te he rechazado. Y fuiste tú quien planeó hacerlo de este modo, para humillarme.

‑¡No! Escucha. Yo...

‑¡No mientas! ‑gritó ella nuevamente‑. Fuiste tú quien echó a Sam ayer, y hablaste con él. Por eso estabas tan seguro de lo que pasaba conmigo: Calum me ha llamado mentirosa y embustera, ¡pero has sido tú quien me ha mentido y me ha engañado! Tú me dijiste que me darías una oportunidad con él, pero tu prima y tú habéis planeado todo esto. ¿Te ha divertido? ¿Os habéis reído juntos? ¿Habéis entretenido vuestras mentes con...?

‑Tiffany. Yo no he planeado esto ‑Chris la sujetó por los hombros y la miró‑. Te lo juré.

Ella se rió, incrédula. Chris pareció enfadarse y la sacudió suavemente.

‑¿Puedes escucharme un momento?

‑¿Y por qué?

-Porque yo no he tenido nada que ver con esto. No me hacía falta. Era inevitable que te descubriesen. Era cuestión de tiempo. Ya te advertí que Calum no era tonto.

‑Así que tú simplemente te sentaste ahí y dejaste que se ocupasen ellos. ¡Muchas gracias! ‑intentó empujarlo, pero él no la dejó.

‑Por supuesto que lo hice. Iba a pasar de todos modos, así que dejé que pasara. ¿Realmente piensas que Calum podría haber caído rendido a tus pies en tan poco tiempo que no daría importancia a que hubieras mentido?

Tiffany lo miró con culpa y rabia.

‑Cosas más extrañas ocurren en la vida.

‑Es posible ‑le dijo Chris con ironía.

Por fin pudo empujarlo, tomó la caja de ropa y fue hacia la puerta.

-¡Tiffany! ‑le gritó‑. ¡No has perdido totalmente!

Ella se dio la vuelta.

‑Puedes haber fracasado con Calum, pero todavía falto yo.

‑¿Tú?

‑Cosas más extrañas ocurren en la vida... ‑repitió él sus palabras.

‑¿Es una propuesta de matrimonio?

‑Por supuesto que no.

‑Me parecía ‑dijo ella con desprecio.

‑¿Tienes algo que perder?

‑Mucho. Aunque no creo que tú lo comprendas.

Chris la miró serio y le dijo:

‑Piénsalo.

Tiffany contestó:

‑No me hace falta, antes prefiero morirme ‑se dio la vuelta y se marchó.

El coche de Calum la estaba esperando, pero Sam no estaba, así que Tiffany se metió en él.

No quiso mirar atrás a la casa. En aquel momento le hubiera gustado no haber acepto el encargo de conocer a Calum. Por un momento se imaginó lo que hubiera pasado si Calum se hubiera enamorado de ella, el ser la dueña de aquella casa...

Pero era un sueño, un estúpido sueño.

El chófer la dejó en los apartamentos. Cuando el coche se marchó, ella fue a devolver el traje de noche. Después, decidió deambular por la ciudad. Solía hacerlo muchas veces cuando tenía que esconderse del dueño de la pensión. Normalmente le gustaba andar por aquellas calles antiguas, fascinada por mercados llenos de coloridos puestos. Pero aquel día la mayoría de los puestos del mercado central estaban vacíos, probablemente porque sus dueños habían vendido ya su mercancía, aunque quedaban todavía algunos que hacían dé aquél un lugar bullicioso y pintoresco. Sin embargo, aquel día Tiffany no estaba con ánimo de disfrutarlo.

Para animarse un poco Tiffany gastó un poco de dinero en un ramo de flores, y el dueño del puesto le regaló una rosa, haciéndola sonreír.

Una vez en el centro, pasó por pastelerías, llenas de tartas y pasteles tentadores, que le despertaron el apetito. Pero había comido realmente bien el día anterior, por cortesía de los Brodey, así que se contentó con comprar dos bollos de pan y un poco de jamón.

Los comió lentamente, acompañados de una lata de bebida, sentada en un banco frente al río. En la orilla opuesta podía verlas bodegas de los vinos oporto, de las diferentes empresas de vinos. Algunas tenían el nombre en los tejados de las naves. El nombre Brodey destacaba sobre todos.

A1 parecer no podía olvidarse de ellos. Incluso en el río había algunos barcos rabelos atracados. Eran los barcos usados para el transporte de los barriles de vino desde las quintas hasta las bodegas, donde maduraban y se embotellaban. Todos los años había una carrera de barcos desde la barrera del puerto hasta el muelle principal. Debía de ser un espectáculo, pensó ella, y se preguntó si lo vería alguna vez, y qué sería de ella en el futuro, si es que tenía un futuro.

Ahora que había perdido el encargo de la revista no tenía ninguna perspectiva de ganar dinero. No había ningún trabajo a la vista. Claro que siempre le quedaba la oferta que le había hecho Chris, pero sólo se le pasó por la cabeza un solo instante. Tiffany seguía sospechando que él había tenido algo que ver en lo que había pasado, aunque le hubiera jurado que no. Pero ella había aprendido que no debía confiar en los hombres. Aunque debía admitir que se había sentido tentada de creerle. Había parecido muy sincero. Pero él había sido mucho más inteligente que ella, haciéndole esa oferta cuando ella se encontraba en una situación tan desesperada.

Tiffany le dio la espalda al río y decidió no ser tan pesimista. Después de todo, ¿qué había perdido? Sólo el alquiler del vestido. Y había ganado dos estupendas comidas. Y tal vez también pudiera ganarse un artículo en la revista, en el que describiera el palacio o algo de la fiesta. Fue a buscar un teléfono público para llamar al editor de Lisboa e intentar venderle la idea. Pero éste estaba interesado sólo en los Brodey, y rechazó la idea, así que volvió a sentirse desesperanzada.

Esperó hasta estar segura de que el dueño de la pensión hubiera salido, y entonces caminó lentamente hacia ella.

A medianoche, golpearon la puerta violentamente. Las chicas se despertaron sobresaltadas, y el casero apareció en el quicio de la puerta. Señaló rabioso a Tiffany, que estaba en el saco de dormir, agitó las manos y gritó.

Tiffany había estado aprendiendo portugués, pero no tenía fluidez como para seguir el estallido de furia del hombre. Ni falta que le hacía. Era evidente que había sospechado que ella estaba allí y había decidido averiguarlo. Parecía estarle gritando a ella que se levantase y que se marchase en aquel mismo momento. Las tres muchachas portuguesas agregaron sus voces; se produjo una discusión muy acalorada, hasta que de pronto las chicas se callaron. Evidentemente, el hombre las había amenazado, y con un par de frases triunfantes dio un portazo y se marchó.

Se oyeron las voces de otros huéspedes a los que habían despertado, y oyeron al dueño hablar en voz alta con ellos antes de bajar sonoramente las escaleras.

Tiffany comenzó a levantarse y dijo:

‑Recogeré a  mis cosas.

-No, no ‑dijo Isabel enseguida‑. Lo hemos convencido de que te deje hasta mañana por la mañana. Sería muy cruel hacerte marchar esta noche.

‑Hemos intentado que te dejara quedar por el tiempo que te hiciera falta, pero dijo que, si no te marchabas, nos marcharíamos todas ‑agregó otra chica. .

‑Lo he supuesto. Habéis sido muy amables. Pero no debéis arriesgaros a perder este sitio.

‑Pensaremos dónde puedes quedarte ‑le aseguraron las chicas.

Tiffany no durmió el resto de la noche, y cuando llegó la mañana recogió todo en una maleta y bajó con sus amigas. Generalmente, el dueño no estaba despierto a esas horas, pero evidentemente estaba esperando verla marchar. Le volvió a gritar, pero Tiffany simplemente se encogió de hombros y dijo:

‑Náo compreenda ‑se volvió a Isabel y le dijo‑: Dile que lo siento mucho, pero que no tenía ningún otro sitio donde ir, ¿quieres? Y.. y pregúntale cómo supo que estaba aquí.

Su disculpa apenas cambió la actitud del dueño. Y no pareció muy dispuesto a contestar su pregunta. Dijo algo así como que <alguien se lo había dicho», pero no quién, y se enfadó cuando Tiffany le insistió a Isabel para que se lo dijera.

Tiffany y sus amigas fueron hasta la central telefónica pasándose una a la otra la pesada maleta. Después de llamar a gente conocida, las chicas le dijeron que le habían encontrado una habitación en una casa, cerca del muelle principal.

Estaba en la parte antigua de la ciudad, en una zona de calles estrechas. Un lugar que parecía pintoresco desde fuera, pero que no era muy agradable para vivir.

La habitación estaba en el último piso y era muy pequeña. Tenía que compartir la cocina y el baño con las demás personas de la casa. Había muchas habitaciones como la suya, donde incluso vivían familias enteras.

No podía estar más de cinco minutos en el cuarto de baño sin que alguien golpease la puerta; durante el día siempre había alguien cocinando, por lo que el lugar siempre olía a comida, y las sábanas de la cama estaban sucias. Tiffany tenía que lavarlas y secarlas afuera antes de usarlas. La casa entera era muy desagradable, pero se tenía que alegrar de haber encontrado aquella habita­ción, que era lo único que se podía permitir.

Aunque apenas tenía dinero, lo primero que compró fue papel y cuerda para enviar el vestido de terciopelo a Francesca. Después de haberlo enviado, se arregló lo mejor posible, y fue a pedir trabajo a todos los hoteles del centro de Oporto.

Luego, había llamado a todos los que había en las afueras. El idioma no la había ayudado, había gastado todo el dinero que le quedaba, y lo único que había con­seguido a cambio había sido la promesa de una entre­vista al cabo de unos meses en un monasterio que esta­ban transformando en un hotel de lujo.

Al volver supo que había tocado fondo. Pensó en ir al consulado, pero cuando había estado enferma había acudido a él para solicitar ayuda, y le habían hecho tantas preguntas y le habían pedida tantos certificados y justificantes que la habían hecho sentir una mendiga y casi una delincuente, y el proceso había sido tan lento, que se había recuperado de su enfermedad antes de que el asunto se hubiera resuelto.

La zona de la pensión era muy ruidosa, y además en la casa jamás había silencio. Siempre había algún bebé llorando.

No sabía qué hacer. No sabía a qué otro sitio ir a buscar trabajo. En realidad no había nadie más a quien pudiera pedir ayuda. Isabel y las chicas la habían invita­do a comer, pero ella no había aceptado. No podía se­guir pidiéndoles ayuda.

Pensó en Sam. Pero no tenía derecho a pedirle ayuda.

 

 

 

Sólo le quedaba una alternativa. Pero no quería aceptarla.

Caminó por toda la ciudad preguntando en todas las tiendas, fue a las distintas bodegas, a excepción de la de Brodey, pero no consiguió nada.

Se sentó en una plaza al lado del río. Revolvió su bolso para ver cuánto dinero le quedaba. Pagaba día a día la pensión, y sólo le quedaba para una noche.

Se quedó absorta, mirando el dinero. Sólo un mila­gro podía salvarla. Pero no había milagros.

Un hombre de mediana edad se acercó a ella y le ha­bló. No comprendió lo que le decía, pero sólo había que mirarle los ojos de lascivia para adivinar de qué se trataba.

Tiffany se puso en pie, dijo que no con la cabeza y se marchó.

Después se dirigió a un teléfono público y llamó.

El teléfono sonó y sonó. De pronto, recordó que aquel día habría una fiesta para otros productores de vino en el palacio. Probablemente, ya habría comenza­do.

Aquella idea se confirmó cuando preguntó por Chris y el mayordomo le dijo que no estaba.

‑Lo siento, el señor Brodey no puede ponerse.

‑¡Es muy importante! Si no lo llama, el señor se en­fadará ‑le dijo Tiffany amablemente.

‑¿Diga? Christopher Brodey al aparato... ‑había tar­dado algunos minutos en ir al teléfono.

Tiffany se quedó muda unos segundos. Luego habló.

‑Lo he pensado ....

‑¿Y?

‑Necesito hablar de algunas condiciones.

‑¿Dónde y cuándo?

‑En la pequeña plaza de Ribeira, la que tiene una escultura moderna de un cubo. ¿La conoces?

‑Sí. ¿Cuándo?

‑Ahora.

‑Ahora no me viene bien.

‑Haz que te venga bien ‑le dijo Tiffany, y colgó el receptor.

Volvió a la plaza y se sentó a esperar en uno de los cafés. Pidió uno con las últimas monedas que le quedaban.

Si Chris la deseaba mucho, iría, pero si no...

Esperaría a Chris media hora. Tardaría unos veinte minutos en coche desde el palacio.

Llevaba esperando cerca de una hora cuando apareció, en el momento justo en que ella había decidido marcharse.

Chris se acercó a su mesa y se sentó.

Le costó alzar la mirada frente a él. No le importaba que la viera con aquellas ojeras, pero seguramente vería en los ojos de él la mirada del triunfo. Y no le gustaba la idea.

‑Hola, Tiffany.

Ella asintió pero no habló.

‑¿Cuáles son las condiciones?

‑Quiero un ropero completo.

‑Por supuesto.

‑Ropa buena.

‑Naturalmente.

‑Y quiero mil libras cuando... te canses de mí.

‑De acuerdo ‑le dijo él, con un brillo extraño en la mirada, tal vez de asombro.

Pero Tiffany sabía que no seda tan amable con la siguiente condición.

‑Y quiero ir mañana al baile del bicentenario.

‑¿Por qué? ¿Todavía piensas que puedes conseguir algo con Calum?

‑¡No! Realmente no sé por qué. Supongo que para levantar mi autoestima... ‑ella lo miró y se rió irónicamente‑. No, para eso, no. Simplemente siento que tengo que ir.

‑¿Para hacer una escena? ¿Para arruinar la fiesta?

‑No. Te prometo que no haré eso. No temas.

‑De acuerdo. Te llevaré. ¿Algo más?

‑No, sólo eso.

‑¿Y qué obtendré yo a cambio? ‑dijo él, mirándola intensamente.

Ella lo miró y tragó saliva:

‑Haré lo... Lo que quieras ‑desvió la mirada al ver la mirada de concupiscencia que había despertado en él.

Chris se puso en pie.

‑¿Dónde estás viviendo? Vamos a buscar tus cosas.

‑No me hacen falta ‑eran cosas viejas que no valían nada‑. Has prometido comprarme ropa nueva.

‑¿Y tus cosas personales?

‑Todo lo que tengo de valor lo tengo en este bolso.

‑Pero ninguna mujer podría... ‑Chris no podía creerlo.

‑¿Por qué crees que te he telefoneado? ‑lo interrumpió Tiffany.

‑Yo era tu última salvación, ¿no es verdad?

‑Sí ‑dijo ella, tal vez con la idea de que él cambiase de opinión.

De pronto, él sonrió pícaramente.

‑Bueno, supongo que es mejor saber desde el principio cómo son las cosas. Vamos. Mi coche está en el aparcamiento al lado del río

Tiffany había creído que él tendría un coche deportivo caro y veloz, pero su coche era bastante corriente.

Ella se echó hacia atrás en el asiento mientras él sacaba.el coche del aparcamiento.

‑¿No quieres saber adónde vamos? ‑le preguntó él a los pocos minutos.

‑A un hotel, supongo.

‑No. Tengo otro sitio donde puedes quedarte. Un apartamento. Por eso he tardado tanto en llegar. Tenía que recoger las llaves.

Tiffany se quedó en silencio, pensando que Chris había estado muy seguro de ella. Y de él. Porque sin sa­ber qué condiciones le iba a exigir, había arreglado las cosas para que ella tuviera un lugar donde quedarse aquella noche. Debía de desearla mucho...

‑Me temo que tendré que dejarte allí. Yo tengo que volver a la casa.

Ella no lo miró, pero sabía que él le iba a decir que iría al apartamento después de la fiesta. Para probar lo que había comprado.:.

No volvieron a hablar hasta llegar al bloque de apar­tamentos. Era uno moderno, en una zona lujosa de la ciudad, cerca de las playas. Chris la acompañó arriba y abrió la puerta. Encendió las luces, y luego esperó mientras ella miraba las habitaciones.

Era un lugar bonito, todo alfombrado y con cómo­das sillas. Había una cocina que parecía nueva, un cuar­to de baño coqueto y un dormitorio con una cama gran­de y montones de espejos.

‑¿Es aquí adonde traes a todas las mujeres?

‑¿Tienes algún problema con eso?

Ella lo miró. Luego, se dio cuenta de que no tenía derecho a decirle nada, y desvió la mirada.

Chris sacó la cartera y le dio varios billetes.

‑No hay comida aquí. Toma un taxi y vete a comer fuera. Mañana por la mañana, abriré una cuenta a tu nombre en algunas tiendas. ¿Sabes a cuáles quieres ir?

Tiffany le dio varios nombres de las tiendas más ca­ras, y agregó un salón de belleza a la lista.

Chris apuntó sin decir nada.

‑De acuerdo. Tengo que marcharme. ¿Necesitas algo más por el momento?

‑No. ¿Y luego?

Chris la miró un instante, luego se acercó y le puso la mano en el cuello. Deslizó un dedo por su tersa piel hasta el contorno de su cara, y le dijo mirándola intensamente.

‑Hay una sola cosa que quiero de ti esta noche ‑se quedó esperando que ella dijera algo.

Los dos sabían a qué habían ido allí.

Ella no dijo nada.

Pero él la volvió a sorprender diciéndole:

‑Tu pasaporte.

‑¿Mi qué?

‑Quiero tu pasaporte.

Ella no comprendía. Luego, advirtió de qué se trata­ba. Él no quería que ella se quedara con su dinero y se marchase a Inglaterra o algo así.

Evidentemente, no confiaba en ella. Y no era para menos. Ella había aparecido en su vida mintiendo. ¿Por qué no iba a desaparecer del mismo modo?

‑Por supuesto ‑contestó ella, y lo extrajo de su bol­so.

Chris lo miró, pero no hizo ningún comentario. Sólo se lo metió en el bolsillo de su chaqueta, fue hacia el te­léfono, tomó nota del número y dijo:

‑Te llamaré mañana y te diré cuándo puedes ir a las tiendas. Toma una buena comida y duerme bien. Bue­nas noches, Tiffany.

‑Buenas noches ‑le contestó ella.

Tiffany se quedó confusa. Pensaba que por lo menos le daría un beso, pero Chris sólo había sonreído, había dejado las llaves encima de la mesa del vestíbulo y se había marchado.

Tiffany miró el reloj. En una hora y media desde que lo había llamado, el curso de su vida había cambia­do completamente.

Tiffany cerró la puerta con llave. Y se marchó al cuarto de baño a ducharse.

Había echado de menos una ducha en los últimos días. Era lo que más había añorado, más que la comida.

Cuando terminó de secarse el pelo, contó el dinero que le había dado Chris. Tenía dinero suficiente para marcharse a Lisboa, si quería, donde tendría más posibilidades de trabajo seguramente. Pero no lo haría. Porque Chris no confiaba en ella. A decir verdad, ella tampoco creía en él, y le demostraría que era mejor que él.

Así que llamó a un taxi. Se fue a un buen restaurante y luego llamó a otro taxi para ir a unas tiendas que estaban abiertas toda la noche para comprar maquillaje, pasta de dientes y un camisón muy sencillo.

Luego volvió y se quedó dormida hasta la mañana siguiente, en que sonó el teléfono.

Se levantó de mala gana, pero enseguida volvió en sí, y se dio cuenta de dónde estaba.

‑¿Sí?

‑Buenos días ‑la voz de Chris tenía un toque de picardía‑. Parece que has dormido bien.

‑Como un tronco.

‑He abierto las cuentas para ti. Puedes ir cuando quieras.

‑¿Y el baile de esta noche?

‑¿Qué?

‑¿Me has conseguido una invitación?

‑No necesitas invitación. Yo puedo llevar a quien quiera. Pero si lo que quieres decir es si les he dicho a Calum y a Francesca que venías tú, entonces la respuesta es no.

‑Ya comprendo.

‑No. No comprendes... Y yo tampoco ‑dijo Chris‑. Te pasaré a recoger a las ocho y media.

Tiffany se pasó todo el día de compras y en el salón de belleza. Estuvo en una sauna, en un salón de masajes, en la manicura, en la pedicura, en la peluquería... Le costó mucho dinero, pero, ¿qué le importaba? Ella era una querida, así que Chris tendría que hacerse cargo de ella. Al fin y al cabo, pensó con ironía, todo era a beneficio suyo.

Se compró un hermoso vestido para llevar aquella noche:

Tenía un aspecto sofisticado. Los zapatos de tacón la hacían más alta.

Cuando le abrió la puerta a Chris aquella tarde éste abrió los ojos asombrado.

‑Estás...

Tiffany sabía que aquella noche sería difícil con Chris. A1 fin y al cabo, era la primera vez que se comportaba de aquel modo con un hombre, que sería la amante de un hombre.

Decidió ser agradable pero distante.

‑¿No vas a terminar? ‑le preguntó ella.

‑No. No creo.

‑¿Cómo tengo que tomar eso?

‑Tal vez te lo diga otro día ‑le extendió la mano y dijo‑: Ven, Cenicienta, vayamos al baile.

 

Capítulo 4

 

N0 TARDARON en llegar al hotel donde se cele­braba el baile. Había una larga fila de coches es­perando para aparcar o dejar a los pasajeros, pero Chris metió el coche en un lugar reservado para él.

Caminaron juntos hacia el hotel, y Chris llevó a Tif­fany del codo mientras subían las escaleras. Pero fue un gesto de cortesía simplemente, porque enseguida quitó la mano. Había varios invitados yendo hacia el salón de baile, la mayoría de los cuales conocían a Chris. Los sa­ludó y siguió caminando, pero una pareja lo paró para felicitarlo por la semana de maravillosas fiestas. Chris se detuvo y les agradeció sus palabras. Tiffany caminó unos pasos sola.

Veía desde allí el salón de baile donde el abuelo de Chris saludaba a los invitados. Al lado de él estaba su hija, la madre de Francesca, y muy cerca Calum le esta­ba dando la mano a unos invitados que acababan de lle­gar. Más allá de ellos, los invites charlaban unos con otros, apagando con sus voces la música de fondo que tocaba la banda. No había nadie bailando todavía. Los invitados estaban ocupados saludando a sus amigos, sir­viéndose copas y situándose en las mesas.

Después de que el último grupo de invitados se hu­biera alejado de Calum, éste miró en dirección a la puerta, y allí vio a Tiffany.

Se quedó inmóvil un momento, luego caminó hacia Tiffariy, la tomó del brazo y la llevó a un lado de la sala.

‑¡Cómo te atreves a venir aquí! ¿Realmente crees que puedes volver a intentarlo? ‑le dijo furioso. La su­jetó más fuertemente y añadió‑: Te voy a sacar de aquí, y me aseguraré de que no vuelvas.

Se dio la vuelta hacia la entrada, pero en ese mo­mento los vio Chris y se acercó rápidamente.

‑Déjala, Calum ‑le dijo.

‑¿Qué? ¿No sabes que...?

‑Tiffany está conmigo ‑dijo Chris firmemente.

‑¿Contigo? ‑repitió su primo, incrédulo.

‑Sí.

Calum se quedó sorprendido. Bajó la voz y le pre­guntó:

‑¿Estás loco? No sabes en lo que te estás metiendo. ¡Y no puedes traerla aquí!

‑Bueno, la he traído aquí, y lo que yo haga es asun­to mío, no tuyo, primo. Así que quita tu maldita mano de su brazo.

Los dos hombres se miraron un segundo. Calum se puso erguido y dijo:

‑Te arrepentirás, Chris. Ella no traerá más que pro­blemas.

‑Te están esperando los invitados para que les des la mano ‑señaló Chris, contrariado.

Calum lo miró y luego se marchó nuevamente al sa­lón de baile.

Tiffany echó el aire contenido y alzó la vista hacia Chris. Éste tenía una mirada poco alentadora.

‑¿Era esto lo que querías? ¿Que nos peleásemos por ti?

‑No ‑negó con la cabeza y lo miró con tristeza‑. La familia es algo valioso. No me gustaría que riñeses con nadie a quien quieres ‑alzó la barbilla y dijo‑: Vamos, ¿quieres?

Chris la miró confundido, como sin comprender. Aunque Tiffany tampoco se comprendía a sí misma.

Entraron al salón de baile juntos y fueron recibidos por el abuelo de Chris, que la saludó con una sonrisa y le dijo que era agradable volver a verla. La madre de Francesca también fue encantadora con ella, pero Calum la miró con desprecio y no le dio la mano. Francesca, que estaba cerca, la vio y abrió los ojos sorprendida. Tiffany puso la mano en el brazo de Chris y le sonrió levemente al pasar por su lado. Pero luego sintió rabia hacia Francesca, un profundo resentimiento que le hizo desear herirla y humillarla tanto como la habían humillado a ella. Más tarde pensó que no valía la pena dejarse llevar por aquellas emociones negativas.

‑¿Por qué brindamos? ‑le preguntó a Chris.

‑Dímelo tú ‑contestó.

‑Brindemos por... beber ‑dijo ella caprichosamente‑. Por el champán que quita las penas. Por la ginebra, que nos da vueltas en la cabeza. Por el whisky que nos marea ‑serió‑. Y, lo más importante de todo, por el vino oporto, que ha hecho rica a tu familia ‑chocó su copa contra la de Chris. La llevó a sus labios y bebió. Luego le quitó la copa a Chris, y la colocó junto con la suya en una mesa‑. Ven, quiero bailar hasta que no pueda más ‑le dijo, llevándolo a la pista de baile.

Desde aquel monto, Tiffany tuvo una actitud muy vivaz y brillante, para que iodos los que la vieran pensaran que era muy feliz, y que se lo estaba pasando muy bien.

Bailó en brazos de Chris, bebió más champán, habló y rió animadamente. Sólo al ver a Sam Gallagher la abandonó el entusiasmo. Estaba sola en aquel momento, porque Chris había ido al servicio. Sam pasó por su lado, se detuvo y fue hacia ella.

‑¿Qué estás haciendo aquí? ‑le preguntó.

‑Yo te podría preguntar lo mismo ‑contestó ella‑.

‑Me enviaron una invitación. ¿Y tú? No creo que te hayan enviado una invitación después de lo que ha pasado.

Tiffany sonrió levemente.

‑No, no me han mandado una invitación. Yo... Me... he ganado la entrada.

‑¿Ganado? ‑la miró frunciendo el ceño.

‑Puedes imaginártelo... Creí que habías tenido una discusión con Francesca...

‑Le he dicho lo que pensaba de ella ‑comentó Sam, mirando hacia donde estaba Francesca con el conde‑. Esa chica necesita alguien que la. enderece.

‑¿Un hombre? No creo que Michel sea quien pueda hacerlo. Francesca lo tiene en sus manos.

‑Puede ser ‑se quedó pensativo un momento. Luego la miró cuando la banda comenzó a tocar otra pieza‑. ¿Quieres bailar?

Tiffany se encogió de hombros y aceptó.

‑De acuerdo ‑ni siquiera pensó en la reacción de Chris si la encontraba con otro hombre.

Era una pieza lenta y Tiffany apoyó su mano en el hombro de Sam. Por un instante, dejó de actuar y se dejó llevar relajadamente, sin pensar en nada.

‑No me has contado cómo has entrado ‑le dijo Sam. Miró su vestido y agregó‑. Y con una ropa que debe de costar miles de dólares, además.

Tiffany pensó contarle toda la historia y pedirle ayuda para volver a Inglaterra y conseguir un sitio donde vivir. Tal vez Sani estuviera dispuesto a ayudarla. Pero luego recordó que Chris se había quedado con su pasaporte. Además, no tenía derecho a pedirle semejante favor. No le había causado más que problemas a Sam. Era una suerte que no le hubiera negado el saludo, incluso.

‑¡Oh! Convencí a alguien para que me trajera.

Miró y descubrió que Chris estaba de vuelta y la estaba buscando. Francesca dejó solo al conde, fue hacia él, y le habló acaloradamente mirando hacia donde estaban Sam y ella. El rostro de Chris se tensó al verlos. Tomó a Francesca del brazo y la llevó hacia la pista de baile y disimuladamente en dirección a ellos.

Al ver a Francesca, Tiffany volvió a su estado anterior de alegría fingida, riendo y sonriendo a Sam.

Chris se acercó a ellos, puso una mano en el hombro de Sam y le dijo:

‑Cambio de pareja.

Francesca abrió la boca para protestar, pero Chris la había abandonado y había sujetado a Tiffany.

Se quedó en silencio un momento, y luego la miró enfadado y le dijo:

‑¿Estabas viendo si conseguías una oferta mejor?

Tiffany tuvo el impulso de apartarse de él, pero Chris la tenía sujeta firmemente y no la dejó mover.

‑¿Sabes una cosa? Calum y tú os parecéis mucho.

‑Me da la impresión de que no es un cumplido.

‑Tienes razón. No lo es.

‑Sí, supongo que hay cosas en las que nos parecemos. Por ejemplo, los dos defendemos lo que es nuestro.

‑¿Qué quieres decir?

‑Quiero decir que tú yo hicimos un trato, y me voy a asegurar de que lo cumplas ‑la apretó contra sí para que sintiera la fuerza de su cuerpo, puso una mano en su cuello y agregó‑: Así que no, pienses en escaparte. Adonde vayas, te encontraré y traeré de nuevo. Eres mía, Tiffany. Y seguirás siéndolo ‑hizo una pausa‑. Hasta que, como hemos acordado, me canse de ti y te deje marchar.

    Ella lo miró, y tomó conciencia de su fuerza, ame­drentada por su decisión. Era la primera vez que sentía     realmente que se había vendido, y que estaba  a merced de aquel hombre, como si fuera una esclava.

‑¿Tú... irías detrás de mí? ‑dijo ella con voz insegura.

‑Puedes estar segura. Como Calum, yo me aseguro de mantener mis posesiones.

Tiffany no pudo decir nada, giró el rostro y miró hacia el salón. Entonces se dio cuenta de que ella no tenía nada que ver con toda aquella gente rica y egoísta, y de que había querido que Chris la invitase para demostrarse que ella era mejor que los Brodey, que ella tenía el mismo derecho a estar allí como los demás invitados.

Pero había descubierto lo contrario. El orgullo la había abandonado y se sentía desolada. Volvió a sentir odio hacia aquella familia rica, pero aquella vez, en lugar de ahuyentar aquel sentimiento, lo alimentó, y sonrió fríamente a Chris:

‑¿Cuánto tardas en cansarte de tus mujeres? ‑preguntó cínicamente‑. Aproximadamente. No hace falta que me lo digas con exactitud.

‑¿Qué clase de pregunta es ésa?

‑Estoy intentando saber cuánto tiempo voy a ser «tu posesión».

La música paró, y Chris se detuvo.

‑Bueno, puede llevar cierto tiempo. Después de todo, me has prometido hacer todo lo que yo quiera.

Tiffany lo miró con temor.

Chris la miró con deseo. Le puso una mano en el brazo y le dijo:

‑Salgamos. de aquí.

 

Fueron al apartamento y tuvieron relaciones sexuales. De ninguna manera podía decirse que habían hecho el amor.

Chris la había sacado del baile sin despedirse de nadie. Había conducido en silencio hasta el apartamento y había subido con ella en el ascensor sin decir una sola palabra. Encendió un par de lámparas, cerró las cortinas, y luego por fin dijo:

‑Y ahora, muéstrame lo que compré.

Tiffany lo miró y se dio cuenta de lo que quería él. Se puso nerviosa. Su corazón palpitaba sin cesar. Miró a Chris como pidiéndole compasión, pero él la estaba mirando intensamente, con deseo. Era imposible que aceptase un «no».

Tiffany pensó entonces en el sitio en el que había vivido y, a propósito, trató de olvidarse de Chris y de lo que la rodeaba para poder quitarse la ropa.

Chris la miró desvestirse. Ella se quitó las prendas una a una, y las tiró al suelo. Luego se inclinó para quitarse las medias. Cuando se incorporó, vio los ojos hambrientos de Chris.

Se quedó quieta, y entonces él dijo impacientemente:

‑Sigue.

Ella negó con la cabeza y exclamó:

‑¡No! ¡Maldito seas! ¡No lo haré!

Él la miró y le dijo:

‑«Haré lo que tú quieras».

Aquella mirada venció el desafío de Tiffany, y ella dejó caer sus prendas íntimas.

Entonces, él se acercó y la tocó. Tiffany cerró los ojos, intentando separar completamente su cuerpo de su mente.

Al principio, los dedos de Chris parecieron inseguros, la tocaron suavemente, pero cada vez que la tocaba ella sentía una leve oleada de calor en su piel. Luego, la exploró más profundamente. A ella le resultaba difícil permanecer pasiva ante aquello.

Chris deliberadamente movió su pierna para que ella sintiera su piel desnuda. Chris se inclinó y le besó los pechos. Ella suspiró involuntariamente, pero luego se refrenó, y se mantuvo rígida frente a él, con los ojos cerrados.

Entonces, él empezó a acariciarla con manos temblorosas de deseo. Ella tuvo que reprimir la respuesta de su propio cuerpo a aquellas caricias. La respiración de Chris era entrecortada.

De pronto, la llevó en brazos a la c~y se puso encima de ella.

Ella abrió los ojos y lo vio. Estaba excitado; era evidente. Entonces alzó una mano para acariciarla. Tiffany apartó la cara y le dijo con los ojos encendidos de rabia:

‑Te odio.

Él se quedó quieto un momento. Luego se rió cínicamente y dijo:

‑Bueno, esto es nuevo. Pero veamos si odias esto.

Ella no odiaba aquello, y se sentía avergonzada por ello. Intentaba estar ausente, decirse que odiaba a Chris y a su familia, pero su cuerpo la traicionaba, y de pronto, se vio moviéndose para aceptarlo. Subió las manos hacia los hombros de él, y abrió la boca para gemir con placer.

Luego, cuando Chris había alcanzado el clímax, y finalmente se había derrumbado encima de ella, había puesto un brazo rodeándola posesivamente y se había inclinado a besarla. Pero ella se sentía avergonzada por su falta de fuerza de voluntad y tenía ganas de llorar. Lo apartó, y se dirigió al cuarta de baño. Cerró la puerta con llave. Se quedó apoyada en la puerta, temblando, apretando las manos contra la boca para reprimir el llanto. Pero eran sollozos de rabia contra sí misma, más que de desesperación.

¿Por que no había podido controlar su cuerpo? ¿Por qué?

Porque había estado bien, ésa era la respuesta. La razón era sencilla. La fama de Chris con las mujeres no era gratuita. Sabía cómo complacer a una mujer y hacerla gozar. Sabía cómo hacer el amor, o más bien, cómo hacer el sexo magistralmente. El amor no tenía nada que ver con aquel acto que habían representado.

Un acto, se dijo. Se quedó con aquella palabra en la cabeza.

Tiffany se metió en la ducha y abrió el grifo. Tal vez le sirviera pensar que ella era una actriz simplemente, que no tenía nada que ver con todo aquello en la realidad. Pero se despreciaba por haber encontrado placer en ello, cuando Chris sólo la había usado para su satisfacción.

Entonces pensó que le gustaría demostrarle a Chris que ella también lo usaba, que supiera qué se sentía. Pero aquello era una fantasía simplemente, nacida de la culpa y la vergüenza, que quería olvidar.

La idea de estar representando un papel la ayudaría.

Se secó y salió del cuarto de baño. Chris se había dormido. Ella encontró un camisón de seda y se lo puso. Luego, se dirigió a la cama, pero dudó.

Se quedó mirándolo. No lo había mirado detenidamente antes. Era el menos típico de los Brodey. Se parecía a los varones de la familia, pero mientras que los otros eran rubios, él tenía el pelo castaño, probablemente debido al origen medio portugués de su madre, y sus facciones angulosas y su mandíbula marcada parecían guardar algo de sus antiguos ancestros latinos. Pero la forma de la boca, las pestañas largas, su cuerpo alto y musculoso eran de su padre, de los Brodey.

Chris abrió los ojos y la miró de arriba abajo. Ella no dijo nada. Él se sentó y contó:

‑Te ha gustado, ¿verdad?

No tenía sentido negarlo.

-¿Y?

El extendió la mano y dijo:

‑Entonces, ven a la cama.

Tiffany dudó. Él le tomó la mano y tiró de ella.

La hizo suya dos veces más aquella noche, y otra vez por la mañana. Y aunque siempre era igual, de alguna manera era diferente. Tal vez había sido una cuestión de ritmo. La. primera vez Chris se había dejado llevar por un deseo desesperado que lo había cegado. La segunda y tercera vez había sido más calmado. Por la mañana, la había despertado besando sus pechos, y también había despertado su propio deseo sexual. Le había puesto la mano en la cadera y la había deslizado por la pierna, dándole igual que estuviera despierta o no. Pero había sido imposible seguir dormida al sentir que sus pezones se endurecían bajo los labios de Chris.

Entonces, Chris se inclinó para besarla, pero Tiffany giró la cabeza. Inmediatamente, él la obligó a mirarlo moviendo su cabeza con un dedo en la barbilla. Ella lo miró desafiante, y él volvió a bajar la cabeza. Rozó sus labios suavemente, luego la miró burlonamente, como queriendo demostrarle que hubiera podido besarla más profundamente si hubiera querido. Pero no la forzó a ello. Ella no comprendió por qué.

Chris le puso una mano debajo de la cintura y la arqueó apretándola contra sí, acomodando su cuerpo femenino a aquella masculinidad abrumadora, luego la tomó, con suaves y lentas caricias que volvieron a excitarla hasta llegar a la cima del placer.

Se ducharon los dos. Chris se envolvió en una toalla y fue a la cocina a ver si había algo de comer.

‑¡Eh! ¿No has comprado comida? ‑gritó.

‑No ‑ella se dio cuenta de que él tenía marcas rojas en los hombros, donde ella había hundido sus dedos.

‑¿Por qué?

‑No tuve tiempo ayer. Y de todos modos...

Chris se incorporó.

‑¿Sí?

Era difícil decirle con palabras lo que sentía.

‑Realmente no me di cuenta.

‑Será mejor que vayamos a desayunar algo.

‑No tengo hambre ‑ella no quería salir. Estaba mental y físicamente agotada de la noche anterior.

‑¿No? Yo estoy muerto de hambre. Necesito salir y comer.

‑¿Con la ropa que llevabas puesta anoche?

Ella lo miró sintiéndose avergonzad.

‑Te odio ‑le dijo.

Chris se rió.

‑No, no me odias. Simplemente odias cómo te hago sentir. Estabas preparada a fingir que eras una mártir, pero no has podido, y eso es lo que te da rabia.

‑Te equivocas completamente. Te odio a ti y a tu fa­milia.

Chris no le hizo caso, miró el reloj y dijo:

‑Y hablando de familia, supongo que será mejor que vuelva a casa. Tenemos un último almuerzo.

‑¿No vas a llevarme contigo? ‑preguntó Tiffany provocativamente.

‑Esta vez, no. Es sólo para la familia ‑Chris se puso en pie.

‑Entonces, no vayas. Quédate conmigo ‑ella se le­vantó y se acercó a él. Luego, apoyó su hombro en su pecho, en un gesto de intimidad.

Ella sabía que no conseguiría nada, ahora que él ya la había hecho suya.

Los ojos de Chris parecieron sonreír, puso una mano en el hombro de ella y negó con la cabeza:

‑Mis padres se van a Lisboa después de almorzar, y debo ir a despedirme de ellos.

Caminaron hasta el coche, él siguió con su mano en el hombro de ella.

‑Te dejaré en la ciudad. Compra comida,‑la sufi­ciente como para tres días. ¿Sabes cocinar?

‑No ‑mintió Tiffany.

Chris sonrió.

‑Estaba seguro de que no sabías cocinar. Compra sólo cosas para el desayuno, entonces, y saldremos a cenar fuera.

‑¿Y dentro de tres días?

‑¡Oh, sí! Compra una maleta. Nos mudaremos.

‑¿Adónde?

‑A Nueva York primero, y luego por ahí.

-¿Por ahí, dónde?

‑Adonde tenga que ir por negocios.

La noticia no la tranquilizaba mucho, pero la idea de irse de Portugal le gustaba. No le había pasado nada bueno allí. Excepto conocer a Isabel y a las demás chi­cas; su amistad y amabilidad. Pensando en ellas dijo:

‑Necesitaré más dinero.

Él sacó su cartera y se la dio.

‑Toma lo que necesites de aquí.

Su gesto la sorprendió. No esperaba que él fuera tan generoso. Pero tal vez él estuviera seguro de ella en aquel momento. Seguramente, estaba convencido de que no iba a intentar marcharse, por el dinero, o porque había disfrutado del sexo con él.

Ella intentó ahuyentar aquel último pensamiento, y sacó varios billetes de la cartera. Tenía otras cosas en ella, como tarjetas de crédito y de visita. Pero no tenía ninguna foto. Le devolvió la cartera y metió el dinero en su bolso.

Cuándo la dejó en la Plaza de la República, lo pri­mero que hizo fue telefonear a las chicas e invitarlas a almorzar.

‑Yo pago, y espero que tengáis hambre.

Se abrazaron al encontrarse y fueron a almorzar a uno de los mejores restaurantes de Oporto.

La muchachas tuvieron tacto y no le preguntaron ce dónde había sacado el dinero para el almuerzo o para la ropa que llevaba puesta. Pero seguramente lo habían adivinado. Luego, les regaló una caja con lencería de lujo que había cargado a la cuenta de Chris. Cuando lle­gó el momento de partir, Isabel la miró preocupada.

‑¿Estás contenta con lo que estás haciendo? ‑le preguntó.

‑Sí, por supuesto ‑mintió Tiffany.

‑Ese hombre... ‑dijo Isabel dudando‑. ¿Es él el que vino a buscarte a la pensión  después de que te fueras? ¿Te encontró?

‑¿Que vino a buscarme? ‑Tiffany frunció el ceño‑. Pero si nadie sabía que yo vivía allí... ¿Has visto a ese hombre? ¿Cómo era?

‑No. Yo estaba en el trabajo. Pero la señora Mota, que vive en el primer piso, vio al hombre y lo oyó ha­blar con el dueño, y ella nos lo contó. Dijo que no era portugués, aunque hablaba perfectamente nuestra len­gua. Que era alto y que parecía inglés o americano. Dijo que llevaba ropa buena. ¿Eso te da alguna pista? ¿Es él?

‑Sí ‑dijo Tiffany, pensativa‑. Parece que ha sido él.

La señora Mota dijo que él era muy apuesto ‑dijo Isa­bel con curiosidad‑. Quizás estés enamorada de él, ¿no?

‑No ‑dijo Tiffany rotundamente. Luego puso una mano en el brazo de Isabel para tranquilizarla, pero vio que la chica había puesto cara de desilusión. Entonces agregó‑: Pero tiene razón la señora, es muy apuesto.

‑Entonces tal vez te enamores pronto ‑sonrió Isabel.

Isabel tenía que volver al trabajo. Tiffany la vio ale­jarse con pena. Seguramente no volverían a encontrarse.

Era evidente que Chris había averiguado dónde vi­vía y que había ido a decírselo al dueño. También debía de haber sabido que no iba a encontrar trabajo. Lo úni­co que le quedó por hacer entonces fue esperar a que ella, desesperada, fuera a pedirle ayuda

Ahora comprendía por qué le había llevado tan poco tiempo conseguir aquel apartamento para ella. Debía de haberlo arreglado todo de antemano.

Volvió a pensar en alejarse de él. No podría mar­charse de Portugal, porque él tenía su pasaporte, pero podría irse a Lisboa.

Caminó hacia la estación llena de rabia. Pero en el momento en que estaba entrando en el edificio, se detu­vo abruptamente al pensar que Chris le había dicho que iría detrás de ella.

Y era cierto que podía hacerlo. Tenía el poder sufi­ciente para hacerlo.

Al pensar en ello, volvió sobre sus pasos. Pero su corazón lo odió más al pensar en la trampa que le había tendido.

Compró comida, como le había dicho él, y luego tomó un taxi hasta el apartamento.

Debía de haber estado una empleada doméstica, por­que la cama estaba hecha, y había toallas limpias en el baño.

Estaba cansada. Se quitó el vestido y los zapatos y se echó a descansar, sin taparse, puesto que el sol entra­ba por la ventana y le daba calor. La comida y el vino del mediodía le dieron sueño, y se quedó dormida, de tal modo que no oyó el ruido de la puerta cuando fue Chris, una hora más tarde.

Fue la sombra de su cuerpo, que le quitó el calor, lo que le advirtió de su presencia. Estaba de pie al lado de ella, observándola mientras dormía.

Ella se despertó y se fue a sentar, pero enseguida él se echó a su lado y la hizo volver a su posición.

‑No. Quédate donde estás.

‑No quiero ‑ella levantó la mano para pegarle, pero él le sujetó las muñecas.

Chris se rió suavemente, y le desabrochó el sujeta­dor. Luego empezó a acariciarla con su mano libre y la boca. Sus labios calientes la incendiaron por dentro, y su cuerpo volvió a traicionarla.

‑¿No quieres? ‑le preguntó él‑. ¿Realmente quieres que pare?

‑Sí.

La mano de Chris se quedó inmóvil inmediatamen­te. Él se echó hacia atrás y la soltó.

Ella se quedó mirándolo un momento, pero luego suspiró y dijo:

‑¡No! ‑ extendió la mano y tiró de él hacia ella.

 

Capítulo 5

 

TIFFANY se olvidó de comprar la maleta. Al día siguiente cuando se despertó, Chris ya se había marchado. Pero había dejado una nota diciendo que volvería aquella noche para llevarla a cenar. Así que todo lo que tenía que‑hacer durante las diez horas que tenía por delante era comprar una maleta. Se le ocurrió que las queridas no harían otra cosa que esperar a sus amantes, arreglarse para ellos, estar guapas y disponibles cuando los hombres tuvieran tiempo para ellas. Seguramente habría mujeres que lo harían y serían felices de aquel modo, pero ella no.

Se vistió rápidamente, tratando de olvidar las horas pasadas en la cama con Chris, puesto que su cuerpo no sólo se estaba acostumbrando al de él y al placer que recibía, sino que además parecía desear más. Al parecer terminaría necesitándolo tanto como parecía necesitarla él. Hasta que Chris se cansara y se deshiciera de ella.

Salió del piso y fue hacia el centro en tranvía. Luego, pasó caminando por la pensión donde había vivido con sus amigas, para recordarse quién era.

Después de un rato volvió al centro a comprar un juego de maletas. Compró el más caro que encontró. Pidió que se lo enviaran al apartamento, y luego decidió ir a almorzar. Cuando estaba cruzando la calle, casi se chocó con Sam Gallagher, que iba en sentido contrario.

‑¡Tiffany! Hola... ‑dijo él, sorprendido.

-Hola, Sam. ¿Cómo estás?

‑Muy bien. ¿Y tú?

El semáforo cambió, los coches empezaron a moverse, y por un momento se quedaron confusos, en medio de la calle. Pero luego Sam se dio prisa en subir a la acera con ella.

‑Casi me mata un coche por hablar contigo ‑dijo ella riendo.

‑Tienes muy buen aspecto ‑dijo Sam sonriendo.

‑¿Sí? ‑preguntó ella sorprendida, hasta que sé dio cuenta de que llevaba ropa muy cara.

‑¡Oh, te refieres a la ropa! Gracias.

‑No, no me he referido a eso. Estás... ‑hizo una pausa y se rió de medio lado‑. Tal vez sea mejor que no lo diga. ¿Vas a algún sitio en especial?

‑Estaba buscando un bar para almorzar.

‑¿Qué parece si almorzamos juntos?

‑Gracias, me encantaría.

Empezaron a caminar por la calle, y Sam dijo:

‑¿Seguro que no vas a encontrarte con Chris?

‑¿Y qué importa?

‑Me parece que es celoso. No me apetece que me den un puñetazo.

Tiffany sonrió mirando sus hombros anchos.

‑Me parece que puedes cuidarte solo.

Él la acompañó con paso seguro, como quien sabe adónde se dirige. Se detuvo en una churrasquería, especializada en pollo preparado a la portuguesa. Sam habló con el camarero principal y éste los llevó a una mesa al lado de la pared, donde había un espejo que parecía agrandar el salón. Sam se sentó contra la pared, y Tiffany de espaldas al salón.

‑¿Cuánto tiempo más vas a estar en Portugal? Pensé que se te habrían acabado las vacaciones le dijo Tiffany.

‑He pensado quedarme algo más de tiempo ‑contestó distraídamente‑. Bebamos algo primero, ¿te apetece? ¿Qué quieres tomar?

‑Un gin‑tonic, por favor.

Pidieron las bebidas y entonces Sam dijo

‑¿Qué has estado haciendo desde el día del baile? ‑alzó una ceja‑. ¿O no debo preguntártelo?

‑Quizás sea mejor que no preguntes.

‑¿Estás con Chris?

‑Hace muy poco tiempo que nos conocemos ‑dijo ella, sin querer explicar la situación.

‑Sí, pero aquel día que Francesca me hizo ir al palacio para pedirme disculpas, pensé que él estaba loco por ti.

Tiffany negó con la cabeza.

‑¡Oh, no creo! ‑dijo ella aturdida.

‑Sí. Si yo no hubiera apartado de allí a Francesca, lo habría hecho él.

Tiffany pensó que debía de haber algún problema con el idioma. Cuando Sam decía que Chris estaba loco por ella, debía de querer decir que ella le gustaba un poco.

‑¡Oh, no! Chris y yo sólo... somos amigos, supongo.

Era una mentira piadosa. En realidad, eran enemigos íntimos.

El camarero apareció con sus bebidas. En ese momento Tiffany miró el espejo y se quedó helada. Francesca había entrado en el restaurante. El jefe de los camareros, al reconocerla se deshizo en atenciones. En ese momento, Francesca le dijo algo y el camarero la llevó en dirección a ellos. A su paso, Francesca saludó a otros clientes del local con la cabeza.

‑Sam ‑le dijo Tiffany.

Pero él estaba pidiendo consejo sobre qué vino pedir al camarero, así que no la vio hasta que el camarero le ofreció una silla a Francesca. Entonces la descubrió, y le dijo simplemente:

‑¡Hola, Francesca! ¡Mira con quién me he encontrado! Le he dicho que viniera a almorzar con nosotros.

 

Las dos mujeres se miraron un momento. Francesca parecía sorprendida, pero enseguida puso cara de disgusto. Se inclinó hacia Sam y le dijo en voz baja:

‑Si para ti esto es una broma, me parece que tienes un sentido del humor muy retorcido.

Francesca se dispuso a marcharse, pero Sam le sujetó la muñeca.

‑Siéntate, princesa.

Francesca podría haber gritado, podría haber llamado al camarero, pero sabía que llamaría la atención de los clientes del restaurante y que aquello daría lugar a cotilleos, así que sólo lo miró con ojos asesinos y se quedó sentada. Sam fijó la mirada en ella, hasta que se sintió seguro de que no se marcharía, y le soltó la muñeca.

-¿Qué quieres beber? ¿Campari?

Francesca no contestó, sólo lo miró. Pero Sam llamó al camarero y lo pidió.

‑¿Cómo te atreves a planear esto?

‑No lo he planeado. Como te he dicho, Tiffany y yo nos hemos encontrado por casualidad.

‑Bueno, si tú no lo has planeado, lo ha planeado ella. No creo que ella haga nada por casualidad.

Tiffany se inclinó enfadada.

‑Espera un momento...

Pero Francesca la ignoró, y le dijo a Sam:

‑Si crees que voy a sentarme aquí con esa... esa... con ella, ¡estás loco!

‑¿Y por qué no puedes sentarte con Tiffany? ‑le dijo Sam en tono amenazador.

‑Pensé que era obvio... ‑dijo Francesca.

‑Ella se coló en tu fiesta. Y tú la pusiste en evidencia delante de tus primos. Eso es todo. Y yo soy libre de invitar a almorzar a quien me dé la gana.

‑¡No cuando estoy yo! ‑la voz de Francesca se alzó un poco, y la gente de la mesa de al lado los miró. Volvió a bajar la voz y dijo‑: ¿No te das cuenta de lo que es? ¿Realmente no lo sabes?

Tiffany deseo que la tragase la tierra. Miró a Sam enfadada. ¿Cómo no le había dicho que salía con Francesca? ¿Que tenía una cita con ella?

Quiso interrumpir, pero no había quien parase a Francesca en aquel momento.

‑No es más que una prostituta. ¿No lo comprendes? Se ha vendido a Chris. ¿De qué otra manera crees que podría conseguir esa ropa? ¿Cómo habría conseguido entrar en el baile de no ser así?

‑Antes de que me lo preguntes, es cierto ‑le dijo Tiffany a Sam.

‑No iba a preguntártelo. ¿Y qué importa? ‑cuando Francesca fue a ponerse en pie, llena de indignación, Sam le sujetó la muñeca y le dijo‑: No, quédate donde estás. Y escucha. ¿Quién eres tú para juzgar a Tiffany? ¿Te has molestado en averiguar qué la ha llevado a hacer esto? ¿No te das cuenta de que ella no habría hecho esto de no estar en una situación desesperada? ¿Y qué importa si ha estado con otros hombres? Al menos ella no pasa por la hipocresía del matrimonio y el divorcio. ¿Qué tiene de malo que Chris, le haya regalado ropa y dinero? ¿No te dio ropa y dinero tu conde italiano cuando te ofreciste a él por un título?

Durante un momento hubo un silencio espeso en la mesa. Tiffany no podía creer que Sam se hubiera atrevido a decir aquello. Francesca parecía haber recibido un puñetazo.

El camarero apareció y sirvió inocentemente el Campan.

‑Su copa, señora.

‑Obrigada dijo Francesca, y se la tiró en la cara a Sam.

Sam le soltó la muñeca y se inclinó hacia un lado. La miró amenazadoramente y le dijo:

‑Me las pagaras algún día, princesa.

‑0s dejo juntos ‑dijo Francesca, y se puso en pie‑. Realmente sois tal para cual ‑agregó, y salió del restaurante.

Sam recogió la servilleta y se secó pacientemente el traje

‑Lo siento ‑dijo.

‑No me extraña que te haya arrojado la copa. Yo habría hecho lo mismo.

‑Ya veo, esto es lo que llaman solidaridad femenina. Pensé que estarías de mi parte.

‑Bueno, no. ¿Por qué no me has dicho que ibas a encontrarte con Francesca? Sabes que me odia.

‑Tiene que aprender a ser más tolerante, más comprensiva.

‑¿Es por eso por lo que me has invitado? ¿Para ver cómo reaccionaba Francesca? ¿Ha sido una prueba para ella?

‑No. No ha sido así. Quería... ‑se interrumpió al ver que Tiffany se ponía en pie y levantaba la copa:

‑¡Oh, no te preocupes! No gastaría este buen vino en tirártelo ‑dio un sorbo a la copa, la dejó encima de la mesa y agregó‑: Que disfrutes del almuerzo, Sam ‑y se fue del restaurante.

En la calle, Tiffany vio a Francesca alejarse del lugar. Hubiera querido decirle que estaba tan sorprendida y molesta como ella por la actitud de Sam, pero se detuvo. Francesca estaba demasiado enfadada como para escuchar o preocuparse por nada. Además, había sido muy dura con ella al referirse a su relación con Chris, aunque estaba segura de que Sam ya lo sabía. No entendía por qué Sam la había invitado a almorzar, pero no había sido planeado, como había dicho Francesca. Simplemente, la había utilizado en el momento. A1 fin y al cabo, ella había hecho lo mismo con Sam el día que se había colado en la fiesta. A partir de ese momento, Tiffany empezó a sentir cierta intriga acerca de los motivos de Sam para aquella escena. Empezó a sospechar que tramaba algo.

Cuando Chris fue a recogerla aquella noche, Tiffany enseguida sospechó que pasaba algo. Estaba amable, pero prácticamente no habló durante la cena en el restaurante chino al que habían ido, y cuando volvieron al piso, enseguida la llevó a la cama. Pero después, en lugar de quedarse allí echado con ella, enseguida se puso en pie y recogió su ropa.

‑¿Te marchas? ‑le preguntó Tiffany.

‑¿Por qué? ¿Quieres invitar a alguien más aquí?

Tiffany se sentó en la cama, cubriéndose con la sábana.

‑¿Qué quieres decir con eso?

‑¿Andas con Sam Gallagher? ¿Estás haciendo horas extras?

Tiffany se puso blanca y contestó:

‑No me merezco esto de ti.

‑¿No?

‑No. Yo no ando con Sam Gallagher, como has dicho.

Chris se quedó de pie al lado de la cama y dijo:

‑No creo que estés en una situación muy adecuada para hacer ese tipo de afirmación.

Tiffany giró el rostro, incómoda por su desnudez.

‑Esto es... diferente. En lo que a mí respecta, se trata de un negocio. Yo me he... alquilado, o algo así. Y me atengo a nuestro trato, siempre que tú cumplas tu parte. Y realmente no quiero a nadie más.

Chris la miró con curiosidad.

‑¿Por qué no? Sam es un hombre apuesto, atractivo para las mujeres. Y tiene dinero. Podría pagar.

Ella lo miró con desprecio.

‑Es un hombre, ¿no?

-¡Oh!‑Chris se sentó en la cama y le puso una mano en el hombro‑ ¿Quieres decir que odias a todos los hombres? ‑dijo burlonamente.

‑No sólo a los hombres. Tampoco me gusta Francesca, con el veneno que va echando por ahí. Sam tienerazón. Necesita una lección.

‑Me parece que no va a volver a ver a Sam, después de lo ocurrido hoy ‑quitó la mano del hombro de Tiffany y la deslizó por su espalda sensualmente‑. Tienes un cuerpo muy bonita, Tiffany. Hecho para el amor.

‑Esto no es amor ‑dijo ella con voz insegura.

Él le quitó la sábana que la cubría y le tocó los pechos.

‑¡Ah! Se trata de matices femeninos... ¿Cómo lo llamarías tú?

Tiffany intentó disimular que se estaba excitando y dijo:

‑Lascivia, por supuesto. Satisfacción masculina.

‑¿Satisfacción masculina? ‑él apoyó la espalda de Tiffany contra su pecho‑. ¿Intentas decirme que tú no obtienes nada de esto?

Ella se quedó callada, sabiendo que sus pezones se habían endurecido al contacto de sus manos, que negarlo era imposible.

‑No quiero que ocurra.

‑Pero no puedes evitarlo ‑él le besó el cuello, el lóbulo de la oreja‑. Necesitas un hombre que te haga sentir así. Siempre necesitarás un hombre.

Tiffany cerró los ojos, preguntándose por qué, si lo que él decía era cierto, ningún otro hombre la había hecho sentirse así antes.

De pronto, él la puso encima de su cuerpo, le sujetó los brazos, y mirándola amenazadoramente le dijo:

‑Y mientras pague las facturas, ese hombre seré yo, y sólo yo. ¿Entiendes?

Ella lo miró. Él la sacudió levemente y le preguntó:

‑Bueno, ¿lo entiendes?

Ella sintió temor y contestó en voz baja:

‑Sí.

‑Bien, entonces, ¿por qué no mantienes lo acordado por tu parte? ‑y tiró de la sábana totalmente.

 

Dos días más tarde, volaron a Nueva York. Tiffany no había estado nunca allí, y le pareció una ciudad excitante, con un ritmo completamente diferente del de Londres, y a años luz del de Oporto. Chris tenía un apartamento en Manhattan. Era un piso de soltero con una cocina pequeña y una cama circular muy grande.

Tiffany pensaba que las cosas serían como cuando estaban en Oporto, que Chris la dejaría sola durante el día y volvería por la noche. Pero él estaba distinto allí. Tiffany sintió que la tensión en él desaparecía, y desde el principio empezó a salir con ella.

Chris tenía una oficina en Nueva York, pero hacía gran parte del trabajo desde su casa, por teléfono o con el ordenador. Tiffany descubrió al Chris empresario, hombre de negocios. Era una persona muy decidida, muy emprendedora, y tenía muchas atenciones con los clientes que conseguía.

Si hacía falta, incluso alquilaba un avión y volaba a cualquier sitio de los Estados Unidos para conseguir un pedido.

Y la llevaba con él. En los dos primeros meses que estuvieron allí, Chris la llevó a Texas, a California, a Montana, y la presentó como su ayudante. Y cuando estaban en Nueva York, parecía disfrutar mostrándole la ciudad, llevándola a lugares turísticos y al teatro, así como a restaurantes distintos todas las noches. Incluso le había presentado a sus amigos, algo que ella no había esperado.

Pero había dejado clara la relación con ella poniendo siempre una mano posesiva en su brazo o en su cintura cuando decía:

‑Ésta es Tiffany.

Tiffany estaba segura de que algunas mujeres a las que había conocido habían tenido alguna aventura con Chris en el pasado. Se les notaba en la sonrisa que le dedicaban y cómo lo miraban. Y algunas veces en el modo en que le hablaban a ella. Pequeños detalles que mostraban que estaban celosas o envidiosas. Una chica que la había acompañado al aseo en una fiesta le había dicho:

‑¿Cómo te las has arreglado para cazar a Chris? ¡Eres muy afortunada! ¡Es un gran amante! Supongo que se trata de ese temperamento europeo, y la falta de inhibiciones...

‑Ha sido amante tuyo, ¿verdad? ‑le había preguntado

Tiffany.

‑Sí, pero poco tiempo.

‑¿Qué pasó? ¿Por qué rompisteis?

‑Se fue apagando la historia. Chris se fue de viaje, y cuando volvió, no me llamó. Pero me habría gustado que me llamase, porque yo no me había cansado de él en absoluto.

Tiffany notó los celos en la voz de la chica, y se volvió a preguntar por qué Chris la había hecho su amante cuando podía tener a quien quisiera.

Se estaban preparando para ir a cenar cuando Chris le dijo que se tenía que ir a Chicago.

‑¿Por qué no me dejas aquí? ‑le dijo ella para probarlo.

‑Quiero que vengas conmigo ‑dijo él bruscamente.

‑¿Por qué?

‑¿Por qué crees? ‑él se rió secamente.

Ella le dirigió una fría mirada:

‑¿Qué otra respuesta esperabas?

‑Ninguna otra ‑ella fue delante de él y salió primero. Llamó al ascensor y cuando estaban bajando dijo‑: ‑ ¿No tengo días libres en este trabajo?

A él pareció hacerle gracia aquella pregunta.

‑Tendrías que haber negociado esos derechos al comienzo. En lo que a mí respecta, es un trabajo a tiempo completo.

‑Tal vez haga una huelga.

‑¿Antes o después de la cena?

Ella vio la parte graciosa de aquella conversación y se rió.

‑Después de la cena, por supuesto.

Él se rió pícaramente.

‑Eso pensé. Para ser tan pequeña, comes como un caballo.

‑Pero como un caballo de raza.

‑¡Oh, seguro! ‑le contestó él y le puso el brazo en los hombros cuando salieron del ascensor.

Cuando terminaron de cenar y estaban tomando café, Cl;ris le dijo:

‑¿Por qué quieres días libres? ¿Quieres visitar a tu familia ó algo así?

‑Sabes que no tengo familia.

‑¿Qué ha pasado con ellos?

Ella se bebió su café y dijo:

‑¿Estás preparado para irnos? Voy al servicio a arreglarme mientras pagas la cuenta.

Ella fue a ponerse en pie, pero Chris la detuvo.

‑¿Por qué no quieres hablarme de tu familia? ¿De tu pasado?

‑Porque no es asunto tuyo ‑le dijo ella con rabia, soltándose de él.

Un par de días más tarde, volaron a Chicago, pero el tiempo era malo, así que el vuelo se demoró en salir. Cuando llegaron tomaron un taxi al hotel donde Chris había hecho una reserva. El representante de su cliente lo estaba esperando allí.

‑Ve a la habitación ‑le dijo Chris‑. Subiré en cuanto pueda.

Una vez arriba, Tiffany se quitó los zapatos y abrió maleta. Pidió sandwiches al servicio de habitaciones dio el número de suite. Una hora más tarde, sonó ~teléfono.

‑¿Es la habitación del señor Brodey? ‑preguntó una femenina.

-Sí.       

‑¡Oh! Hola, soy Norma Beaumont. Mi marido es el director de la compañía por la que ha viajado el señor $rodey. Me gustaría invitarlos a cenar esta noche en nuestra casa. ¿Es posible que vengan?

‑Es muy amable, señora Beaumont. Estoy segura de que Chris estará encantado de ir, a no ser que tenga algún otro compromiso.

‑¡Oh! Le dije a Larry, mi marido, que se lo preguntase, así que no creo que haya problemas. ¿Digamos a las siete y media? Le daré la dirección por si Larry se olvida ‑la mujer se la dictó‑. Hasta esta noche, entonces. Estoy ansiosa por conocerla, señora Brodey.

‑¡Oh! Pero si Chris y yo no somos... ‑pero la señora Beaumont ya había colgado.

Tiffany no pensó más en ello. Más tarde, cuando llegaron a la casa de los Beaumont y Chris la presentó sólo dijo:

‑Ésta es Tiffany.

Norma Beaumont fue directamente a ella, le dio la mano, la llevó al salón y dijo:

‑¡Oh! Yo ya había hablado con su esposa por teléfono... ¡Qué bonito nombre! Pase, querida. ¿Es ésta su primera visita a Chicago?

Y la oportunidad de dejar las cosas claras pasó.

Chris tenía el ceño fruncido, pero Tiffany encontró divertida aquella situación, especialmente cuando, después de la cena, la señora Beaumont criticó lo permisiva que era la gente de hoy en día.

‑Esa moda de vivir juntos antes de casarse. Me parece terrible, simplemente. ¿No le parece?

‑¡Oh, por supuesto! ‑contestó Chris.

‑¿Cuánto tiempo llevan casados? ‑preguntó la mujer.

Tiffany bajó la vista para no reírse.

‑No mucho ‑dijo Chris.

‑Ya me parecía ‑contestó la mujer‑. Se nota que son recién casados y que están muy enamorados.

Tiffany dejó de reírse, y Chris la miró cínicamente.

Después de la cena, el señor Beaumont llevó a Chris a su estudio para que viera una colección de botellas en miniatura, mientras la señora Beaumont, obviamente más romántica, se sentaba en el sofá para conversar amigablemente con Tiffany, y preguntarle todos los detalles de su boda. Al principio, la tomó por sorpresa y Tiffany dudó en contestar. Luego, terminó por entrar en el juego y describió una magnífica boda en la catedral de Oporto, una fiesta deslumbrante y un vestido con tres metros de cola. Comentó que Calum había sido el padrino, y que Francesca había sido la dama de honor.

‑¿De verdad? ‑los ojos de la mujer se agrandaron con deleite‑. ¿La prima de Chris es princesa realmente?

‑Sólo por matrimonio. Y ahora se han divorciado.

‑Pero no obstante... princesa dijo la mujer.

La puerta se abrió, y Chris y el señor Beaumont volvieron al salón.

‑Su esposa ha estado contándome todos los detalles de la boda, Chris. Debe de haber sido magnífica, en una catedral como ésa, y con una princesa como dama de honor.

Chris la miró seriamente.

‑Sí, fue... increíble.

Se fueron poco después. Chris no dijo nada en el taxi, pero cuando llegaron al hotel, dijo brevemente:

‑¿Por qué les has dicho que estábamos casados?

‑No ha sido idea mía. La señora Beaumont lo dio por hecho.

‑No tienes por qué seguir fingiendo diciendo un ontón de mentiras acerca de una boda por todo lo alto.

Tiffany se sentó en una silla, y sonrió al recordarlo.

‑Ella preguntó, y yo tenía que decirle algo. Le enantó la historia de Francesca.

‑Y a ti te encantó inventarla ‑dijo él acercándose a ella, y poniéndole una mano en cada brazo‑. Y me he dado cuenta de que has estado firmando en el hotel con mi nombre.

‑Si te preocupa tanto que alguien use tu maldito nombre, debiste reservar las habitaciones con ambos nombres, en lugar de hacerlo con el tuyo solamente ‑dijo Tiffany.

‑Simplemente no te confundas.

Ella no comprendió, pero luego lo empujó violentamente y se puso en pie.

‑¡No puedo creer que digas eso! ¿Realmente crees que me gustaría casarme con un desgraciado como tú? ¡Dios! ¡Eres tan arrogante y engreído!

Chris la miró furioso.

‑Entonces, ¿qué diablos haces aquí?

‑No estoy casada contigo ‑lo miró desafiante, con orgullo‑. Tú no eres lo suficientemente bueno para casarte conmigo.

Él se rió con rabia.

‑¡Suficientemente bueno! Es gracioso. Tu único objetivo al colarte en nuestra fiesta era cazar a Calum. Si hubieras podido atraparlo, te habrías casado sin dudarlo.

‑No, no lo habría hecho, porque... Porque he descubierto lo hipócritas que sois. El es tan canalla como tú ‑gritó Tiffany, enfadada. Se quitó los zapatos y se los tiró.

Chris se quedó sorprendido al principio, luego fue hacia Tiffany y la miró con ojos amenazantes: Ella, al presentir el peligro, quiso correr al cuarto de baño, pero él la detuvo y la empujó hacia la pared. Ella quiso pegarle con los puños, pero él la sujetó.

‑¿Así que tú eres demasiado buena para mí?

‑¡Sí! ¡Claro, que sí! ‑dijo ella sin aliento, luchando por soltarse.

‑Pero no eres lo suficientemente buena como para no aceptar lo que te doy. Porque soy rico... Y es por eso por lo que estás aquí. Y por eso vas hacer cualquier cosa que te pida. ¿No es cierto? ‑le sujetó las muñecas con una sola mano y con la otra le levantó la falda.

‑¡No! ‑ella volvió a luchar e intentó golpearlo con la rodilla, pero él se rió, mientras su mano libre la tocaba. Ella sintió la dureza del cuerpo de Chris y volvió a luchar. Pero eso sólo sirvió para aumentar la fuerza de él. La pasión se apoderó de ella como un volcán en erupción. Gimió suavemente, y finalmente, aceptó el embiste de su virilidad.

Desde, aquel momento, Tiffany se cuidó de que no la confundieran con su esposa. Volvieron a Nueva York y siguieron normalmente con su vida allí, aunque después Chris se ausentó durante una semana para marcharse a Madeira a celebrar el bicentenario de la casa Brodey en aquella isla.

Sola en Nueva York, Tiffany planeó visitar museos y galerías de arte, e incluso hacerse la comida. Cumplió su plan, pero se dio cuenta de que aquella visitas no le habían despertado tanto interés como había pensado. Incluso el cocinar no le divertía cuando se trataba de comer sola. Se sentía cansada, incapaz de divertirse. Sola. Era increíble, pero echaba de menos a Chris. Aquella idea la sorprendió. Se quedó pensando, tratando de analizar lo que le pasaba. Se había acostumbrado a vivir con él, a tenerlo cerca. Pensó que aquello era lo que debía de ser el matrimonio, sentirse incompleto cuando el otro no estaba. Pero Chris y ella no estaban casados. Ella era sólo su querida. No era que ella deseara otra a excepción de que se separasen, por supuesto.

Pero       había empezado a ser un factor tan importante en su vida, que sentía que estaba perdiendo su individualidad. Era sexo solamente, se decía. Pero sintió temor, y

decidió recordarse cuánto odiaba a Chris y a sus primos.

‑Para distraer sus pensamientos de Chris, escribió un artículo humorístico acerca del punto de vista de un extranjero sobre el ir de tiendas en Nueva York. No había    perdido su sentido de observación y su ingenio, y se apuró a pasarlo al ordenador. E1 siguiente paso era enviarlo a algún periódico. Se pasó las horas siguientes intentando hacer un estudio de cuál sería el periódico más conveniente para enviarlo. Decidió enviarlo primero al mejor, y luego seguir con otros menos prestigiosos. Compró varios sobres en previsión de que se lo devolvieran. Así lo enviaría a otros periódicos inmediatamente.

La noche anterior a su regreso, Chris llamó al apartamento. Tiffany estaba allí, pero se supuso que sería él, y no contestó el teléfono. Dejó que saltara el contestador. Pero escuchó su voz, y sintió una mezcla de emociones. Chris no dijo casi nada, sólo la hora de llegada del avión. Luego, agregó:

‑Sería agradable que fueras a recibirme.

Pero ella no sólo no fue a recogerlo, sino que salió, para que no la encontrase cuando llegase.

Tiffany llegó por la tarde. Chris estaba sentado frente a su escritorio, trabajando en el ordenador. Alzó la vista cuando ella entró y se quedó quieto un momento, esperando que Tiffany le dijera algo, pero como ella no lo hizo, preguntó:

‑¿Dónde has estado?

‑En una exposición ‑fue al bar y se sirvió un gin‑tonic‑. Hace calor hoy ‑se sentó en un sillón y agregó‑: ¿Has tenido un buen viaje?

‑Bueno, gracias por preguntarlo ‑dijo él irónicamente‑. Por la calidez de tu bienvenida, deduzco que no me has echado de menos exactamente.

‑Es cierto ‑mintió ella‑. No te he echado de menos.

Él frunció el ceño, pareció a punto de decir algo, pero luego siguió con su trabajo. Tenía la caja fuerte abierta. Ella sabía que su pasaporte estaba allí, pero no sabía cuál era la combinación de números para abrirla.

Chris estaba ocupado oyendo los mensajes que le habían dejado en su ausencia y poniéndose al tanto de algunas cuestiones de trabajo que habían surgido en su ausencia.

Tiffany terminó su copa y fue a la habitación a ducharse y a cambiarse de ropa. Pero en lugar de cambiarse enseguida, fue a la cocina en albornoz para servirse otra bebida. Tenía calor y sed.

Chris seguía con el teléfono. Cuando terminó, movió el cuello como si le doliera.

‑¿Sabes hacer masajes? ‑le preguntó Chris.

‑No. No lo he hecho nunca.

‑Bueno, inténtalo.

Chris se puso en pie y fue al dormitorio, se sentó en el borde de la cama. Ella lo siguió de mala gana y se dio cuenta de que estaba cansado. Se había aflojado la corbata, y se había quitado la camisa para que ella se pudiera arrodillar detrás de él y masajear sus hombros. Ella no sabía si lo estaba haciendo bien, pero al menos él no se quejó.

-¿Por qué estás tan cansado? ¿Es por el viaje?

‑Por eso y por la diferencia horaria, supongo.

‑¿Están bien tus padres?

‑Sí, están bien.

‑Supongo que se habrán alegrado de verte. Deberías ir allí más a menudo.

Chris hizo una mueca y dijo:

‑Francesca y Calum estaban allí. Francesca va a venir a Nueva York próximamente.

‑¿A qué va a venir?

‑A hacer algunas compras, creo.

‑Para su boda, supongo.

‑Que yo sepa, no va a casarse.

‑Pensé que iba a casarse con su conde francés. ‑ Chris negó con la cabeza.

‑No, eso se ha terminado, si es que hubo algo alguna vez. Viene aquí sólo a hacer compras y a ver amigos.

‑¿Aquí? ¿A tu apartamento? ‑Tiffany alzó la voz un poco‑. ¡Si viene aquí, yo me voy! De ninguna manera voy á vivir bajo el mismo techo que tu prima.

El le tomó la mano.

‑No vas a tener que hacerlo. Se va a quedar en casa una amiga.

‑Me sorprende que tenga alguna amiga.

‑Fue a la universidad en América. Tiene muchas amigas aquí ‑dijo Chris recriminatoriamente ‑. Sólo porque estés celosa de ella no...

‑¡No estoy celosa de ella! =lo interrumpió‑. Simplemente no la aguanto, eso es todo. Es tan arrogante como Calum... y como tú.

Chris le soltó la mano.

‑Creí que me estabas dando un masaje.

‑Si quieres un masaje, vete a un salón de masajes. Yo no...

Pero Chris se dio la vuelta, la empujó hacia la cama y le dijo:

‑“Haré todo lo que quieras”. ¿Se te ha olvidado? ‑la miró enfadado. Le tornó la cara con la mano, y se inclinó a besarla.

Siempre que había intentado besarla, ella había apartado la cara, y él se había dado por vencido. Pero aquella vez insistió, se rió brevemente, y volvió a tomar su boca. Tiffany le mordió el labio inmediatamente. Chris gimió de dolor y rabia, y de pronto empezaron a luchar encima de la cama, rodando por ella: Chris intentando dominarla, y ella resistiendo todo lo que podía.

‑¡Pequeña zorra! ¡Te voy a enseñar a morderme! ‑gruñó Chris.

Le puso una mano en el pelo, pero Tiffany le arañó el pecho y se soltó. Fue a levantarse de la cama, pero la sujetó y tiró de ella colocándola encima de él. Le pegó y lo maldijo, pero los golpes le dolieron más a ella que a él. Chris se rió y la puso debajo de él, pero ella dobló las rodillas y logró quitárselo de encima. Nuevamente intentó levantarse de la cama, pero Chris le sujetó la manga. El albornoz se le quitó y Tiffany se escapó desnuda. Con un movimiento atlético, él volvió a darle alcance, y puso ambos brazos alrededor de ella, abrazándola, de manera que los dos brazos de Tiffany quedaron apresados a ambos lados de su cuerpo.

Tiffany lo maldijo e intentó liberarse. Ella estaba caliente, sudando. Él también. Le puso una mano por debajo de la cabeza y la apretó contra su cuerpo. Ella sintió los pequeños pezones masculinos contra los suyos, los músculos duros de los brazos que la abrazaban. Echó la cabeza hacia atrás, y abrió la boca para tomar aliento. Luego, sus manos bajaron hasta el cinturón de Chris, buscando a tientas, con ansiedad, la hebilla para que él se quitara el resto de la ropa.

Apenas tuvo tiempo de hacerlo, porque Chris la llevó inmediatamente a la cama, envolviéndola en una tormenta de pasión desenfrenada que los llevó a la cima de la excitación. Él gimió de placer. El cuerpo de Tiffany se arqueó convulsivamente, espasmo tras espasmo, en un prolongado éxtasis.

Los gemidos de placer de Tiffany fueron ahogados por los de Chris. Y luego, cuando él se quedó echado a su lado, totalmente agotado, ella supo que aquella vez había sido la mejor. Su lucha había sido una especie de juego preliminar que había agregado fuego a lo que ambos sabían que sería el resultado de la batalla.

Chris se estiró en la cama. Su corazón latía aceleradamente. Puso una mano en el pecho de Tiffany y le dijo:

‑Y ahora, dime que no me has echado de menos.

‑Vete al diablo ‑le respondió ella.

Él se rió.

Abrazado a ella, Chris se durmió casi inmediatamente. Tiffany se quedó echada un rato, dejando que su cuerpo se recuperase, tratando de disfrutar del recuerdo de lo maravilloso que había sido, pero sabía que era imposible recrear aquella abrumadora sensación. Sólo podía repetirse en la realidad. Y tal vez sólo con un hombre.

Tiffany se preguntó una vez más si no sería aquella enemistad entre ellos lo que les proporcionaba un sexo tan maravilloso. ¿Encendería el odio aquel fuego incombustible?

Ella no había conocido el amor, no podía imaginarse cómo era, a pesar de todo lo que había leído y oído. Y no podía imaginarse que pudiera darle más placer que        el  le había dado el odio. Y si era posible que se lo diera, entonces sería tan maravilloso que no podría expresarse con palabras. Además, ella sabía que eso no le pasaría a ella.

Se consoló pensando que, al menos, aunque él se hubiera adueñado de su cuerpo, su corazón seguía in­tacto.

Sintió calor nuevamente. Se soltó de los brazos de Chris y se levantó. Miró a Chris dormido. Recordó que estaba cansado, e impulsivamente, se inclinó para taparlo con la colcha. Pero se detuvo. Que se tapase él, se dijo.

Fue a la cocina a beber agua. Luego decidió volver a la habitación para ducharse y cambiarse. Pero se detuvo de repente. La puerta de la caja fuerte estaba abierta.

 

Capítulo 6

 

DEJO el vaso y fue silenciosamente hacia la puerta del dormitorio para cerrarla con cuidado. Luego se dirigió a la caja fuerte a buscar el pasaporte. Lo encontró enseguida. Pero cuando fue a tirar de él apresuradamente, se cayeron otros documentos al suelo. Maldijo y se inclinó a recogerlos. En medio de los papeles descubrió un sobre cerrado en el que ponía: «No mostrarlo a Francesca. Destruirlo en el momento apropiado».

Tiffany se sintió intrigada. Dudó un momento, pero enseguida puso agua a calentar para abrirlo.

El sobre era viejo y la goma de pegar se disolvió fácilmente.

Lo que contenía era dinamita.

Tiffany se dio prisa en leer el contenido. Era un acuerdo, firmado por un hombre al que se le pagaba una suma considerable por mantenerse alejado de Francesca, y tenía la fecha de seis años atrás, en la época en que Francesca debía de haber estado en la universidad. ¿El acuerdo estaba firmado por el hombre y por Calum!

Tiffany se quedó con la boca abierta.

Temió que Chris se levantara, y escondió el documento en un cajón de la cocina, metido en un folleto donde venían las instrucciones de la lavadora, segura de que Chris no lo encontraría allí. Lo leería con detenimiento la próxima vez que estuviera sola. Tiffany no sabía de momento qué haría con él. Pero saber la existen del documento le daba ventaja sobre Francesca, y tal sobre Calum y Chris. Abrió la puerta del dormitorio nuevamente, y comprobó que Chris estaba dormido todavía. Volvió a la caja fuerte y revisó más detenidamente el contenido.

Había  un montón de dinero. Con su pasaporte y aquel dinero podría marcharse donde quisiera y empezar una nueva vida. Pero la tentación sólo le duró un instante.

El pasaporte era suyo por derecho. Pero el dinero de Chris, no.

Había un montón de documentos de la empresa en la caja fuerte, la escritura de la casa, que al parecer pertenecía a la empresa y no a Chris, y un manojo de cartas, la mayoría con letra de mujer, dirigidas a Calum y a Chris. Serían de ex‑novias, supuso ella, y curiosamente no sintió curiosidad de leer las cartas dirigidas a Chris, pero sí las dirigidas a su primo.

Miró por la cerradura de la puerta, y vio a Chris estirarse y darse la vuelta en la cama. Tiffany dudó. Quería leer las cartas. ¿Se daría cuenta Chris si las sacaba de la caja fuerte? Si descubría que faltaba su pasaporte, revisaría todo y lo notaría. Se mordió el labio. Lo vio moverse nuevamente. Decidió volver a meter su pasaporte y quedarse con las cartas de Calum. Las escondió, recogió el vaso de agua y entró en el dormitorio para pasar al cuarto de baño. Con un suspiro de alivio, cerró la puerta. La hubiera cerrado con llave, pero como Chris no quería que se encerrase, la había escondido hacía mucho tiempo.

Bebió agua del vaso. Luego llenó la bañera con sales perfumadas.

Minutos más tarde, oyó moverse a Chris. Luego entró al baño y fue al compartimiento de la ducha. Tiffany cerró los ojos, intentando ignorarlo mientras se duchaba.

Cuando salió de la ducha, dijo:

‑¿Quieres que te frote la espalda?

‑No.

Él se rió.

‑Tal vez sea mejor así. Si no, no haré nunca el trabajo ‑se inclinó, apartó las burbujas un poco y le besó los pezones‑. ¡Dios santo! ¡Son tan tentadores! ‑murmuró poniéndose en pie.

‑Tienes burbujas en la nariz ‑le dijo ella.

Tiffany no entró al salón hasta no estar vestida para ir a cenar. Sabía que Chris encontraría la caja fuerte abierta, y se preguntaría si ella habría buscado algo en su interior, así que evitó mirar en esa dirección cuando atravesó el salón para ir a la cocina a buscar hielo para otra copa. Sabía que Chris la estaba mirando, pero sólo dijo:

Tengo tanto calor.

Tal vez te pase algo.

‑Espero que no.

‑Quizás sea mejor que no salgamos esta noche.

‑Pero tengo hambre. ¿Tú no?

‑Sí. Pero he visto que hay comida en el frigorífico. Parece que has estado cocinando en mi ausencia.

‑No me gusta ir a comer fuera sola.

‑Y yo que pensaba que saldrías a buscar a otro que pagase.

Ella lo miró molesta.

No me gusta que me mantengan. Quiero ser como cualquier mujer normal y tener un trabajo, ser independiente.

Tu trabajo es mantenerme contento.

‑Cualquier mujer podría hacerlo ‑le dijo ella con desprecio.

‑No, no cualquier mujer ‑le dijo él, torciendo la boca.

‑Pero, ¿por qué yo?

Él se puso en pie y se quedó mirándola. Estaba especialmente atractiva aquella noche. El pelo rubio, dorado como el oro, su pequeña figura embutida en un ajustado, sus piernas realzadas por los tacones, los ojos azules asombrados.

-¿Realmente no lo sabes?

‑Dímelo tú.

‑ Él dudó un momento.

Porque me odias ‑se rió‑. Porque me divierte hacerte hacer lo que dices constantemente que no quieres hacer.

Ella lo miró con desprecio.

‑Bueno, puede ser. Siempre he dicho que era porque te había rechazado aquella primera vez, cuando estaba  más interesada en Calum. Si él me hubiera hecho la oferta que me hiciste tú, la habría aceptado inmediatamente.

-¿Y, me acabas de decir que quieres ser independiente?

‑Independiente de ti, sí. ¿Cuándo vas a dejarme marchar?

‑Ya sabes cuándo. Cuando me canse de ti.

‑¿Y cuándo va a ser eso?

Chris no contestó.

‑¿Cuando deje de odiarte? ¿Es así? Si fuera posesiva y exigente, seguramente te cansarías de mí.

‑¿Significa eso que vas a cambiar tu actitud hacia mí?

Me tientas. Y mucho. Pero ni siquiera para liberarme de ti podría ser tan hipócrita

-Eso es lo que me gusta de ti, tu dulzura y tus modales encantadores.

Tiffany sonrió burlonamente.

‑Bueno, me parece bien, porque no voy a cambiar.

‑Eso me parecía ‑Chris se levantó y se puso la chaqueta‑. Vayamos a cenar.

Fueron al restaurante más cercano, uno francés.

‑El aire acondicionado aquí está muy fuerte.

‑No está más fuerte que otras veces. ¿Estás segura de que te sientes bien?

‑Sí, por supuesto.

Pero Tiffany no quiso tomar café, algo que solía gustarle. Y aceptó de buena gana volver enseguida al apartamento.

‑Estás ardiendo. Será mejor que llame al médico.

‑No, sólo debe de ser un catarro o algo así. Tomaré una aspirina y seguramente mañana estaré bien.

Tiffany tomó las aspirinas y se fue a la cama. Y se alegró de que Chris decidiera dormir en otra habitación.

‑Dejaré la puerta abierta, así que, si me necesitas, llámame.

‑No te necesitaré. Vete y déjame sola.

Él la miró molesto, pero se marchó.

Ella se quedó dormida. En medio de la noche se despertó con un grito. Había tenido una pesadilla con su madre, un sueño que solía tener, pero que hacía tiempo que no tenía. Chris apareció enseguida.

‑¿Qué pasa? ¡Eh! Estás mojada de sudor. ¡Debes de tener mucha fiebre!

‑No, sólo ha sido una pesadilla. Pero quisiera beber algo.

Chris le dio un vaso de agua.

Ella se lo bebió y dijo:

-gracias. Ahora estoy bien.

Se echó sobre las almohadas y se quitó el pelo mojado de la frente.

‑¿Qué soñabas?

‑Se me ha olvidado ‑dijo ella tan rápidamente, que él supo inmediatamente que era una mentira.

‑¿No quieres compartirlo conmigo?

‑No. No quiero compartir nada contigo.

‑Tú vives conmigo.

Ella se quedó callada un momento, luego dijo:

-Pero no soy parte de ti. Y no lo seré jamás.

Tiffany se volvió a dormir, pero por la mañana estaba tan mal que Chris llamó al médico.

El doctor fue enseguida, examinó a Tiffany y le dijo que tenía gripe, que se quedara en cama una semana, y tomase ninguna otra medicina mientras tomaba antibióticos que le recetó.

-¿Puede encargarse usted de cuidar a su...?

‑Novia ‑dijo Chris‑. Sí. Puedo trabajar en casa.

‑No, quiero una enfermera ‑dijo Tiffany firmemente.

E1 médico lo miró pícaramente y dijo:

‑Parece que la señorita no se fía de sus cuidados.

‑Yo la cuidaré ‑repitió Chris.

Y así lo hizo. Se encargó de darle las medicinas, de llevarle agua siempre que lo pedía, la ayudó a cambiar de camisón cuando el que tenía puesto estaba empapada en sudor, hacía que la empleada doméstica fuera todos los días a cambiar las sábanas y a cocinar. Y otras estuvo enferma él durmió en la otra habitación.

Hacía mucho tiempo que nadie la cuidaba, y ella tuvo  sentimientos contradictorios al respecto. No legustaba sentirse agradecida a Chris, hubiera preferido que fuera cualquiera menos él. Sospechaba que disfrutaba al verla tan dependiente de él, probablemente porque a ella le disgustaba. Y presentía que le debía dar algún tipo de placer erótico bañarla, cepillarle el pelo, sentarse con ella viéndola indefensa. ¿Por qué otra cosa lo iba a hacer?

Pasó una semana hasta que se recuperó lo suficiente como para quedarse sola, y hasta que durmieron juntos. Cuando hicieron el amor fue muy tierno, pero eso le disgustó. Su relación estaba basada en la concupiscencia y no en la ternura. No le gustaba que la tratase como si se fuera a romper, que la acariciara suavemente, que le besara el cuello mientras le decía suaves palabras en portugués que no comprendía. Ésas eran las cosas que podía hacer un marido o un amante, alguien que se preocupara por ella. Pero Chris no era ninguna de las dos cosas, se lo había dicho él mismo.

Entonces, le apartó la mano y le preguntó:

‑¿Quieres hacerme tuya o no?

Él lo hizo, por supuesto, con rabia en lugar de con ternura. Pero fue satisfactorio, no obstante.

A1 día siguiente, Chris se fue a la oficina y ella recordó las cartas que había escondido.

Lo primero que hizo fue mirar el documento firmado por el hombre con el que había estado Francesca.

Evidentemente, Francesca no sabía nada. Y el hombre, si se había dejado comprar, seguramente no debía de haber estado enamorado de ella. ¿Y Francesca de él?, se preguntó Tiffany.

No sólo. le interesaba saberlo porque odiaba a Francesca, sino porque era un personaje que despertaba curiosidad en todo el mundo, tan atractiva ella, tan rica, con tanta clase. Una estúpida con clase, pensó Tiffany.

Desde su punto de vista, había tenido suerte el hombre. Porque era imposible imaginarse a Francesca viviendo feliz con alguien que tuviera tan poco dinero que se dejara sobornar, ella, que tenía tanto apego a la ropa cara y la riqueza.

¿Habría estado en Nueva York durante su gripe?

Buscó las cartas dirigidas a Calum. Tenía razón. Eran de una mujer. También eran antiguas, fechadas varios años atrás. No comprendía mucho, porque hacían referencia a gente a quien Tiffany no conocía. Pero la mujer parecía enamorada de Calum, y le decía que no veía el momento de estar junto a él. Pero que debían esperar a que Simon se fuera. Al parecer Simon era el esposo de la mujer. Así que Calum había tenido un lío con una mujer casada.

Tiffany había mirado las cartas al azar. En la carta fecha más tardía daban por finalizada su relación.

Por Io que decía la mujer, estaba esperando un bebé de Calum, pero había decidido hacerlo pasar por el hijo de su marido. Aquélla era una noticia por la que la prensa pagado millones. ¡Y Calum se permitía darle lección de moralidad!

Pensó que les estaría bien empleado mostrarlos a la tal cual eran, humanos e imperfectos y sujetos a tentaciones como cualquiera. ¡Aquél podría ser un artículo  estupendo para la revista que le había pedido hacer el artículo acerca de la familia! O para cualquier revista  de chismorreos. ¡Incluso podría pedirles dinero a los Brodey por mantener la boca cerrada!

Ella misma podía escribir el artículo, pero en cierto modo sentía que le debía cierta lealtad a Chris, y no le quería hacer nada que le molestase ni lo pusiera en una situación delicada. Al fin y al cabo, él había cumplido su parte del trato. Ella tenía un ropero lleno y la había llevado de viaje a varios lugares donde estrenarla...

Sólo le faltaba la libertad. Y un futuro estable. Sentía una gran necesidad de tener una casa suya...

Escondió las cartas nuevamente, y se dio cuenta de que debía pensar en algún modo de meterlas en la caja fuerte sin que Chris se diera cuenta. Pero no corría pri­sa. Habían estado años en la caja fuerte, y seguramente nadie  iría a buscarlas después de tanto tiempo.

‑A1 día siguiente, el teléfono sonó cuando Chris estaba en la ducha. Tiffany lo contestó. Era Francesca. Después de un silencio, dijo:

‑Quiero hablar con Chris.

‑Hola, Francesca. Estoy muy bien... Gracias por preguntármelo. ¿Y tú qué tal estás? ‑se burló Tiffany.

‑No me importa en absoluto cómo estás –contestó Francesca‑. Llama a Chris.

‑Pídemelo más amablemente y quizás lo llame.

‑¿Está Chris o no?

‑¡Oh, sí que está!

‑Entonces deja de jugar y llámalo.

‑¿Jamás se te ocurre decir «por favor? ‑le dijo Tiffany con dureza.

‑A ti, no. ¿Aún no le has quitado suficiente dinero a Chris? ¿Por qué no lo dejas en paz? Estás arruinando su vida.

‑¿Yo estoy arruinando su vida? ‑Tiffany se rió sin poder creerlo‑. ¿Cómo te atreves a decirme eso?

‑Me atrevo porque es cierto. Está obsesionado contigo. Eres una zo...

‑No me insultes ‑la interrumpió Tiffany‑. ¡No lo hagas!

‑Te llamaré lo que me dé la gana. Las mujeres de tu clase no deberían esperar otra cosa.

Tiffany le dijo furiosa:

‑¿Qué te pasa? ¿Tienes problemas con los hombres? ¿Problema en encontrar uno que te aguante, ahora que Michel te ha dejado?

‑No me ha dejado. Ha sido al revés. Michel era muy dulce, pero... Yo... ‑se interrumpió‑. ¿Por qué no te ocupas de tus asuntos? Simplemente, llama a Chris.

‑Lo haré cuando digas «por favor».

‑¡Eres una lagarta asquerosa! ‑gritó Francesca, y colgó.

Llamó media hora más tarde, y aquella vez Chris atendió el teléfono.

-Hola, Francesca ‑Chris miró a Tiffany, y ésta supo que Francesca estaba hablando de ella. Chris frunció el ceño y dijo:

‑Sí, por supuesto que iré a despedirte: ¿Cuándo y dónde? ‑anotó algo en su agenda, y colgó.

‑Al parecer, Francesca y tú habéis tenido otra discusión.

Tiffany sonrió levemente.

-Parecía un poco malhumorada. ¿Estaba enamorada de su marido cuando se casó? ‑preguntó con curiosi­dad.

-¿Por qué lo preguntas?

-¿Se ha arrepentido de haber roto con él? ‑ fue al bar y sirvió dos Martinis.

‑No creo. Se veía que no iba a durar. Ella intentó, pero no debería, realmente lo intentó, pero no debería casado con él. ‑¿Por qué lo hizo?

‑¿por qué se casa la gente? Porque pensó que estaba da de él, por supuesto.

‑¿Se casó con él por despecho? ¿Había estado enamorado alguna vez? ‑preguntó Tiffany disimulando.

‑ Chris se encogió de hombros.

-No lo sé. Supongo que ella habrá estado encaprichada de alguien alguna vez, como todo el mundo.

Era una respuesta ambigua, que no le aclaraba si estaba al corriente de su antiguo amor.

‑¿Por qué estás tan interesada? ‑le preguntó él, poniendo un brazo en el respaldo del sofá.

‑Simplemente parece pasar de un hombre a otro con mucha facilidad. ¿Has estado encaprichado de alguna mujer alguna vez?

-Por supuesto, montones de veces. ¿Tú no?

Ella no contestó y preguntó:

‑¿Y has estado enamorado alguna vez? ¿Realmente enamorado?

Él miró su vaso, lo movió y no contestó.

‑¿Y? ‑repitió Tiffany.

‑Creo que estuve enamorado una vez erijo él, alzando la vista‑. Pero se casó con otro.

-¿Con quién se casó?

‑Con mi primo.

-Tiffany lo miró sorprendida.

‑¿Con Calum?

‑No; por supuesto que no. Con Lennox.

‑¡Oh! ¿Te refieres al primo que vive en Madeira? ¿El que está casado con Stella, la chica que está embarazada? ‑dijo ella, recordando a Stella, radiante de felicidad.

‑Sí. Y al final lo que hice fue juntarlos. Y ella ya no está embarazada. Hace un par de semanas que dio a luz.

‑¡Oh! No me has dicho nada... ¿Qué ha tenido?

‑Un niño, por supuesto.  ‑¿Por qué por supuesto?

‑Stella siempre establece un orden de prioridades.

Tiffany se rió. Él le tocó el pelo suavemente y le preguntó:

‑¿Y tú qué? ¿Has estado enamorada alguna vez?

‑No, por supuesto que no.

‑¿Por qué dices «por supuesto»? ¿No has conocido a nadie?

‑Enamorarse es un error ‑dijo ella, apartándose de él.

‑Parece que hablas por experiencia propia.

‑Sí, así es.

‑Pero tú acabas de decir que nunca has estado enamorada.

‑Tal vez sea mejor decir que hablo por observación. He visto lo que puede hacerle a... la gente.

‑¿A alguien en particular?

Ella se puso en pie.

‑Me gustaría ver una película esta noche. ¿Y a ti?

‑¿Por qué no me cuentas nada acerca de ti? Llevamos viviendo juntos cerca de tres meses y no sé nada de ti.

‑No sabía que quisieras un currículum para este tipo de trabajo ‑contestó ella.

‑No es un trabajo. Es una relación.

Ella estaba atravesando la habitación para recoger su bolso, pero se detuvo en la entrada y lo miró. Recordó las palabras de Francesca cuando le había dicho que Chris

estaba obsesionado con ella. Pero enseguida le quitó importancia. Chris simplemente se había picado porque ella no se había rendido a sus pies.

-Para mí no lo es ‑contestó ella.

Chris se puso en pie, se acercó y puso la mano en el picaporte.

‑En este momento tal vez no. Pero cuando estamos cama, cuando hacemos el amor, entonces se transen una relación... Porque no puedes evitarlo. Te demasiado.

-Te equivocas. No es hacer el amor. Se trata sólo de sexo. Y para mí nunca será otra cosa que un trabajo. Un trabajo que desearía dejar.

Chris le puso una mano en el brazo. Tiffany sintió que la apretaba. Su negativa seguramente lo habría excitado. De ello se alimentaba la libido de Chris. Pensó que  la tumbaría en la cama, la desvestiría y le haría el amor. Pero él se apartó y le dijo:

‑Si quieres ver una película, entonces vamos.

‑Voy a buscar el bolso ‑dijo ella.

En cierto modo, se sintió decepcionada.

Los dos días siguientes Tiffany se sintió inquieta.

Cuando Chris estaba ausente, miraba nuevamente el do­cumento del novio de Francesca. Tal vez fuera injusta con ellos. El muchacho y Francesca debían de haber

sido muy jóvenes, y probablemente el chico habría recibido muchas presiones para dejarla. El dinero probablemente debía de haber sido para que se apartara de ella, para que se cambiase de universidad o algo así. De pronto, pensó que aquel Andy Sims estaría todavía enamorado de Francesca, y que la ruptura del matrimonio de ésta habría tenido relación con los sentimientos de la chica hacia él.

Había una dirección de Connecticut en el documen­to. Impulsivamente Tiffany miró el número de teléfono y llamó.

Una mujer que parecía de mediana edad atendió el teléfono.

‑¿Es la señora Sims?

‑Sí.

‑Estoy intentando ponerme en contacto con Andy Sims. ¿Vive todavía ahí?

‑No. ¿Quién lo llama?

‑Soy una amiga de la universidad ‑improvisó Tiffany‑. Estoy en los Estados Unidos. Vivo en Europa, y pensé que podría ponerme en contacto con él.

‑Bueno. Él vive en California ahora. Puedo darle su teléfono, si quiere.

‑Por favor, si es tan amable ‑Tiffany copió el número de teléfono‑. Perdone, ¿está casado Andy?

La mujer pareció sonreírse al contestar:

‑No, no está casado. Y de momento no tiene planes de hacerlo.

Tiffany, dio las gracias y colgó con una sonrisa en los labios, pensando que sería bonito que Francesca y Andy volvieran a estar juntos.

Pensó que la gente debía tener derecho a gobernar sus vidas, a cometer sus errores. Realmente tenía razones para odiar a Francesca, pero debía admitir que al principio le había caído bien. Y tal vez la chica tuviera una buena excusa para no quererla. Pensó que, si ella le decía algo de Andy, tal vez Francesca le estuviera agradecida y se ganase una amiga. Sería bonito tener una amiga, aunque fuera una Brodey.

Llamó a la oficina de Chris y le pidió a su secretaria el teléfono de Francesca, y el lugar y la hora de la cita que Chris tenía con su prima. Entonces, Tiffany llamó a Francesca y le dejó un mensaje a través de la amiga en cuya casa se hospedaba Francesca, pidiéndole que le dijera que la cita se adelantaba media hora.

Cuando Tiffany llegó al restaurante, Francesca ya estaba allí. A1 verla, se quedó estupefacta y le preguntó:

-¿Le ha pasado algo a Chris?

‑No, está bien. Quería hablar contigo antes de que llegase él.

-Entonces has sido tú quien cambió la hora de la cita, ¿verdad? ‑Francesca se inclinó para recoger su bolso -. ¡Lo que faltaba! Bueno, realmente yo no quiero hablar contigo.

-Deberías quedarte ‑le advirtió Tiffany‑. Quiero ayudarte.

-¿Ayudarme? ‑se rió, incrédula.

-Sí, ya ves. He sabido algo que puede ser muy importante para ti. Realmente creo que deberías quedarte y escucharme. Francesca achicó los ojos y preguntó:

‑¿Es algo que tiene que ver con Chris? o, contigo ‑le costaba empezar. No sabía cómo o en aquel momento, cara a cara con Francesca, la miraba con antagonismo.

-Oye... Tu matrimonio... ¿te casaste por despecho?

-¿Qué? ‑la miró furiosa.

-¿Estabas enamorada de otra persona? ¿De alguien a quien perdiste?

Francesca la miró. Por un instante, Tiffany pareció ver una mirada de tristeza en Francesca al recordar algo. Pero enseguida cambió su gesto por el de enfado.

‑¿De qué diablos estás hablando? ¿Y qué derecho tienes tú a hacerme semejante pregunta?

‑Sé que suena como que me he entrometido, pero una razón para hacerlo. Como te he dicho, quiero ayudarte.

-Yo no necesito ayuda ‑dijo Francesca enseguida, si tuviera miedo‑. Y menos de una desgraciada tú ‑con la mano, rechazó al camarero que acaba de ir a la mesa‑. ¿Cómo te atreves a meterte en mi vida? ¿Es que crees que la relación con Chris te da derecho a ello? Te colaste en nuestra fiesta, y tal vez te hayas colado en la vida de Chris, pero yo no dejaré que te cueles en mi vida ‑se inclinó hacia adelante y dijo‑: No veo la hora de que se le pase la obsesión que tiene contigo y que se dé cuenta de lo que eres realmente.

‑¿Obsesión? Es la segunda vez que me lo dices. Pero lo que...

‑Por supuesto que Chris está obsesionado contigo ‑la interrumpió‑. Se suponía que debía quedarse en Madeira un par de semanas más, pero acortó su visita para volver contigo. Su relación contigo está afectando incluso a su trabajo. Cuando llegué a Nueva York, en su oficina me dijeron que no había pasado por allí en toda la semana. No ha venido a verme, puso una excusa diciendo que no te encontrabas bien. Y ha cancelado varios viajes de negocios que se suponía que tenía que hacer en el último mes.

‑Era cierto. He estado enferma.

‑No lo creo. Chris no aguanta la enfermedad. Prefiere estar a kilómetros de alguien que está enfermo. Has sido tú quien lo apartó de mí a propósito.

Tiffany se estaba empezando a sentir molesta. Había ido allí por Francesca, y ésta le estaba diciendo un montón de cosas desagradables. Pero hizo un último intento.

‑Se trata de Andrew Sims.

Francesca bajó la mirada rápidamente, intentando ocultar el pánico y la vulnerabilidad que aquel nombre le había provocado.

Cuando la alzó, tenía un gesto inexpresivo, pero Tiffany no había podido ver sus manos apretadas en un puño.

‑¿Quién? No intentes cambiar de tema. Simplemente, aléjate de Chris. ¡Y sal de nuestras vidas!

-¡Ni siquiera se acordaba de su nombre!, pensó Tiffany. Francesca era demasiado egocéntrica como para recordar a los demás.

‑No hay nada que desee más en el mundo. ¡Tu fami­lia y tú sois. todos iguales, arrogantes, engreídos, parási­tos sin corazón! Para tu información, no veo la hora de alejarme de Chris! Porque lo odio tanto como a los otros Brodeys.

Tiffany había alzado la voz, y todos la estaban mirando. Se apartó de Francesca y estaba a punto de mar­charse cuando vio a Chris de pie, detrás de ella. Estaba rojo de furia.

‑Vete de aquí ‑le dijo, y luego se acercó a Francese se estaba poniendo en pie.

Tiffany dudó un momento. Pero luego se dio cuenta que no podía contarle a qué había ido, y se marchó del restaurante enfadada.

Mientras iba caminando por la calle Tiffany pensó pronto que ahora Chris querría abandonarla. Que la dejaría marchar. En realidad ella habría preferido que se separasen  por aburrimiento y no por enfado. Llamó a un taxi  y volvió al apartamento. Sacó su equipaje y empezaba hacer las maletas. Lo único que tenía era ropa. No tenía otros objetos personales. Ni libros, ni recuerdos, ni discos. Eso hubiera hecho de aquel lugar un hogar, pero no lo había sido. Ahora lo que quería era su  pasaje y las mil libras que Chris le había prometido se separasen.

Pensó que Chris volvería del restaurante al poco pero debió de quedarse con Francesca, porque no volvió. Tiffany lo esperó ansiosa. Se maldijo por querer a alguien, por haberse dejado llevar por el sentimentalismo. Que Francesca arruinase su vida, qué más le daba a ella. Llena de resentimiento, se sentó frente al ordenador de Chris, lo encendió y comenzó a escribir artículo acerca de los Brodey y sus sórdidos asuntos. Escribió los nombres, con fechas y todo tipo de detalles. No se había olvidado de nada.

Para ella, el escribir era una terapia. Cuando terminó el articulo se le había pasado prácticamente toda la rabia. Lo leyó y se rió sola, pensando el furor que causaría el artículo en los círculos elitistas donde se movían los Brodey, si alguien lo publicase, cosa que no ocurriría. Había salvado el documento mientras lo escribía, pero en esos momentos decidió borrarlo. De pronto, oyó la llave de Chris en la puerta y no le dio tiempo más que a apagar el ordenador rápidamente y .ponerse en pie.

Cuando él entró, estaba de pie, en medio de la habitación, con las maletas a sus pies, preparada para ser el blanco de la furia de Chris.

Chris miró las maletas primero. Luego alzó la vista.

¿Adónde diablos vas? ‑le preguntó.

‑Supongo que estarás cansado de mí, así que me marcho.

‑¿Es por eso por lo que has hecho esto... para ponerme furioso y que te diga que te marches?

‑¿Acaso importa, si eso es lo que ha logrado?

Él se acercó y le sujetó el brazo.

‑¡Sí, importa! ¿Por qué lo has hecho?

No le iba a decir la verdad. No le iba a demostrar el sentimentalismo que había aflorado en ella y que le había hecho ir a hablar con Francesca. Así que se quedó en silencio.

Él la agitó.

‑Te crees lista, ¿verdad? ¡Haciendo una escena con Francesca, gritando mi nombre para que lo oiga todo el mundo... !

Ella no había querido que fuera así, no había querido causar su enfado, pero no dijo nada más que:

‑Dame mi dinero y me iré.

‑¿El dinero? ¡Eso es todo lo que te interesa! ¡Es la única razón por la que estás aquí!

‑Me has prometido que me darías mil libras cuando nos separásemos ‑insistió Tiffany.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El  rió cínicamente.

-Pero no nos vamos a separar. Porque todavía no he terminado  contigo. Si crees que puedes hacer que te marches, te equivocas. lo miró, asombrada.

‑¿Quieres que me quede? ‑preguntó con la boca

‑Sí ‑la miró de arriba abajo‑. Para esto - entonces la alzó y la llevó al dormitorio.

-Más tarde, cuando Chris se había ido a la oficina y estaba en la cama, recordó la acusación de Chris de ella sólo estaba allí por dinero. Era cierto que él le el dinero que necesitaba diariamente y para ropa, rara vez le pedía para algo más. Nunca le había he­ un regalo de esos que se suponía que se les hacía a

queridas: joyas o un coche deportivo. No tenía derecho a echarle en cara lo del dinero.

Realmente, el sexo con él siempre era muy placentero - pensó. Mientras Chris disfrutase con ella de aquel no la dejaría marchar.‑ Aquella noche volvió del trabajo un poco retraído, no volvió a hablar de Francesca. Tenía miedo de nombrara Andy Sims hubiera despertado el recuerde Francesca y ésta le hubiera preguntado a Chris cómo se había enterado ella de aquel nombre.

Pero Chris no le dijo nada al respecto. Simplemente sugirió la idea de que pidieran una pizza.

Dos días más tarde, Tiffany recibió una carta. Aparte una carta de Isabel, ella jamás había recibido correspondencia, por lo que se extrañó al verla.

Enseguida, vio que era de la revista a la que había

enviado el artículo humorístico. Abrió el sobre, entusiasmada, y al leer la carta se enteró de que su artículo había sido aceptado. ¡Adjunto a la carta había un cheque de quinientos dólares!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tiffany se pasó toda la mañana pensando qué haría  con el dinero. Su primer pensamiento fue comprar un billete de avión a Inglaterra. Pero no tenía el pasaporte. Podía irse a otro sitio de Estados Unidos, en tren o autobús. Dejó volar la imaginación. Pero enseguida la asaltó la realidad. Con quinientos dólares no podría hacer mucho. Podría comprar algún regalo para alguien, pero sólo podía ser para Chris, y además podía imaginar su reacción en ese caso.

Lo primero que hizo fue ir al banco a cobrar el cheque.

De pronto, se le ocurrió una idea.

Cuando Chris llegó a casa, encontró un sendero de billetes que llevaban al dormitorio y a la cama, donde había dejado desparramados el resto de billetes. Tiffany estaba sentada en una silla, vestida y con los brazos cruzados.

‑¿Qué es esto? ‑le preguntó asombrado.

‑Es tu, paga.

‑¿Mi qué?

‑Ya metas oído. Es tu paga, por tus servicios sexuales. Así que note quedes ahí sin hacer nada. Quítate la ropa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 7

CHRIS la miró.

‑¿Te he escuchado bien?

‑¿Tienes algún problema de oído?

‑Sabes que no.

‑Entonces me has escuchado bien. Pero para que totalmente claro... Ahora te pago yo para que hagas lo que yo quiera. Y quiero estar sentada mirando te desnudas.

-¿Qué clase de juego es éste?

-¿Crees que es un juego? Tal vez, sí. Un juego para excitarse. El tipo de juego que te gusta jugar conmigo como si yo fuera un juguete. Sólo que ahora me toca a mí jugar. Y tú eres el juguete añadió fríamente.

-Chris se cruzó de brazos, y sonrió de medió lado.

-¿Y qué pasa si no quiero jugar a tu juego?

‑No tienes alternativa. Si no lo haces, no cobras, no tendrás comida, ni ropa, te echaré. ¿Qué te parece?

‑Él frunció el ceño. Luego le preguntó:

-¿De dónde has sacado el dinero?

‑¡Oh! No te preocupes, es mío. Lo he ganado.

-¿Ganado? ¿Cómo? ‑preguntó, desconfiado.

No como tú piensas ‑contestó ella con desprecio.

‑He escrito un artículo para una revista. Me pagaron quinientos dólares. Y he decidido gastarlos de este modo.

-¿Has escrito un artículo para una revista? dijo él sorprendido‑. ¿Sobre qué?

-Eso no te importa. Lo que importa es que tengo dinero para pagar tus servicios. Y quinientos dólares no está mal. ¿Así que por qué no empiezas? ¿O quieres música suave y luces tenues? Tú no sueles molestarte en eso, pero quiero que la primera vez que te utilice sea especial.

‑¿Realmente me odias tanto?          ‑

‑Sí.

Él se quedó mirándola un momento. Luego, se fue de la habitación.

‑¡Cobarde! ‑le gritó ella.

Él se detuvo y la miró.

‑¡Ven y verás cómo te sientes! ¡Ven y averigua por qué te odio!

Chris entró lentamente a la habitación.

‑¡Hazlo! ¡Ahora! ‑gritó Tiffany.

Después de un momento, como si lo hiciera en contra de su voluntad, empezó a aflojarse la corbata.

Quería que él se diera cuenta de qué se sentía al ser un objeto sexual.

Pero no había resultado exactamente como ella había pensado. Sentía cierta culpa por haberle llamado «cobarde» por no atreverse a hacerlo.

Pero Chris no parecía sentirse humillado como se había sentido ella.

Al contrario parecía mirarla con ironía. Y no dejaba de mirarla, como si fuera ella quien se estuviera desvistiendo en lugar de él.

Ella había visto el cuerpo desnudo de Chris muchas veces pero el que se fuera desvistiendo lentamente la estaba excitando. Sintió la boca seca, los pechos erectos. Se sintió un voyeur.

Chris se desnudó completamente y no pareció avergonzarse.

‑Ahora métete en la cama.

‑¿Encima del dinero?

Ella lo miró.

‑Sí, encima del dinero. Te quiero ahí, con el dinero, es de donde vienes.

‑Ella pensó que él iba a desobedecer, pero se equivocó.

Se echó en la cama. Ella se quitó la ropa, pero Chris  estaba mirando el techo, ignorándola.  Ella se arrodilló al lado de él en la cama, y alargó la para tocarlo, como tantas veces él la había tocado a ella, acariciando su piel, con caricias íntimas. Él no la tocó, sólo se echó y dejó que ella lo hiciera.

-Tiffany había planeado cuidadosamente lo que iba a hacer después. Iba a excitarlo, y luego lo iba a mandar el diablo.

La primera parte de su plan fue todo un éxito. Él gemía de placer.

-Me deseas, ¿verdad? ‑dijo ella suavemente, con las Manos aún ocupadas en su cuerpo.

Él había cerrado los ojos; en ese momento, los abrió y la miró, pero no le contestó.

-Bueno, tendrás que contentarte con esto, ¡porque yo no te deseó! ‑y con una, risa de triunfo, ella se giró para apartarse de la cama.

Chris se levantó con un solo movimiento y la sujetó por la cintura.

‑¡Oh, sí! ¡Lo harás! ¡Bien que lo harás! ‑exclamó él, echándola a su lado.

Ella se resistió, rodaron por la cama, pero finalmente ella se rindió. Estaba excitada. Sabía que en el fondo aquello era lo que había estado deseando todo el tiempos..

Generalmente, después de hacer el amor, Chris la abrazaba fuertemente hasta que ella lo apartaba. Pero aquella noche él no la abrazó. Simplemente se levantó y fue a ducharse.

Tiffany se sentó en la cama. Miró los dólares esparcidos por la cama. ¿Qué haría con ellos ahora? En realidad, no le había salido bien el juego. Porque había sido ella quien se había sentido humillada, y no Chris. Nuevamente su cuerpo la había traicionado.

Tiffany se quedó pensativa un rato. Luego, se puso el albornoz, comenzó a recoger el dinero y lo metió en su bolso. Lo odiaba. Sentía ganas de llorar.

Oyó a lo lejos la sirena de una ambulancia. Había mucha gente cuyos problemas eran peores que los de ella. De pronto, se le ocurrió una idea: dar el dinero a la gente que lo necesitaba.

Chris volvió al dormitorio.

‑Date prisa, vístete. Quiero salir a comer algo.

Ella se acercó a él, alzó una mano como para pedirle disculpas, pero él estaba de espaldas, y ella volvió a bajarla, y lo obedeció.

Su relación cambió desde aquel día. Dormían juntos, salían a comer, y a veces salían con los amigos de Chris. Incluso la llevó a varios viajes de negocios. Pero él había cambiado. Se le veía menos relajado. Parecía estar en guardia todo el tiempo, cuidando sus propias palabras y acciones.

La tensión había crecido entre ellos, de manera que era un alivio quedarse sola, cuando él se iba a la oficina. Pero Tiffany se encontró esperándolo, expectante, a ver si volvía a ser como antes. Solían hablar acerca de muchas cosas, de las noticias, incluso discutían acaloradamente cuando sus puntos de vista eran diferentes. Ahora, en cambio, no hablaban prácticamente. Chris ponía la televisión en cuanto llegaba.

Tiffany sabía que debía alegrarse, pero le costaba aguantar aquella atmósfera tensa, aquella sensación de ser enemigos todo el tiempo. Sólo en la cama parecían acercarse el uno al otro, pero incluso allí no era lo mismo. Chris ya no intentaba besarla, y siempre se marchaba o se daba la vuelta cuando terminaban. Ya no le murmuraba palabras en portugués, ni la abrazaba. Por las mañanas se levantaba y la dejaba en la cama, en lugar de hacerla levantarse para que desayunase con él, como solía hacer antes. A ella no le importaba, por supuesto. Pero no dormía bien por la noche. Y tenía dolores de cabeza durante el día.

Una semana más tarde, después de que Chris se hubiera marchado al trabajo, apareció Calum durante la mañana. Chris no le había dicho que Calum iría a Nueva York, pero éste se había pasado los dos últimos días prácticamente en la oficina, y una noche había salido solo. Calum no la había llamado antes, simplemente se había pasado por allí. Cuando Tiffany lo vio, se quedó helada. Ella sospechó que su presencia no podía llevarle nada bueno, y había querido cerrar la puerta inmediatamente, pero Calum había interpuesto su hombro para que no la cerrase. Luego había entrado.

‑Hola, Calum ‑dijo ella‑. Pasa. ¿Quieres? ‑agregó irónicamente.

Calum miró el apartamento, luego la miró y le dijo

-Bueno, por lo menos no has hecho cambios piso, con detalles femeninos.

-¿Quieres decir que no lo he estropeado?‑contestó ella fríamente‑. Chris no está  , si has a verlo.

‑No, no he venido a verlo. Sé dónde está ‑se sentó en el sofá‑. Es a ti a quien vengo a ver.

Tiffany pensó que debía ce haber imagino que iría a verla. Francesca debía de haber ido a verlo y posiblemente él habría supuesto que había mirado en la caja fuerte. ¿Se lo habría dicho a Chris?

‑¿Qué quieres?

‑¿No te encuentras bien? ‑le preguntó Calum al verla ojerosa y pálida.

Ella no era consciente de su aspecto, y se sorprendió de su pregunta.

‑No, estoy bien. Gracias.

‑Seguramente sabes a qué he venido. Todos pensamos que a estas alturas Chris ya no estaría interesado en ti...

‑¿Te refieres a que ya se habría hartado de mí y me habría echado a la calle?

‑Sí. Nosotros, su familia, estamos preocupados por él. Queremos que haga una vida normal.

‑¿Una vida normal?

‑Es hora de que siente cabeza y se estabilice. De que busque una esposa.

‑Chris tiene fama de mujeriego. Supongo que tú preferirás eso a que esté conmigo.

‑Tú no eres buena para él, Tiffany. Si realmente te importa Chris...

‑No me importa.

‑¡O sea que sólo estás con él por el dinero!

‑¿Por qué otra cosa iba a ser? ¿Para qué otra cosa sirve tu familia? ‑agregó, de manera insultante.

Los ojos de Calum echaron fuego, pero respondió suavemente.

‑Estoy dispuesto a pagarte cincuenta mil dólares si lo dejas, y te mantienes alejada de él.

Tiffany recibió aquellas palabras como un golpe. ¿Cómo se atrevía a insultarla de ese modo? ¿Cómo era capaz de pensar que podría aceptar?

‑No, gracias ‑contestó con una sonrisa fría.

‑No estoy aquí para regatear, Tiffany.

‑Yo tampoco.

‑¿Qué quieres?

‑¿De ti? Nada.

Después de un momento de duda, Calum dijo.

‑De acuerdo, te doy sesenta mil dólares ‑abrió su maletín y sacó un documento escrito a máquina.

Tiffany sonrió por dentro, sabiendo lo que pondría el documento.

‑A cambio deberás firmar este documento, en el que pone que no volverás a molestar a Chris ‑Calum le extendió el documento, pero Tiffany no se molestó ni en mirarlo.

‑No me interesa.

‑Si piensas que puedes convencer a Chris de que se case contigo, te puedo asegurar que estás equivocada. Puede ser que esté encaprichado de momento, pero es lo suficientemente listo como para saber que no durará, y que tú no serás bienvenida en nuestra familia. Así que será mejor que aceptes el dinero que te ofrezco.

Tiffany pensó que seguramente no le habría hecho aquella oferta de no haber pensado que Chris podría comprometerse con ella definitivamente. Pero no comprendía por qué pensaba aquello. Tal vez, a los ojos de los demás, aquella relación posesiva que Chris tenía con ella podría confundirse con otra cosa.

Aquello era irónico. Ella supuestamente quería dejar a Chris, Calum le estaba ofreciendo el dinero para poder luhacerlo, y seguramente sabría la combinación de la caja fuerte para conseguir su pasaporte, pero había algo que la retenía...

‑No voy a aceptar tu dinero. No me voy a marchar ‑contestó ella.

‑Si crees que puedes forzarme a subir el precio... Te equivocas. Ésta es mi última oferta.

‑Ya te he dicho que no.

‑Puedo hacerte la vida muy desagradable, Tiffany. Será mejor que aceptes el dinero.

‑No, gracias. Y por favor, no me amenaces. Si me haces daño a mí, va a ser Chris quien salga perjudicado por ello. Y estoy segura de que no querrás que sea así.

‑¿Y ahora quién está amenazando? Vas a arrepentirte, Tiffany. Recuerda que Chris puede cansarse de ti y puede echarte en cualquier momento.

‑Quizás.

‑Entonces, ¿por qué te arriesgas a ello? ¿Por qué no aceptas el dinero que te estoy ofreciendo y te marchas ahora mismo?

‑Tal vez se case conmigo ‑alijo ella, para molestarlo.

Calum la miró con desprecio.

‑¿Te casarías con un hombre al que no amas sólo por dinero?

‑¡Estoy harta de vivir el día a día! Quiero tener un futuro. ¿Sabes cuál sería el lujo más grande de mi vida? Saber que voy a estar en el mismo lugar durante cinco años, diez años. Saber que... ‑se interrumpió y se rió cínicamente‑. Aunque se me ocurre que tú no puedes comprenderlo. Vosotros, los Brodey, estáis en vuestra torre de marfil...

Calum la miró un momento. Luego le dijo:

‑Eres una chica extraña, Tiffany. Casi deseo... ‑luego endureció nuevamente el gesto‑. Aquí tienes mi tarjeta. Puedes contactar conmigo en este teléfono o dejarme un mensaje. Si decides aceptar mi oferta, llámame. Pero será mejor que te decidas pronto, porque no la voy a mantener indefinidamente.

Ella no aceptó la tarjeta, así que Calum se la metió en el bolsillo de su blusa, rozándole el pecho al hacerlo.

Ella se puso furiosa y le dijo:

‑¡Vete, Calum! ¡Vete!

Calum se sorprendió por su reacción.

Tiffany se quedó confusa y nerviosa. Pensó en cuánto odiaba a los Brodey. Se hizo una taza de café, y se sintió desgraciada. Pasó un rato hasta que se dio cuenta de que podría haber amenazado seriamente a Calum, que tenía guardada una carta importante para manejar la situación. Pero no estaba tan desesperada como para sacar los trapos sucios de los Brodey.

También le asombró que Calum no le hubiera mencionado el tema de Francesca y Andrew Sims.

Cuando Chris volvió de trabajar, no comentó nada de que Calum estuviera en Nueva York. Tal vez tuvieran problemas entro ellos.

Se sentía cansada y sola. Casi deseaba que Chris le hablase como solía hacerlo antes.

Al paso que iban, Calum no habría necesitado ofrecerle nada para alejarla de él. Al parecer Chris se estaba alejando solo.

Tiffany no durmió bien aquella noche. Se levantó de la cama pero no encendió las luces. Se sentó en la oscuridad preguntándose qué haría cuando Chris se cansara de ella.

La puerta del dormitorio se abrió de repente.

Chris encendió las luces que ella no había querido encender.

‑¿Qué estás haciendo levantada?

‑No podía dormirme. No quería molestarte.

‑Vuelve a la cama ‑le dijo él, acercándose a ella.

Tiffany extendió las manos para que él las tomase. No supo por qué lo hizo. Chris se las tomó y ella le rodeó el cuello con los brazos. Notó que Chris estaba tenso, y entonces la besó el cuello. Hacía dos días que no hacían el anxn: Debía de desearla en aquel momento. Chris la dejó en la cama y fue a apagar las luces. Cuando volvió, se quedó mirándola un momento. Entonces, ella volvió a extender los brazos hacia él.

Chris la miró, frunció el ceño y dijo:

‑¿Tiffany?

Ella no contestó, sólo lo miró.

Él suspiró de forma extraña y luego se echó al lado de ella y la tomó en brazos.

Ella estaba dormida cuando él se marchó a la mañana siguiente. Pero cuando se despertó, se sintió mal nuevamente y tuvo que correr al baño. Más tarde, cuando se volvió a sentir mareada al ver el desayuno, se le ocurrió ir a buscar su agenda y mirar el calendario. Se quedó preocupada. Sus periodos no eran regulares. ¡Pero hacía dos meses que no lo tenía!

Era imposible. ¡Tomaba la píldora! Tal vez se hubiera olvidado de anotar el último periodo. Tiffany intentó hacer memoria. Entonces recordó que cuando había estado enferma y la había visto el médico, le había recomendado no tomar ninguna otra medicina mientras tomase los antibióticos, y que entonces había dejado de tomar la píldora. La había vuelto a tomar enseguida, por supuesto, pero seguramente habría tenido menos efecto durante algunos días. Debía de haber sido entonces.

Tiffany se quedó mirando el desayuno, abstraída totalmente.

Buscó culpables para la situación, pero no tenía sentido. Ahora tenía que enfrentarse a la situación y pensar qué hacía. Lo primero era asegurarse de que estuviera embarazada.

Sabía que Chris se pondría furioso. Que pensaría que lo había hecho a propósito para atraparlo y hacer que se casara con ella.

Se dio cuenta de que su vida era un desastre, lo había sido y siempre lo seria. Era como su madre; no era buena para, sí misma, ni buena para ninguna otra persona.

Intentó no despertar los recuerdos. Se vistió y salió a hacerse una prueba de embarazo en algún lugar discreto.

Al rato estaba en un parque al borde de un ataque de histeria. No tenía dinero para hacerse la prueba. ¡Y pensar que había dado quinientos dólares hacía unos días! Lo único que podía hacer era esperar a que Chris le diera dinero. Pero tardaría en hacerlo, puesto que creería que todavía le quedaba dinero de lo que le habían pagado.

Pero había una cosa de la que estaba segura: daba igual cuál fuera el resultado del test de embarazo, ni lo mal que se encontrase. Debía ocultárselo a Chris. No quería que la acusara de querer tenderle una trampa.

Sonrió tristemente. Calum también pensaría que lo había hecho a propósito.

Había pensado pedirle dinero a Chris, pero aquella tarde, al volver, encontró un mensaje suyo en el que le decía que no iría a casa hasta tarde. ¿Habría quedado con Calum? ¿O con otra mujer? Esperaba que fuera lo segundo. Así ella podría salir de su vida antes de que se enterara de lo ocurrido. Pero la idea de Chris con otra mujer en la cama de ellos...le disgustó. ¿Desde cuándo era la cama de ellos? Se trataba de la cama de Chris. No tenía nada que ver con ella.

Se sentía extraña, molesta por aquellos sentimientos que tardó en reconocer como celos.

Cuando él volvió, se hizo la dormida. Y también por la mañana, hasta que Chris se fue y ella ya no necesitó disimular las náuseas.

El día se le hizo largo, pero al volver Chris estaba más alegre que otras veces. Le había dado un beso en la mejilla y le había dicho que estaba muy atractiva. Ella se sorprendió de su cambio, pero luego se dio cuenta de que debía de tener relación con la actitud cariñosa que ella había tenido hacia él la última noche que habían dormido juntos.

Tiffany no sabía si alegrarse o no. Para ella hacía años desde aquella noche. Estaba demasiado preocupada y no podía aceptar relajadamente aquel cambio.

En su afán de disimular su preocupación Tiffany actuó animosamente y tuvo un comportamiento aparentemente alegre durante la cena, en su restaurante favorito, fingiendo sentirse muy bien como tantas otras veces. Eso agradó a Chris. Se le veía feliz, y se rió mucho en su compañía. Así que tal vez no hubiera otra mujer, pensó ella. El alivio que había sentido al pensarlo le había servido para darse cuenta de que definitivamente había estado celosa.

¿Y por qué estaba celosa, si lo odiaba?

Chris le estaba contando sus planes acerca de un viaje de negocios a México para ellos dos. A él le gustaba que Tiffany le prestase atención, así que ella decidió

 

Capítulo 8

PASARON varias horas hasta que Tiffany volvió al apartamento. Había estado sentada en un banco de Central Park, alejada totalmente de la gente que la rodeaba, pensando en la cara de enfado de Chris. Seguramente pensaría que lo había hecho a propósito.

No había manera de que Chris la creyera. Y esperaba que ella se deshiciera del niño. Pero ella no había pensado hacerlo ni por un instante. Desde el momento en que se había enterado de que estaba embarazada, había sentido que se había hecho un pequeño milagro dentro de ella, y lo había recibido con alegría. Sería completamente suyo. Dependería de ella, la necesitaría.. Se puso una mano en el vientre, esperando que el niño sintiera el amor a través de ella. Pero no debía dejar que Chris se enterase de que ella pensaba conservarlo.

Sintió pánico al pensar que él podría obligarla a abortar, hacerle la vida imposible hasta que ella accediera. Debía evitarlo por todos los medios, y ello significaba tener que abandonar a Chris.

Cerró los ojos apenada. Dejar a Chris ahora que se había dado cuenta de que estaba enamorada de él sería muy difícil para ella.

¡Cómo habían cambiado las cosas! Pensar que hasta hacía poco quería deshacerse de él... Ahora sabía que lo echaría terriblemente de menos. Pero tendría a su hijo

Pensó de qué manera podría abandonarlo sin que se enterase de que se iba a quedar con el bebé.

Al final, la respuesta fue muy simple.

Dejó pasar unas hora para volver al apartamento.

Su aspecto podía dar credibilidad a lo que pensaba decir. Estaba muy pálida y parecía enferma

Chris la estaba esperando. Cuando llegó, él dijo:

‑¿Dónde diablos te habías metido?

Tiffany fue a beber agua fresca a la cocina.

Chris le sujetó el brazo cuando ella dejó el vaso.

‑Te he preguntado dónde has estado todo el día...

‑He estado ... rectificando la situación.

Él la miró.

‑¿Qué quiere decir eso?

Tiffany no contestó directamente. Se quitó un mechón de pelo de la frente y dijo:

‑Estoy de acuerdo contigo, Chris_ Me marcho ‑intentó apartarse, pero él se lo impidió.

‑Tú no te vas a ninguna parte hasta que yo lo diga. Y ahora, dime, ¿qué has querido decir? ¿Dónde has estado? .

‑Creí que era obvio. He hecho lo que tú querías que hiciera.

‑¿Qué quería yo que hicieras? ‑Chris le.soltó el brazo, y la miró fijamente‑. ¿Qué has hecho?

‑Tú has dicho que había una sola cosa que se podía hacer, así que la hice. Fui nuevamente a la clínica y aborté. Te enviarán la factura ‑agregó con amargura.

Chris se quedó estupefacto.

‑¡No! ‑exclamó con un grito de desesperación.

Levantó la mano como si fuera a pegarle, y ella se apartó instintivamente. Luego se quedó mirándolo sin poder creerlo. Chris bajó la mano, recuperando el control. Estaba furioso, y necesitaba desahogar la amargura. Entonces, de pronto se apartó de ella y fue al dormitorio.

Tiffany se quedó donde estaba. Evidentemente le había entendido mal; él no quería deshacerse de su bebé.

Le llevó un rato darse cuenta de lo que eso significaba De pronto fue consciente de los ruidos que provenían del dormitorio. Fue hasta allí.

Sus maletas estaban abiertas encima de la cama, y Chris estaba metiendo en ellas su ropa violentamente, con perchas y todo. Zapatos, trajes de seda, el vestido que había usado en el baile de los Brodey, todo... Luego se fue al cuarto de baño y volvió con sus cosas: perfumes, cremas, maquillaje...

Tiffany lo miró sin poder creerlo. Chris cerró las maletas, las recogió y las llevó a la habitación principal, llevándose por delante‑todo lo que había a su paso. Cuando ella intentó detenerlo, él la apartó. Dejó las maletas al lado de la puerta, fue al teléfono y pidió un taxi. Luego, fue a la caja fuerte, la abrió, sacó su pasaporte y un fajo de billetes. Se los tiró furioso y dijo:

‑¡Y ahora vete! ¡Vete de aquí!

Tiffany los rechazó y dijo:

‑Chris, por favor, escúchame. Yo...

Pero él se los metió en la blusa, haciéndole daño con el pasaporte, luego la sujetó por los hombros y la sacudió diciéndole:

‑¡Desgraciada! ¡Perra cruel! ¿Cómo has podido hacerlo? ¡Quedarte embarazada a propósito y luego, cuando has visto que no conseguías nada, irte y deshacerte del niño!

Ella intentó hablar, pero él la volvió a sacudir, y dijo furioso:

‑Tendrías que haber esperado. Tendrías que haber oído mi opinión. Porque yo no hubiera permitido que abortaras. Pero tú no pensabas lo mismo, ¿no? Lo has hecho para atraparme, y cuando has creído que no funcionaba...

‑¡Por favor, Chris, no! Yo no... ‑gritó ella, pero él no la dejó terminar.

‑De acuerdo. Quizás no lo hayas hecho deliberadamente, pero de todos modos lo has utilizado, porque para ti era sólo parte del juego. ¿Es que no te das cuenta de que es un niño lo que has destruido? ¿Nuestro niño? ¿No significaba nada para ti?

De pronto él se rió amargamente y continuó:

‑Claro que para ti no era nada. Porque a ti no te importa nadie más que tú. No sabrías cómo amar a una criatura, cómo amar a otro ser humano... ¡Eres una desgraciada sin corazón! Calum y Francesca tenían razón acerca de ti: lo único que te interesa es el dinero.

-Eso no es verdad. Yo...

Llamaron al telefonillo. Chris fue a atenderlo y dijo.

‑Enseguida baja –Chris recogió su bolso, se lo dio y abrió la puerta.

-Chris; ¿quieres escucharme, por favor? ‑dijo ella desesperadamente.

Pero él ya había recogido las maletas y empezaba a bajar las escaleras de dos en dos peldaños, demasiado impaciente para esperar el ascensor.

Tiffany corrió tras él, el pasaporte se le cayó de la blusa y tuvo que agacharse a recogerlo; y en el movimiento casi se cayó. Cuando por fin lo alcanzó, él estaba poniendo las maletas en el taxi. Ella le sujetó el brazo y dijo firmemente:

‑¡Chris, tienes que escucharme. Vas a arrepentirte si no lo haces!

Pero él le contestó:

‑De lo que me arrepiento es de haberme enamorado de ti, pero tú ni siquiera te has dado cuenta. Y si te hubieras quedado con el bebé, incluso me habría casado contigo ‑se rió amargamente‑. Podrías haberlo tenido todo, Tiffany, más dinero del que te hubiera hecho falta jamás. ¡Piénsalo cuando vuelvas a estar sin un céntimo!

-le sujetó el brazo y la metió en el taxi. Luego, cerró la puerta de un portazo‑.

Llévela al aeropuerto, lo más rápidamente que pueda.

‑¡Eh, señorita!

Tiffany, absorta en sus pensamientos, de pronto se dio cuenta de que el taxista le estaba hablando.

‑¿Sí?

‑Si yo estuviera en su lugar, no andaría por ahí con ese fajo de billetes saliéndosele por el escote.

‑¿Qué? ‑Tiffany miró hacia abajo‑. ¡Oh, sí, claro! ‑sacó el dinero de la blusa y lo metió en el bolso con el pasaporte.

‑Parece que ha tenido una pelea con su marido, ¿verdad?

‑No. ¿Adónde se dirige?

‑Ha dicho que la lleve al aeropuerto. ¿Es allí donde quiere ir?

Tiffany pensó que su vida siempre terminaba siendo un desastre.

‑Me parece un sitio tan bueno como cualquier otro.

El taxista se rió e intentó hacer que le contase qué había pasado, pero como ella sólo decía que sí o que no con la cabeza, dejó de preguntarle.

En el aeropuerto lo primero que hizo fue mirar los vuelos a Inglaterra. Chris no la escucharía jamás, ni la creería aunque la escuchase. Así que no tenía sentido quedarse. Lo mejor sería volver a casa. Pero su casa estaba donde estaba su corazón, con Chris. Así que daba igual dónde fuera. Anduvo de un lado a otro, leyendo los carteles anunciando vuelos. Había un vuelo que salla a las dos horas, no a Londres, sino a Lisboa. ¿Y por qué no?, pensó. ¿Por qué iba a aguantar un Londres lluvioso y frío cuando podía ir a Portugal? Y era más barato para vivir que Inglaterra. Tal vez pudiera conseguir un piso en Oporto. Quizás, incluso, pudiera ver a Chris allí.

 

Era el día de la carrera de barcos rabelo. Todo el pueblo de Oporto estaba reunido a lo largo del río Duero para mirar: Los barcos estaban reunidos en el puerto, con sus velas blancas, todos con los nombres de las casas a las que pertenecían. Llevaban varios barriles de vino, los mismos barriles que algún día habían navegado por los rápidos, desde las quintas, en la región del Alto Duero. Aquel día sin embargo había diques y prosaicas esclusas. Un barco a motor llevaba ala Cofradía del Vino de Oporto desde el muelle, donde terminaba la carrera, río abajo hasta el comienzo de la misma. La integraban las autoridades; sus miembros iban vestidos con sombreros medievales

‑Sonó una sirena que anunciaba el comienzo, los fuegos artificiales se desplegaron en el cielo, y los barcos izaron frenéticamente sus velas.

Los barcos salieron empujados por el viento hacia la ciudad. El público los animaba.

‑¿Los ves? ‑preguntó Tiffany a Isabel, que estaba mirando por encima de la pared que bordeaba el río.

‑¡No! ‑la chica se inclinó más‑. ¡Ahora, sí! ¡Veo una vela!‑exclamó entusiasmada la chica.

‑¿Quién es? ¿Es Brodey? ‑Tiffany miró, entusiasmada como todos.

‑No, es Sandeman. Pero ahora hay dos más. No veo... Uno es Croft... ‑se movió para mirar mejor, excitada dijo‑: Sí, el otro es Brodey.

‑¿Dónde? Déjame ver... ¡Oh, sí! ¡Venga! ¡Venga! ‑gritó Tiffany entusiasmada.

En aquel momento se veían todos los barcos. Estaban bajando hacia la meta. Detrás de los ganadores había dos barcos que se chocaron y habían tenido que ser apartados con un gancho. Los ganadores se estaban cerrando el paso uno a otro. Entonces el barco de Sandeman intentó acortar camino a través del río para sacar provecho de la corriente, pero fue bañado por el remolino de un barco a motor. El barco de Brodey aprovechó el hueco y lo adelantó.

El barco de Brodey se veía perfectamente en ese momento, y Tiffany, gritando entre la gente, estiró la cabeza todo lo que pudo para verlo. Incluso se veían los marineros con sus uniformes, y al primero que reconoció fue a Calum. Tiffany dejó de gritar y miró. Reconoció también a Lennox, y le pareció ver a Sam Gallagher. ¿Qué diablos estaba haciendo allí?

El barco se acercó más, compitiendo de cerca con los barcos de Croft y de Sandeman, a punto de ganar. Ahora se podía distinguir perfectamente al timonel, ¡y era Chris!

‑¡Brodey! ¡Brodey! ‑gritó Isabel, excitada.

Chris debió de oírla y miró hacia ellos. Tiffany no pudo esconderse. Se miraron un instante, y el gesto de Chris se tensó. Comenzó a erguirse, olvidándose de lo que estaba haciendo, ¡y el barco se chocó contra el muelle!

Hubo un suspiro de, horror entre el público. Tiffany se alarmó doblemente porque entonces Chris, después de gritar algo a Calum, se apartó y salió del barco por una escalerilla en la pared del muelle. Luego, se abrió camino entre la multitud y se dirigió hacia ella.

Tiffany tenía una mezcla de sentimientos, entre la esperanza y la consternación. ¿La había echado tanto de menos como para querer volver a verla? ¿O estaba furioso porque la había encontrado en «su territorio»? Fuese como fuese, no quería enfrentarse a él delante de toda esa gente. Se dio vuelta hacia Isabel y le dijo:

‑¡Vayámonos de aquí! ¡Rápido!

Isabel reaccionó enseguida al ruego de su amiga, y empezó a pedir paso entre la gente, diciendo que su amiga estaba mareada. La gente las dei pasar. Después dé pasar por entre la multitud, empezaron a andar deprisa hacia lo alto de la ciudad. Pero Chris les dio alcance.

‑Quiero hablar unas palabras contigo ‑le dijo.

Empezó a llevarla hacia el muelle, pero en ese momento Isabel se interpuso entre ellos y le dijo:

‑Déjala tranquila. Ya le has causado bastantes problemas.

‑Ni la mitad de los que voy a causar ‑dijo Chris mirando a Tiffany con ojos amenazantes. Luego, miró a Isabel, que se había interpuesto entre ambos‑. ¿Quién eres tú?

‑Ésta es mi amiga... ‑empezó a decir Tiffany,  pero Isabel la fió antes de que pudiera ser presentada.

‑Sí, su amiga. La que vivía con ella cuando tú hiciste que la echaran de la pensión para que no tuviera dónde ir. Y no voy a permitir que vuelvas a hacerle daño. Si intentas llevártela, gritaré y chillaré ‑Isabel se quedó de pie, con los brazos en jarras, mirando a Chris con hostilidad.

Chris la miró asombrado, pero no soltó a Tiffany.

‑Mira, no sé de qué estás hablando, pero quiero hablar con esta mujer, y de ninguna manera puedes impedírmelo.

Isabel estaba demasiado enfadada como para protestar en inglés, pero Tiffany le puso una mano en el brazo, para que se calmase y le dijo:

‑Está bien, Isabel. No me hará daño ‑aunque no estaba del todo segura.

‑No voy a dejarte marchar con él ‑declaró Isabel, y se dio la vuelta para seguir discutiendo, pero entonces apareció un coche al lado de ellos y Calum se bajó d él.

‑¡O sea que la has encontrado! Bien, métela en el coche.

 

Tiffany se echó hacia atrás, confusa y con miedo. No podía ser que el solo hecho de que ella estuviera en Oporto les provocase tanta rabia.

Había una sola forma de saber qué querían. Por otra parte, parecían capaces de usar la fuerza si se negaba, así que dijo con dignidad:

‑Si quieres hablar conmigo, sólo tienes que pedírmelo.

‑Entra en el coche, entonces ‑dijo Calum.

‑¿Dónde vamos?

‑A un sitio donde podamos hablar en privado.

Tiffany miró de uno a otro hombre. Tenían un gesto tan hostil, que ella sintió que iba perdiendo coraje.

‑Quiero que Isabel venga conmigo. Si no, tendrás que hablar conmigo ahora mismo.

Calum pareció a punto de discutir, pero Chris dijo:

‑De acuerdo. Vamos ‑y abrió la puerta del coche para que las muchachas entrasen.

Cuando los cuatro estaban en el coche, Chris dijo:

‑No podemos llevarlas a la bodega. Allí van a ir to­dos a celebrar la carrera. Tendrá que ser en la casa.

‑No. Es muy lejos ‑dijo Calum‑. El apartamento para invitados está más cerca. Iremos allí.

Chris no pareció muy de acuerdo con la decisión, pero no se opuso.

Las calles estaban desiertas. En poco tiempo, se lle­narían de gente celebrando la carrera. Los festejos se­guirían hasta tarde, y culminarían con los fuegos artifi­ciales en el río. Pero no había nadie en los alrededores del apartamento, el mismo al que Chris la había llevado la primera vez.

Subieron al piso. Ella recordó el sentimiento que ha­bía experimentado aquella vez de que sólo se trataba de sexo, pero debía de haberse dado cuenta de que no po­día haber resultado tan bien de no haber sido amor, aun­que ella no se hubiera dado cuenta en ese momento. Aunque ninguno de los dos se hubiera dado cuenta.

 

Entraron en el apartamento. Chris no le soltó el bra­zo, como si todavía tuviera miedo de que se fuera a es­capar.

Calum fue directamente al teléfono, pero Tiffany es­taba demasiado absorta en sus pensamientos y recuer­dos como para oír lo que dijo.

Miró a Chris y descubrió en él un gesto de desola­ción, pero cuando se dio cuenta de que ella lo estaba mirando, volvió a ponerse aquella máscara de frialdad.

‑Francesca vendrá enseguida ‑dijo Calum, colgando el receptor.

Al parecer todos los Brodey iban a condenarla. pen­só Tiffany. Ella se soltó de Chris y fue a mirar por la ventana. Isabel se puso a su lado, y la miró con cara de preocupación. Tiffany le sonrió.

‑Ve y siéntate. Yo estoy bien. De verdad.

Pero Isabel se quedó con ella hasta que apareció Francesca.

Tiffany la miró, esperando ver en ella otro rostro en­furecido, pero aquélla parecía otra Francesca. Tenía un cierto resplandor; sus ojos parecían, sonreír. Parecía fe­liz. Además, llevaba una falda muy sencilla, una blusa y unas sandalias, y ni una joya. De no haber sido por su altura y su elegancia innata, podría haber sido una chica del montón.

Francesca miró a Tiffany, se sonrojó levemente y fue hasta la otra ventana.

Tiffany no podía creerlo.

‑Lo que tenemos que hablar es un asunto muy ínti­mo. Un asunto de familia. Debo pedirle a tu amiga que espere en la otra habitación.

Isabel empezó a protestar, pero Tiffany dijo:

‑Está bien. No hay problema, Isabel. Por favor, haz lo que te dicen. Te llamaré si te necesito.

Isabel no estaba demasiado convencida, pero Tif­fany la convenció, y al final accedió.

 

Calum la acompañó al dormitorio, cerró la puerta con llave y se metió la llave en el bolsillo.

Tiffany lo miró con ironía y se sentó.

‑¿Y? ¿Qué queréis, vosotros tres?

Calum miró a Chris un momento, pero luego dijo:

‑Cuando estuviste en Nueva York, te encargaste de entrometerte en nuestras vidas. Te las arreglaste para llegar a la caja fuerte y averiguaste cosas que no eran de dominio público. Hay... documentos que faltan de la caja fuerte. Queremos saber a quién se los has vendido.

Tiffany por fin supo de qué se trataba. Deseó no haberse visto tentada de mirar la caja fuerte. Pero si Chris no hubiera querido quedarse con su pasaporte, no habría ocurrido.

‑No tenéis que preocuparos. No he vendido vuestros sórdidos secretos.

Chris se acercó a ella, apartó a Calum y le dijo:

‑¡No mientas! He encontrado el artículo que escribiste sobre nosotros en el ordenador ‑le sujetó la muñeca‑. ¿A quién se lo vendiste? ¿Qué semanario de cotilleos te lo compró? ¡Dilo!

‑Ya te lo he dicho. No he vendido el artículo.

Chris le apretó la muñeca y le dijo:

‑Por una vez en tu vida, di la verdad. Sé que vendiste el artículo, y tú sabes muy bien por qué.

Ella lo miró, y recordó cuando habían hecho el amor en una cama llena de dinero.

‑¡Dios santo! ¡Maldigo el día en que te metiste en nuestras vidas! ‑exclamó Calum.

Francesca se había adelantado. Los tres la miraban condenándola.

De pronto, Tiffany se enfadó. Se levantó como un resorte y gritó:

‑¡Nadie lo lamenta más que yo! ¡Estoy harta de vosotros, los Brodey! Sí, vendí un artículo, pero trataba de cómo hacer compras en Nueva York. Se lo vendí a la Peridot Corporation y se va a publicar en una revista para mujeres el mes próximo. Llamadlos, si no me creéis. Lo que jamás habéis hecho ninguno de vosotros... Y sí, miré la caja fuerte ‑se acercó a Calum‑. Para recuperar el pasaporte que Chris me había quitado para que tuviera que quedarme con él. ¡Y tú que me ofreciste sesenta mil dólares para dejar a Chris y no volver a acercarme a él! ‑miró a Chris para ver si él lo sabía, y al parecer por su gesto de sorpresa, no estaba al corriente. Pero siguió‑: Y sí, leí vuestros sucios secretos: que una vez sobornasteis al novio de Francesca, que tu querida hizo pasar tu hijo por hijo de su marido. ¡Y tú tienes el descaro de acusarme de inmoral!

‑El artículo estaba en el oidor ‑‑dijo Chris.

‑Y sólo allí. Lo escribí para desahogarme, pero no tenía intención de venderlo. Lo habría borrado si hubiera tenido tiempo. Contrariamente a lo. que pensáis, yo no vendería trapos sucios como ésos a nadie, ni siquiera acerca de vosotros, sobre todo cuando está implicada gente inocente. Por ejemplo, ¡un inocente niño que no sabe que tiene a un desgraciado por padre! ‑dijo vehementemente a Calum, quien se ruborizó, desconcertado.

‑Pero intentaste chantajearme ‑la interrumpió Francesca‑. El día que fuiste al restaurante. Hablaste de Andy Sims.

‑¿Y?

‑¿Y para qué ibas a hablarme de él, si no era para pedirme dinero?

Tiffany se rió.

‑¡Dios santo! ¡Qué mente! Pensé que tal vez estarías enamorada de él todavía. Creí que tu matrimonio se podría haber roto por esa causa. Fui a contarte que él no te había abandonado, sino que os habían separado por culpa de tu primo, que había intervenido. Iba a decirte cómo podías encontrarlo. Conseguí su número de teléfono en California y te lo pensaba dar ‑Tiffany la miró con desprecio‑. ¡Pero tú ni siquiera recordabas su nombre!

Francesca se puso colorada y fue a hablar, pero Calum la interrumpió.

‑El asunto es que los documentos no están en la caja fuerte. Tal vez no hayas tenido oportunidad de venderlos.

Tiffany se rió sin poder creerlo.

‑Si yo fuera todo lo que dices de mí, si todo lo que hubiera querido hubiera sido dinero, habría usado esos papeles para chantajearte, ¿no crees? Y nuevamente, si lo que buscaba era sólo dinero, te habría presionado para que me dieras más para abandonar a Chris, sobre todo cuando me enteré de que estaba embarazada.

Francesca abrió la boca asombrada y Calum la miró.

‑¿Estás embarazada? ¿Estás segura?

‑Ha abortado ‑dijo Chris, por detrás de ella.

‑Lo que prueba que no quiero vuestro dinero. Lo único que quería era la suma que me había prometido Chris ‑se dio la vuelta y miró a Chris‑. Lo que me he ganado con creces.

Hubo un silencio profundo, pero luego Calum dijo insistentemente:

‑Faltan los papeles. Queremos que nos los devuelvas. ¿Dónde están, Tiffany?

‑Chris hizo las maletas por mí. Pregúntale si los puso en mi maletín. Y vació todo lo que tenía en ni bolso ese día. Pregúntale si esos documentos estaban en mi equipaje.

‑No ‑dijo Chris.

‑Entonces, ¿dónde están? ‑preguntó Calum.

En el piso de Nueva York, por supuesto. En uno de los cajones de la cocina ‑miró a Chris‑. Debes de haberte marchado de Nueva York poco después que yo, porque si no habrías encontrado una carta que envié después, en la que te decía dónde estaban los papeles hizo una pausa. Luego agregó‑: También te mandé un cheque por el dinero extra que me diste. Nunca quise más que lo que me prometiste.

Chris hizo un gesto hacia ella, pero Tiffany siguió:

‑La carta también decía que lo que les había pasado a Francesca y a Calum en su pasado era sólo de su incumbencia y nada que tuviera que ver conmigo. Todo el mundo comete errores. Nadie tiene que pagar por ello eternamente.

Chris la miraba intensamente mientras hablaba. Ambos parecían haberse olvidado del resto. Chris frunció el ceño y dijo:

‑Hay esas que son imperdonables.

‑Sí. Me habéis hecho cosas imperdonables, es por eso por lo que nunca podría...

Se interrumpió. Isabel se había dado cuenta de que la habían encerrado y estaba aporreando la puerta.y gritando enfadada para que le abrieran.

Calum sacó la llave, pero dijo:

‑Si descubro que has mentido y ese artículo aparece...

‑No aparecerá ‑dijo Tiffany.

‑¿Realmente piensas que vamos a creerte?

‑Yo sí lo creo ‑dijo Francesca inesperadamente‑. Y en cierto modo estoy agradecida a Tiffany por sacar todos estos temas a la luz. Siempre me había preguntado por qué Andy se había marchado tan repentinamente, y jamás me había escrito. Eso me cambió. Me hizo insegura, pero fingí ser muy sofisticada para compensarlo. Me hizo confundir los valores durante largo tiempo ‑miró a Tiffany‑. Claro que lo recuerdo, y lo recordé aquel día en Nueva York, pero no quise que supieras cuánto me había importado.

Tiffany la miró sorprendida, preguntándose qué habría pasado para que ocurriese ese cambio. Pero pensó que Francesca no debía de haber cambiado realmente, sino que se hacía la dura, cuando dentro sentía dolor.

Y ella sabía mucho de eso.

Al fin y al cabo, tal vez Francesca y ella podrían haber sido amigas.

Chris le tocó el brazo y le dijo:

‑¿Qué ibas a decir?

Isabel estaba golpeando y pateando la puerta. Calum fue a abrirle enseguida.

Tiffany. tuvo que calmarla.

‑No pasa nada. Está todo bien. Venga. Nos vamos ahora.

‑No, espera.

Chris intentó sujetarle el brazo, pero Isabel lo miró con furia y le dijo:

‑Deja a Tiffany en paz. Tú la hiciste echar de la pensión. Sabías que no tenía dinero y que se vería forzada a ir contigo, a vivir contigo. Nosotras quisimos ayudarla, pero ella no pudo aceptarlo. Prefirió venderse a un cerdo como tú antes que ser un peso para las amigas.

‑Pero te equivocas. Yo... ‑dijo Chris.

‑No fue Chris ‑dijo Francesca‑. Fui yo. Yo le dije al dueño que ella estaba allí. Estaba enfadada porque se había colado en la fiesta. Y tenía miedo de que Calum se estuviera enamorando de ella. Los seguí cuando él la llevó a casa. Descubrí dónde vivía. Era evidente, por el modo en que le tiraron la llave, que ella no vivía allí legalmente, así que supe que había mentido y que intentaba engañarnos, y engañar a a Calum. Al día siguiente fui a ver al dueño y se lo dije ‑miró a Tiffany con pena y dijo‑: Lo siento. No sabía lo desesperada que estabas.

Tiffany se encogió de hombros.

‑No importa ‑luego se rió levemente y dijo‑: Debió de ser un shock para ti descubrir que habías puesto a Calum en mi contra, pero que Chris había decidido utilizarme.

‑No fue así ‑dijo Chris.

‑¿No? Bueno. Da igual ‑se quitó el pelo de la frente. Llevaba una camisa amplia encima de unos pantalones‑. Creo que es todo. Venga, Isabel, vamos.

Pero Chris se puso frente a ella.

‑Debo hablar contigo.

Tiffany lo miró. Aquella cara que había aprendido a amar, y que había echado tanto de menos estaba frente a ella. Pero aquel día le había dicho cosas terribles. La había acusado injustamente.

‑No hay nada más que decir ‑dijo.

Se dio la vuelta rápidamente y se marchó del piso con Isabel. Chris la alcanzó y la detuvo. Pareció estar a punto de a Isabel, pero Calum le sujetó el brazo y tiró de él.

Los pasillos del monasterio eran largos y tenían suelos de baldosas.

Los pasos de Tiffany retumbaban al caminar mientras llevaba flores frescas a la habitación de una pareja alemana que se hospedaba allí desde hacía varios días. El hotel era muy nuevo. La gente que lo había comprado se había gastado mucho dinero en reformar las celdas de los monjes y en transformarlas en habitaciones de cinco estrellas. El refectorio era ahora un magnífico comedor, el claustro, un hermoso jardín con una fuente. Todavía no estaba terminado. Faltaba una piscina y un gimnasio, pero había varias habitaciones perfectamente amuebladas y acondicionadas para abrir el hotel.

Tiffany disfrutaba trabajando y viviendo allí. Contaba con la excitación de un nuevo proyecto. Los dueños y el personal eran cordiales y comprensivos. Los horarios eran irregulares. Tenía que estar muchas veces en recepción hasta tarde, esperando que algunos clientes del comedor se marchasen o esperando a los que llegaban tarde. Pero a Tiffany no le importaba, porque eso le permitía tener algunas horas libres durante el día. En esas ocasiones disfrutaba de un paseo por el campo, muchas veces entre viñedos que llegaban hasta lo alto. Pero la mayoría de las veces caminaba por un paseo amurallado sobre el río Duero, desde el que se divisaba el valle más allá del monasterio, por donde bajaba el río, que también llegaba hasta las bodegas de los Brodey y su palacio, en su recorrido hasta desembocar en el mar.

Tiffany se encontrába allí aquel día. Era el día siguiente a la carrera de barcos rabelo, el día que había terminado para siempre su relación con los Brodey.

Chris la había acusado injustamente. Jamás le había otorgado el beneficio de la duda. Nunca había confiado en ella. Y ciertamente jamás había pensado en casarse con ella.

¿Pero qué clase de matrimonio podría haber sido cuando él estaba dispuesto a pensar lo peor de ella?

La brisa la despeinó. Era otoño. La cosecha de la vid había sido recogida, y estaba fermentando en las quintas, el primer paso en el proceso de la elaboración del oporto.

Detrás de ella, oyó unos pasos y se dio vuelta sorprendida. Luego, se quedó quieta al ver a Chris caminando hacia ella rápidamente, como si temiera que se fuera a marchar al verlo. Cuando la alcanzó, tenía la respiración entrecortada.

‑¿Cómo me has encontrado? ‑le preguntó ella cuando fue capaz de hablar.

‑Fui a la pensión. Encontré a Isabel, y la hice decírmelo ‑la miró, luego agregó‑: Dime la verdad. ¿Abortaste o no?

Ella suspiró.

‑Te dije lo que creí que querías oír. Pero cuando me di cuenta de que me había equivocado, tú estabas tan furioso que no me quisiste escuchar.

‑¿Todavía estás embarazada?

‑Sí, por supuesto.

-Pero, ¿por qué? No comprendo.

Ella se llenó de tristeza al decir:

‑Por supuesto que no comprendes. Siempre has pensado lo peor de mí: que me quería aprovechar de tu dinero, que era una tramposa. Hasta pensaste que me había quedado embarazada a propósito para que tuvieras que casarte conmigo. ¿Cómo vas a ser capaz de comprender que jamás podría haber abortado? ‑lo miró enfadada‑. No sé por qué diablo has venido. Vete.

-¡No! ¡Nunca! – exclamó él firmemente.

Ella lo miró.

-No voy a dejarte marchar nuevamente. Voy a cuidarte a ti y al niño, te guste o no. Y vamos a hablar. No quiero que haya más malentendidos.

Ella volvió a sentir esperanza, pero no quiso ilusionarse con algo que seguramente no tenía que ver con la realidad.

-Te agradezco el ofrecimiento. Pero tengo un trabajo. Puedo cuidarme yo sola. Si quieres ayudar...más tarde, cuando el bebé haya nacido...pero...no te necesito.

‑¿No? ‑él la miró fijamente.

‑No ‑ella desvió la mirada.

Él se acercó más y dijo:

‑Pero yo sí te necesito ‑exclamó rotundamente‑. ¿Sabes lo que han sido estas últimas semanas, en que quería odiarte por lo que habías hecho y sin embargo te deseaba y te echaba de menos? Intenté no reconocer mis sentimientos, diciéndome que no eras buena para mí, pero sin embargo el instinto me decía que no podías ser mala, y que no podía dejar de amarte. Ese artículo fue sólo una excusa. Te habría seguido buscando hasta encontrarte ‑la sujetó más firmemente, y la miró con las facciones tensas, intentando hacerla comprender.

Tiffany lo miró. Se sentía feliz, un sentimiento que apenas reconocía, y que empezaba a crecer dentro de ella.

Chris tomó su silencio como un rechazo. La soltó, miró el río y dijo:

‑Comprendo que después de lo que ha pasado no quieras estar conmigo. Pero no dejaré que tu orgullo me impida ayudarte. No dejaré que me apartes de tu vida.

Tiffany reunió valor y dijo:

‑No haber abortado no fue sólo una cuestión de principios. Había otra razón ‑él la miró, ella alzó la vista y lo miró‑. ¿Cómo iba a destruir la única parte de ti que era mía?

Chris la miró anonadado. Alargó la mano y la puso en el hombro de Tiffany.

¿Qué...? ¿Qué estás diciendo?

Ella se mordió el labio y dijo después de un silencio:

‑Intenté odiarte. Pensé que te divertía utilizarme. Pensé que eras como los demás.

Ella pensó que él iba a cuestionar sus palabras, pero él agregó simplemente:

‑Me sentí atraído por ti la primera vez que te vi. Y me dolió pensar que estabas representando una farsa para Calum. Luego, cuando estuviste de acuerdo en ve­nir conmigo, tenías una actitud tan hostil... ‑la mano temblorosa de Chris acarició la mejilla de ella‑. Creo que me enamoré de ti desde el primer momento, pero tenía miedo de que te dieras cuenta. Pensé que, si te mantenía conmigo durante bastante tiempo, tal vez po­drías sentir lo que yo sentía, pero luego fue todo tan mal...     ‑

Tiffany se rió temblorosamente.

‑Fue culpa mía. ¡Me llevó tanto tiempo darme cuenta de lo que sentía por ti! ‑alzó los ojos hacia él‑. No soy muy buena reconociendo... el amor.

Él la rodeó con su brazo y la abrazó.

‑Dime... ‑le dijo.

‑Es difícil. Nunca se lo he dicho a nadie. ¿Es...? ¿Te importa tanto...?

‑No. Pensé que te había perdido, y creí que mi vida no era nada sin ti. Me di cuenta de eso en cuanto te marchaste. ¡Estaba tan enfadado contigo! ¡Y sin embargo te echaba de menos terriblemente! ¡Y me puse furioso aquel día cuando encontré el artículo en el ordenador! Pero me dio la excusa que necesitaba para odiarte. Ahora sé que no importa nada mientras estemos juntos ‑sonrió‑. Los tres.

‑¡Oh, Chris! ‑ella hundió su cabeza en el cuello de él.

Chris la abrazó fuerte. Pero después de un momento ella dijo:

‑Mi vida fue muy feliz hasta que tuve doce años. Entonces mi madre tuvo esclerosis múltiple. Hasta ese momento ella había estado en muy buena forma, hacía deporte y otras actividades. La enfermedad la devastó... Y también a mi padre. Intentó aceptarlo,  pero no pudo.

Se marchó. Yo era una niña, y tuve que cuidarla, hacerme cargo de ella. No había nadie más.

Tiffany hizo una pausa. Luego, su voz perdió emo­ción y dijo:

-La gente con esa enfermedad tiene periodos en queestá bien. Entonces mi madre tenía algún amante. Lo hacía ir a vivir con nosotros. Era como si tuviera que demostrarse a sí misma que todavía era atractiva. Mi padre le había dejado la casa, pero uno de los amantes, cuando se volvió a poner enferma, la convenció para que fuera aval de en un préstamo poniendo la casa como garantía. Se quedó sin la casa. Tuvimos que mudarnos a un piso pequeño.

Ella hizo una pausa, pero Chris no dijo nada.

‑Cuando me hice mayor, mi madre estuvo peor, incluso en los periodos buenos. Tenía que descansar mucho, y yo tuve que dejar la escuela para quedarme en casa para cuidarla. Era imposible para mí conseguir un trabajo. Una vez, uno de sus amantes intentó seducirme. Cuando me quejé a mi madre, ella me echó la culpa y me envió a Francia a la vendimia Yo era demasiado joven para marcharme de casa, y mi padre no nos ayudaba. Se había vuelto a casar y no contestaba mis cartas, si es que las recibió. Hubo otros hombres. Al final, mi madre llevaba a casa a cualquiera. Le quitaban hasta el último céntimo. Uno de ellos me amenazó con hacer daño a mi madre si yo... ‑se interrumpió, incapaz de seguir.

Chris la abrazó y le dijo:

‑¡Cariño! Ya pasó, ya pasó. No sigas. Ahora estás a salvo...

Ella se quedó en sus brazos, luego alzó los ojos y dijo:

‑El médico de mi madre me ayudó. La ingresó en un hospital, ¡pero ella había estado enferma durante tanto tiempo!, ¡y le llevó tanto morir! Fueron años de tormento físico y mental, años en que la usaron los hombres y en que la maltrataron. Odié a los hombres después de eso, a todos. Me llevó mucho tiempo pensar que tú podías ser diferente.

‑¿Y ahora? ‑le preguntó él rodeándola con sus brazos.

‑Ahora sé que te amo ‑dijo ella simplemente‑. Así que tal vez nuestro bebé haya sido concebido con amor, después de todo.

Chris se inclinó para besarla tiernamente. Sonrió, la soltó y le tomó la mano.

‑Ven. Tenemos muchas cosas que hacer.

‑¿Sí?

Él la llevó de la mano por el sendero y dijo:

Sí, tenemos que ir a Oporto ahora mismo.

‑Pero mi trabajo...

‑Me temo que tendrás que dejarlo. Tienes cosas más importantes que hacer.

-¿Qué cosas?

‑Prepararte para la boda, por supuesto

‑¿,Qué estás diciendo?

‑Va a ser como se la describiste a aquella mujer en Nueva York, en la Catedral de Oporto. Y Francesca será la madrina.

‑Chris, no puede ser.

‑Por supuesto que sí.

‑¿Y qué pasa con tu familia? ¿Con Calum? ¿Con tus padres?

‑Yo me caso contigo, no con ellos. Además, cuando te conozcan, te querrán tanto como yo. Así que pienso casarme por todo lo alto.

-A mí me basta con que sea en el registro civil.

Chris la miró con amor.

-Pareces olvidarte  de que te vas a casar con un Brodey. Será una  magnífica boda ‑sonrió‑‑. Tal vez un poco precipitada, pero magnífica.

-Ven.

Él se puso frente a ella.

‑Hay algo que quiero hacer ‑agregó Tiffany.

Le dio un beso con todo su amor, con agradecimiento y felicidad en su corazón.

 

 

FIN